❝Estados Unidos no necesita permiso, cuando eres poderoso, puedes hacer lo que quieras❞. Donald Trump.
Donald Trump no ve al mundo como un sistema de Estados; lo ve como su patio trasero y cada país como fichas descartables de su propio ego imperial, para él, la diplomacia no es un arte ni una herramienta de cooperación: es un letrero luminoso que dice “obedéceme o te destruyo”.
No son licencias literarias, son ideas que Donald Trump ha repetido, directa o indirectamente, a lo largo de su vida pública, frases que condensan una visión del mundo donde la fuerza sustituye a la ley y el poder reemplaza al derecho. Así piensa, así actúa.
Donald Trump no concibe el planeta como un entramado de Estados, leyes y equilibrios, lo concibe como una propiedad en disputa, una extensión de su voluntad, donde la soberanía ajena es un obstáculo administrativo y la diplomacia una molestia innecesaria, en su cabeza, el mundo funciona como él: por imposición, amenaza y castigo.
Desde ahí se explica todo, no como exabruptos aislados, sino como un patrón coherente. Trump ordenó la captura de un presidente en ejercicio, Nicolás Maduro, rompiendo de facto uno de los pocos consensos básicos del orden internacional moderno: que los jefes de Estado no se secuestran como si fueran delincuentes comunes. No fue retórica, fue acción y, al hacerlo, dejó claro el mensaje: ningún país está a salvo si no obedece.
Acto seguido, apuntó a Colombia amenazó directamente al presidente colombiano Gustavo Petro, calificándolo de “enfermo”, acusándolo sin evidencia de proteger narcotráfico, insinuó su arresto y diciendo que “suena bien” la posibilidad de una operación similar contra Colombia si no se “comporta”. En su lógica mental, los vecinos no son socios ni aliados incómodos; son territorios que deben alinearse o asumir consecuencias.
Ese mismo marco mental le permitió fantasear con Canadá como el estado 51, como si dos siglos de historia, identidad y soberanía pudieran resolverse con un anuncio arrogante, le permitió sugerir que Groenlandia es comprable, o robable si la compra no funciona, reduciendo un territorio estratégico y un pueblo entero a un simple “pedazo de hielo” útil para sus intereses. Le permitió imaginar Gaza como una metrópolis inmobiliaria, limpia, rentable y “gerenciada por su yerno”, siempre y cuando los gazatíes no estén allí, porque en su visión los pueblos sobran cuando estorban al negocio.
Nada de eso es diplomacia torpe, es pensamiento imperial primitivo, envuelto en lenguaje moderno. Trump no ve ciudadanos, ve estorbos, no ve conflictos históricos, ve oportunidades de control, no ve tragedias humanas, ve terrenos mal explotados.
También por eso ha hablado de destruir Irán, sin matices, sin distinguir entre gobierno y población, como si la aniquilación masiva fuera una opción válida de política exterior y, cuando se le cuestiona, responde desde el resentimiento: como no le dieron el Nobel de la Paz, no siente compromiso alguno con la paz. Chantaje emocional a escala global, berrinche con poder militar detrás.
Psicológicamente, el patrón es claro, Trump opera desde rasgos narcisistas extremos, con una necesidad constante de validación y una intolerancia patológica al límite, la crítica la vive como ataque, la autonomía ajena como desafío personal. Su pensamiento es dicotómico: sumisión o enemistad, victoria total o humillación del otro. No negocia, somete. No persuade, amenaza. No lidera, impone.
Su liderazgo es autoritario y populista, alimentado por el conflicto permanente, necesita crisis porque en la crisis desaparecen los matices, se silencian las instituciones y el ruido sustituye al análisis, su comunicación impulsiva no es un error; es su combustible. Provoca para dominar la agenda, escandaliza para ocupar espacio, agrede para reafirmarse.
Por eso el mundo, según Trump, no es una comunidad internacional, sino un imperio imaginario con él como figura central, donde los países son fichas, los líderes son reemplazables y la ley internacional es un estorbo cuando no se arrodilla. Un mundo donde la paz no es un valor, sino un trofeo personal que, si no se le concede, se rompe.
«Paz mediante la fuerza», repite Trump, pero en su versión, la fuerza no busca equilibrio, busca sumisión y donde no se gana, se arrebata.
Ese es el verdadero peligro, no solo un hombre convencido de creerse dueño del mundo, sino una lógica brutal que pretende normalizar la idea de que el planeta se gobierna bajo la ley del más fuerte, y que todo aquel que no obedezca merece ser castigado, reducido o borrado.
Cuando el poder se ejerce así, ya no estamos ante liderazgo, estamos ante una amenaza global.
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com


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