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jueves, 19 de febrero de 2026

La palabra como matriz del genio

❝Libre-Mente❞》》》
Giorgio Agamben (2018) asegura que no ha habido nunca ninguna comunidad, sociedad o grupo que haya decidido renunciar pura y simplemente al lenguaje. La etimología de la palabra “etimología” viene del griego étymon, que significa verdadero, origen; y lógos, que indica estudio y orden del discurso. Desde su alumbramiento, la ligazón de la humanidad con la palabra se volvió inquebrantable.
Jamás pierde su misterio el lenguaje. Hay apariciones "sería imposible llamarlas de otro modo" que, por su irrepetible eclosión, nos ayudan a entender que lo que verdaderamente distingue al genio es la inteligencia depurada y misteriosa que logra colarse a través de las palabras. Los latinos llamaban Genius al dios al que le era confiada la tutela de cada hombre en el momento de su nacimiento. Todavía visible en nuestro idioma, su etimología cierra distancia entre genio, generar o engendrar. Relacionada con el engendramiento, su objeto (genial) por excelencia era la cama (genialis lectus), pues gracias a ella se hacía posible ese acto de encantamiento. El día del nacimiento "sagrado para Genius" dio origen a los regalos, los banquetes y las celebraciones del cumpleaños.

Pero Genius trascendía, asimismo, la personificación de la propiedad sexual: el término ingenium (que designa las cualidades físicas y morales innatas del ser) fue considerado tan excelso que, en cierta medida, llegaba a la divinización de la persona y constituía el principio rector de su existencia completa. Así se consagró para Genius "el más íntimo y propio de los dioses" el gesto simbólico de llevarse la mano a la frente (y no al pubis); algo que realizamos, casi inconscientemente, en momentos de olvido y turbación, rememorando aquel ritual de culto al avispado dios.

Con talante prominente, o incluso sin él, la palabra permanece como el acto más refinado de la genialidad humana. Asombrosa, inaudita, siempre nos encamina hacia una revelación: hacia el paraje poco frecuentado donde subyacen, placenteras o engañosas, las encumbradas regiones de la intuición. Con todo, suscita la rebeldía y desata una abierta insurrección contra la monotonía y la nadería de la vida. Ante la vaciedad de lo innombrable, no sabemos cómo ni a santo de qué, el lenguaje deviene bálsamo frente a los golpes crujientes de la existencia.

Bordamos, entre letras arrugadas, los tejidos de la vida, sin mayor garantía que el asombro y la revelación. Y aunque no nos salvará de lo aciago y espantoso, este genio acaso nos redime de los demonios interiores que pugnan por salir, como si ayudara a esquivar las heridas, a librarnos del hachazo amenazante que se nos viene encima.

En mayor o en menor medida, narramos más por una necesidad insuperable que por la escasísima vocación estética que dimana del espíritu cultivado de las letras. Escribimos para contemplar el horizonte por la ventana, y no para intentar saltar por ella…

Todas nuestras historias (miserables, ordinarias, cautivantes, prodigiosas) son pedazos de historias compartidas. No hacemos más que tomar prestado, apoderarnos de los trozos y las astillas ajenas. Polvorienta, reiterada, ilusoriamente novedosa, su armadura resiliente guarda virtudes y calamidades sucesivas, frecuentes.

Compendiadas; exhaustivas, abrevamos en las palabras como si fueran nuestras; mas no nos pertenecen: llegaron de lugares comunes, cedidas y entregadas por predecesores incógnitos. Lo dijo Borges con tenacidad: en una vida narrada, con insufrible determinación, están contenidas todas las demás.

Antiguos narradores, espléndidos escribanos, aprendices de copistas: con el lenguaje amaestramos la vida. Somos, con agraciada memoria o pésima fortuna, recolectores de palabras, restauradores y alfareros de réplicas envejecidas; armadores, tejedores de sílabas perdidas.

Algunos nacen con el regio y pulido don; otros, obligados por el cincel y la fatiga, martillean las letras hasta tallar la virtud de la maestría. Los más numerosos y menos privilegiados apenas rozamos los bordes rústicos del barro, sin conocer jamás la forma de la vasija. Somos, en cualquier caso, artesanos del polvo endurecido, discípulos eternos de la arcilla. Entre la placidez del agrado y el agravio de la espina, hallamos refugio bajo los frágiles andamios de las palabras, aliviando allí el espíritu agrietado por la vida. Ilusoria, benevolente, hay en las palabras una fuente silenciosa que calma la sed y atempera la convulsión interior que, uno por uno y sin discriminar, vuelve y nos fulmina...

Por: Ricardo Nieves,-
@nieves_rd
@doctornieves
nievesricardord@gmail.com

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