❝Libre-Mente❞》》》
Dada nuestra inclinación natural por libertad, toda prohibición opera, en cierto modo, como un gesto de anulación. En efecto, desde la construcción de los prejuicios (biológicos, religiosos, culturales), la semántica de la prohibición ha consentido tantas burradas que todavía despierta vergüenza o estupor.
La rueda indetenible de la tecnología nos trajo hasta aquí: al preludio del destino humano en el que máquina y humanidad, compartiendo ocupaciones existenciales, antes que competir, tienden a consustanciarse.
Tocante al dilema tecnológico, intentamos respuestas razonables para un problema crucial: regular, dentro de lo tolerable, el uso de herramientas cuya utilidad, auguramos, resultará más ventajosa que nociva para el devenir humano.
Diferentes países, por causas similares, sopesan la regulación tecnológica en recintos escolares, especialmente el teléfono celular en horarios de clases. La problemática trasciende la mera presencia del aparato en espacios de docencia, generando una discusión ardiente entre quienes consideran que, más que impedimento, convendría una hibridación entre máquina y cerebro…
Vivimos una etapa crítica del espíritu humano. La digitalización de la vida -o “pantallización” de la existencia, como plantea Sadin (2020)- ha reconfigurado las relaciones sociales, reduciéndolas a microcontactos funcionales que nos vinculan menos con los otros y cada vez más con nosotros mismos. Experimentamos, por ende, otro indicador de libertad donde los ritmos del mundo (entronizados con siglos de prácticas y rituales) han sacudido y perturbado nuestro horizonte del pensar serenamente.
Este aturdimiento desvirtúa la inteligencia, obligándonos a reaccionar automáticamente y accionar con dificultad, a plena conciencia. Absorber esta cascada intensa de sensaciones precipitadas y reacciones encadenadas, tolera un sinfín de imágenes, ruidos, símbolos, ansiedades políticas y personales; sobrecarga la atención y origina un síndrome de saturaciones hiperconectadas y agudo estrés tecnológico. Metaverso difuso donde, para empeorar, anexamos otro apéndice hipermoderno: la posverdad.
La rotunda severidad del progreso tecnológico y la crisis ontológica derivada nos abocan a una tensa oleada psíquica que Alombert (2025) denomina esquizofrenia digital. Que adiciona -entre riesgo y bienestar- otro arquetipo exponencial: la inteligencia artificial…
Desmurget (2020), neurocientífico francés, advirtió de los efectos de la sobreestimulación informativa y del consumo excesivo de pantallas, afectando la actividad de pensar, puesta al servicio de la economía de datos y, más inquietante aún, de la economía de la atención.
Cada minuto en pantalla, por irrelevante que parezca, consume un tiempo econométricamente vendido, calculado. Viciado o vacío, el contenido tampoco restará un céntimo del cálculo previsto, pues, en balance final, la oferta conquistará su objetivo: estimular, a toda costa, la demanda de nuestra capacidad atencional. La economía de datos y de la atención emula un sistema de subasta automatizada, ejecutada incontables veces mediante complejos algorítmicos, detrás del entretenimiento aparente y pueril de nuestros dispositivos fosforescentes y atractivos.
Los artefactos digitales integran instrumentos de captación programada para nuestra frágil capacidad de concentración; su poder de persuasión está destinado a influir, una y otra vez, en los comportamientos preferentes de niños y adolescentes. Su esquema conductual es el principio basal de la “captología”, parte fundamental del análisis del comportamiento en universidades tan prestigiosas como Stanford, genealogía tecnooptimista y nicho por excelencia de Silicon Valley. No hablamos de una simple aprehensión, sino del proyecto que formula y utiliza la convergencia de la ciencia cognitiva, la psicología conductual, las neurociencias, la informática y la técnica persuasiva.
Mecanismos cerebrales para propiciar y maximizar el engranaje desencadenante de los comportamientos impulsivos. El “scrolling”, por ejemplo, hace desfilar ante nuestros ojos un mundo de imágenes visuales y sonoras, reinstalando un movimiento infinito, incesante: una corriente gamificada de dopamina, una sensación placentera inagotable.
Poderoso, el impacto de los dispositivos en nuestra mente y entendimiento cataliza los procesos cerebrales cognitivos ultracomplejos y primitivos. Nada nuevo -Simon logró el Nobel de Economía (1978) al asociar, psicológicamente, la información incompleta con la toma automática de decisiones-; este fenómeno articula los paradigmas conductista y cognitivista, arrolladores ahora por su amplio dominio sobre las teorías de la mente, los algoritmos supradesarrollados, las leyes del comportamiento, la economía psicológica y las fluctuaciones del mercado.
Más que libertad total, hemos favorecido el “paternalismo libertario” que, en última instancia, provoca la infantilización del usuario, fórmula pionera de la manipulación sin autoridad política central, bajo tutela del mercado.
Regular no significa prohibir: es defender una pedagogía razonable.
@nieves_rd
@doctornieves
nievesricardord@gmail.com


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