❝Libre-Mente❞》》》
No les bastó con que la decisión emanara del Tribunal Constitucional (TC), garante último de la Constitución y del ordenamiento normativo supralegal. Simulando diferendos salvables, resolvieron oponerse y negarle a la sociedad una oportunidad genuina de participación. Al unísono, creyeron que, tratándose de ellos, la sentencia del TC les sabría a pan y agua. Acordado entre las partes, fue un elogio auténtico a la irracionalidad jurídica y al descaro ético-político.
El episodio, desconcertante y frustratorio, dejó una amarga estela de incredulidad. Congregado el pragmatismo oportunista y convencional, sirve de poco apelar a la razón en un sistema partidista tan decepcionante como insustancial. Por desgracia -y para mal de futuras generaciones, cuyos líderes jóvenes piensan igual-, tenemos un abolengo político de pésima memoria y una sinuosa armadura moral.
Avinagrados y caducos, los partidos tradicionales interpelan, empero, a una sociedad cuya ultrajada paciencia comienza a descontar los días del pergeño y la mañosería...
Esperando transformaciones promisorias, gobierno tras gobierno, pareceríamos condenados a vivir defendiéndonos de nosotros mismos: de los mismos desaguisados, de los errores reciclados, de la sarta diluviana de conductas corrosivas que hoy reivindican estupideces históricas y regresiones antidemocráticas.
Caído el telón del drama político, siempre nos aguarda un desenlace similar: un desconcierto generacional rubricado en letras mayúsculas. Contemplar -así sea por curiosidad o por desgano- que, después de tantos años de tropiezos, estemos copiando a calco la vía recurrente de la negación grosera y de los silencios conniventes, es espiritualmente insensato. Nos ha tocado retar a un liderazgo que, en lugar de transformaciones, insiste en reproducir desafueros e incongruencias del pasado.
Gobierno y oposición pactaron para desconocer al TC y, de paso, propinarles una estocada trapera a las candidaturas independientes. El presidente, no obstante, pudo -sin emular a Pilatos- lavarse las manos y resguardar el mandato sustantivo y la consideración institucional: observar ese esperpento jurídico abortado por el Congreso Nacional. Distanciarse de la hojarasca legal que erosiona el orden constitucional y persigue aniquilar la participación independiente de las y los dominicanos.
Con razones oportunas y motivos suficientes, el mandatario pudo y debió evitar ese papelazo histórico y las fricciones normativas que su firma terminó desencadenando.
Nuestra democracia, dicho sin adornos, ha sobrevivido a la indecencia genérica y al látigo añejo de propietarios y sucesores quienes, ataviados con el crismón democrático, han podido fingir sin inmutarse.
Vanagloriados de ínfulas inmerecidas y augurios fugaces, seguimos lidiando contra aquella maldición primitiva: revelación implacable de que -muertos Trujillo y Balaguer- apenas aprendimos a sortear las tentaciones despóticas y la enajenación que destila el poder autoritario.
El programa imperfecto -hasta ahora el mejor pensado- del experimento democrático, no se limita al derecho a la contestación y a la réplica pertinente. Obliga al diseño radical de una convivencia equilibrada en la que los intereses partidarios no se antepongan a los objetivos fundamentales de la nación. Los partidos mayoritarios, forrados de sujetos depravados y habituados al despilfarro, se ufanaron de menospreciar el más impecable mandato democrático: la participación política -libre y reglada- de todo ciudadano apto.
Con planes anacrónicos y excusas parecidas, la horda política dejó muy en claro el contenido íntegro de su catálogo común y antidemocrático. Sin remilgos ni atuendos se comportaron tal cual esperábamos: sujetos predemocráticos, alineados tras las élites del poder funcional y del oportunismo tecnocrático.
Desde los balcones de la partidocracia dominante, dueños de las cuotas clientelares, drenan la participación popular y la soberanía ciudadana. Protagonistas de tratos preferenciales y de chanchullos opacos, reincidieron mediante otra mezcolanza de intereses, componendas y privilegios imbricados.
Olvidaron que el principio de Legitimidad Democrática no florece en el vacío ni en los andamios del discurso vacuo, sino en el surco de la práctica constante, del ejercicio transparente capaz de iluminar los ventanales cenicientos del Estado.
En la trastienda de los partidos mayoritarios permanece, por si alguna duda quedaba, una lección grabada: nunca han sido “modernos”, ni de “liberación”, ni representan la “fuerza” del pueblo al que defraudaron. En la hora de los hornos, entre iguales y con las manos enguantadas, volvieron a estafarnos… Por: Ricardo Nieves,-
@nieves_rd
@doctornieves
nievesricardord@gmail.com


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