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viernes, 6 de febrero de 2026

Donald Trump: La investidura del impune

"No hay absolución, hay poder".
Ese es el punto de partida de una época en la que la política ya no necesita cerrar expedientes ni despejar sombras, le basta con rebasarlas. En ese tránsito, del cuestionamiento persistente a la autoridad incontestable, se inscribe Donald Trump, no como un caso judicial resuelto, sino como síntoma del poder cuando decide hacerse costumbre.

Durante años, su nombre ha orbitado alrededor de investigaciones, procesos, acusaciones civiles, condenas colaterales en su entorno y vínculos documentados con personajes luego juzgados y condenados por delitos graves. Nada de eso equivale, jurídicamente, a una sentencia penal definitiva en su contra. Y es precisamente ahí donde conviene detenerse: la ausencia de condena no es sinónimo de absolución, pero en la lógica política actual funciona como tal.

La paradoja no es legal; es política.
Trump no asciende pese a los expedientes, sino a través de ellos. No como un absuelto por los tribunales, sino como un investido por el poder. La investidura no borra las sombras: las vuelve irrelevantes. En el ejercicio del mando, las preguntas se desvanecen, los contextos se diluyen y la biografía se reescribe desde el presente hacia atrás.

Así, quien ha sido objeto de escrutinio sostenido logra ocupar el lugar del escrutador; quien fue observado, observa; quien estuvo bajo sospecha, dicta sospechas. No es un giro moral, sino una reconfiguración de roles. La política, cuando concentra suficiente fuerza, no necesita explicar: ordena.

No se trata de afirmar delitos no probados ni de suplir a los tribunales. Se trata de señalar una operación más sutil y eficaz: la sustitución del juicio legal por la conveniencia política. El expediente no se refuta; se archiva por desuso. El pasado no se desmiente; se vuelve ruido.

En ese contexto, el poder adquiere una cualidad casi sacramental: inviste. Y al investir, blinda. No absuelve, pero protege. No inocenta, pero normaliza. El impune no es necesariamente quien nunca cometió faltas, sino quien logra que estas dejen de importar.

De ahí la ironía mayor: una figura que encarna controversias persistentes termina erigida como referencia de orden, ley y autoridad. No porque haya sido limpiada por la justicia, sino porque ha sido validada por el poder. La legitimidad ya no se construye desde la ética ni desde el derecho, sino desde la capacidad de imponerse.

La historia política está llena de ejemplos similares, pero el nuestro tiene una particularidad inquietante: ocurre a plena luz, con expedientes abiertos, documentos públicos y una opinión global fragmentada entre el ruido y el cansancio. La impunidad ya no necesita ocultarse; se exhibe como fortaleza.

Por eso, más que un individuo, el problema es el modelo. Un modelo en el que la investidura sustituye a la absolución; en el que el poder no responde, sino que redefine las preguntas; en el que el pasado no se aclara, se eclipsa.

Donald Trump no simboliza el fin de la justicia ni su negación formal. Simboliza algo más inquietante: la irrelevancia del juicio cuando el poder decide investir al impune.

El mundo al revés: la autoridad según Trump
Dentro de esa investidura simbólica, Donald Trump no actúa como un actor constreñido por coherencias institucionales, sino como protagonista de un ejercicio personal del poder, impulsivo y autorreferencial. Sus gestos no buscan alinearse con una arquitectura estable de justicia internacional, sino proyectar fuerza, incluso cuando esa proyección entra en abierta contradicción consigo misma.

En su retórica y en sus decisiones, Trump ha demostrado una disposición reiterada a otorgar indulgencia política "o a justificarla" a figuras aliadas señaladas por delitos graves, mientras endurece el discurso contra adversarios a los que acusa de los mismos crímenes. No es una doctrina; es una voluntad. El criterio no es la consistencia, sino la utilidad del momento. La impunidad deja de ser una anomalía para convertirse en instrumento.

La incoherencia se vuelve método cuando el mismo líder que relativiza condenas ajenas se erige en acusador universal. Trump acusa, designa, sanciona y amenaza desde una narrativa que no exige pruebas públicas ni procesos verificables, porque se basta a sí misma. El señalamiento sustituye al juicio; la etiqueta reemplaza al expediente.

En ese registro se inscriben sus amenazas abiertas y declaraciones sobre el uso de la fuerza extraterritorial "incluida la idea de capturar o forzar la caída de jefes de Estado en ejercicio bajo la acusación de narcotráfico" como si el mando personal bastara para autorizar secuestros políticos. No importa que tales acciones no se materialicen o no prosperen legalmente: la normalización del enunciado ya produce efecto. El poder, al decirlo, se asume autorizado.

La paradoja alcanza su punto más cruel cuando quien minimiza condenas y relativiza responsabilidades se autoproclama guardián del orden global. El convicto simbólico "rodeado de causas, fallos adversos y controversias persistentes" se presenta como policía del mundo. No por haber sido absuelto, sino por haber sido investido. La coherencia deja de ser requisito; la fuerza del cargo la sustituye.

Así, el mundo al revés no necesita leyes nuevas: le basta con un liderazgo que confunda voluntad con autoridad y haga de la contradicción una seña de identidad. Trump no encarna una justicia alternativa; encarna la irrelevancia del criterio cuando el poder decide que puede señalar hoy, perdonar mañana y volver a señalar pasado mañana, sin rendir cuentas.

Ese es el núcleo del problema: no lo que la justicia dictamina, sino lo que el poder decide ignorar. La investidura del impune no absuelve; habilita. Y al habilitar, convierte la incoherencia en doctrina y la impunidad en espectáculo.

Lo verdaderamente inquietante no es la acumulación de contradicciones, sino su normalización. Cuando el poder se ejerce sin necesidad de coherencia, la impunidad deja de ser una excepción para convertirse en lenguaje. Trump no necesita resolver sus paradojas: le basta con administrarlas, exhibirlas y sobrevivir a ellas. El escándalo ya no erosiona; anestesia.

En ese escenario, el mundo al revés se consolida: el señalado señala, el cuestionado acusa, el impune ordena. No porque haya sido exonerado por la historia o por la justicia, sino porque ha logrado algo más eficaz: desplazar el debate. Ya no se discute la falta, sino la fuerza; ya no importa la consistencia, sino la capacidad de imponer relato.

Así, la investidura del impune no es solo una descripción de un liderazgo, sino una advertencia de época. Cuando el poder se autoproclama juez, fiscal y policía del mundo, sin rendición ni pudor, lo que queda no es orden ni justicia, sino autoridad desnuda. Y frente a ella, el mayor riesgo no es la arbitrariedad, sino la costumbre.  

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
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