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jueves, 25 de junio de 2026

El mundo está roto o demasiado entretenido


El mundo está roto o demasiado entretenido

❝Libre-Mente❞》》》
❝¿Presenciamos la decadencia de Occidente y, con ella, la debacle de una civilización cuyo plexo cultural se ha fracturado irreparablemente?❞
¿Asistimos -más allá de elucubraciones incontestables- al final de un periodo en que los medios y los modos de comprender la historia ya no bastan, y por eso no alcanzamos a anticipar su derrumbamiento institucional?


En todo caso, el decálogo de la democracia constitucional apenas resiste la contingencia de su propio desmadre y el desfondamiento cabal de su fundamento. Una fosa abierta presagia la deslegitimación de su arquitectura originaria, levantada sobre los planos de la modernidad ilustrada. Esa estructura, presionada por un torbellino ininteligible para la muchedumbre, se precipita hacia los extremos de un cambio axial que, por sus umbrales autoritarios, bordea el fuego fatuo de la incertidumbre.

Apartado de las teorías alucinógenas de conspiración -frecuentadas y estridentes en esta era de tanta información y confusión-, barruntamos la epifanía del nuevo credo antipolítico, cuyo anclaje ideológico se asienta en la capitanía general de la poderosa elite tecnocapitalista. Esta generación de magnates tecnológicos, prototipo de las redes sociales y señorío de la inteligencia artificial (IA), trasciende los contornos de la influencia social y la pradera cibernética, restituyendo una suerte de monarquía universal donde su impresionante caudal económico acompaña, en paralelo, la arrogancia estelar de la tecnoburguesía digital.

Una utopía antipolítica en que los elegidos -barones digitales de credo conservador y supremacista- invalidan y tachan de caducidad todo referente contradictor.

Marco d’ Eramo (2022), despeja su misión filosófica que, como bandera y consigna, refrenda una profecía antiliberal, contraconstitucional y posdemocrática: “El estado nación, además de obsoleto, es una organización criminal, interventora y dedicada a la cobranza de impuestos; internet y las criptomonedas articulan el territorio virtual que los gobiernos ya no podrán controlar mediante el anacronismo de la democracia ni el gendarme póstumo del Estado; este dará paso a otro orden general donde la elite cognitiva, hegemón de la tecnología, facilitará el surgimiento de un sujeto soberano capaz de rediseñar, conforme a los máximos estándares individualistas, el paradigma político de una nueva fórmula de gobernanza”…

El individuo -núcleo sagrado de ese ethos global- encarna la pieza maestra del devenir humano, dotado de la virtud de la productividad, la riqueza y la longevidad.

La figura ecuménica de ese arquetipo no podría ser otra que Elon Musk: celebridad cognitiva, nerd tecnolibertario, audaz y dueño de una riqueza sideral. Su fortuna, equivalente al 4 % del PIB de Estados Unidos (1,23 billones de dólares, según Bloomberg) lo convirtió en el primer trillonario de la tierra. El valor de sus empresas supera el tamaño de 150 economías globales, entre ellas México y Suiza; si Musk fuera un país, solo 55 tendrían un PIB mayor que el suyo, y ocuparía la economía número 16 del globo. Posee el 42% de SpaceX (emporio que promete convertir la humanidad en una especie interplanetaria cuando la Tierra se vuelva inhabitable), el 12% de Tesla (autos eléctricos, autónomos y prototipos del futuro) y Neuralink (que ensaya conectar la neurobiología con la tecnología y la IA). Su riqueza rebasa la de 3,800 millones de personas: el 46% de la población más pobre del planeta, una desigualdad impensable desde la Revolución Industrial.

La tensión, sin embargo, no radica en la incuestionable genialidad del cocreador de PayPal y propietario de la plataforma X, ni en su excéntrica personalidad, sino en la fantástica capacidad que detenta un solo hombre para intervenir, condicionar Estados, interferir elecciones y -exacerbando preocupaciones- dominar el futuro tecnológico de la humanidad.

Otro acertijo, por su ascenso fantasmagórico, concierne a la velocidad abrumadora de su patrimonio: en el último año creció más de un millón de dólares por minutos; es decir, 550 mil millones en 12 meses. Tan apabullante es la disrupción que, si gastara un millón de dólares al día, tardaría 3,370 años en consumir su fortuna: esto es 48 generaciones humanas gastando sin detenerse.

Esta concentración y poderío digital cuestiona su compatibilidad con la democracia y, antes aun, con el paradigma cásico del capitalismo liberal, en cuya bandera secular ondeaban dos preseas doradas: moneda y libertad.

El mundo está roto o demasiado entretenido para detenerse a pensarlo… 

Por: Ricardo Nieves,-
@nieves_rd
@doctornieves
nievesricardord@gmail.com

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