El peligro de De la Espriella para el pueblo colombiano - Pimentel en la red

Más Recientes

Nuestras Redes Sociales

SĂ­gueme en YouTube SĂ­gueme en Facebook SĂ­gueme en Instagram SĂ­gueme en WhatsApp  SĂ­gueme en Twitter

Post Top Ad

Responsive Ads Here

lunes, 8 de junio de 2026

El peligro de De la Espriella para el pueblo colombiano

El peligro de De la Espriella para el pueblo colombiano

La política latinoamericana parece haber entrado en una etapa en la que la coherencia ideológica ha dejado de ser una virtud para convertirse en un obstáculo electoral, lo importante ya no es lo que un candidato pensaba hace diez años, ni siquiera lo que defendía hace cinco, lo importante es lo que resulte útil decir hoy para conquistar el poder. En esa escuela política se graduaron Donald Trump en Estados Unidos y Nayib Bukele en El Salvador, dos líderes a quienes Abelardo de la Espriella ha manifestado admiración en reiteradas ocasiones. El problema para Colombia es que todo indica que el candidato de extrema derecha pretende recorrer exactamente el mismo camino.

Trump pasĂł por distintas organizaciones y posiciones polĂ­ticas antes de encontrar el vehĂ­culo electoral que lo llevarĂ­a a la Casa Blanca, durante años transitĂł entre el Partido Republicano, el Reformista, posiciones independientes e incluso acercamientos al Partido DemĂłcrata, antes de regresar al Partido Republicano para alcanzar la Casa Blanca. Bukele, por su parte, iniciĂł su carrera polĂ­tica en el Frente Farabundo MartĂ­ para la LiberaciĂłn Nacional (FMLN), partido histĂłrico de izquierda en El Salvador, para luego romper con esa organizaciĂłn, construir una nueva plataforma y terminar convertido en el principal referente de la nueva derecha latinoamericana. Ambos demostraron que para ciertos polĂ­ticos las convicciones pueden ser flexibles, pero la ambiciĂłn de poder no, la ideologĂ­a terminĂł siendo una herramienta electoral y no una brĂşjula de principios.

Esa misma elasticidad discursiva comienza a observarse en el fenómeno político que hoy encarna Abelardo de la Espriella, durante años fue conocido como abogado de alto perfil, comentarista mediático y defensor de posiciones conservadoras. Hoy intenta proyectarse como la respuesta definitiva a todos los problemas de Colombia, como el hombre providencial que restaurará el orden donde otros han fracasado. Sin embargo, resulta difícil aceptar la narrativa de un supuesto outsider cuando gran parte de su trayectoria profesional se ha desarrollado precisamente dentro de los círculos empresariales, económicos y sociales que históricamente han ejercido influencia en el país.

De la Espriella no representa una revolución política ni una ruptura con las estructuras tradicionales de poder, representa una nueva forma de administrar ese mismo poder bajo el lenguaje de la derecha radical contemporánea. Existe una diferencia fundamental entre desafiar al establecimiento y pertenecer a él mientras se afirma combatirlo, el candidato parece apostar a que los colombianos no distingan entre ambas cosas.

Su discurso tampoco deja mucho espacio para las dudas. 
Habla constantemente de autoridad, castigo, seguridad, inversión privada, productividad, reducción de trabas regulatorias y fortalecimiento de la capacidad coercitiva del Estado, entre sus propuestas más conocidas figuran la construcción de megacárceles, el endurecimiento de penas, la eliminación de beneficios para determinados delincuentes y la recuperación acelerada del control territorial frente a las organizaciones criminales. Más que un programa integral de transformación nacional, por momentos parece una promesa de administración permanente del conflicto mediante mecanismos cada vez más severos.

Lo llamativo es aquello de lo que habla poco o simplemente no habla. 
En sus discursos rara vez ocupan un lugar central la pobreza estructural, la desigualdad social, las profundas diferencias entre regiones, el acceso a oportunidades para millones de colombianos o las dificultades cotidianas de quienes viven lejos de los grandes centros económicos. Colombia aparece retratada con frecuencia como un problema de orden público y eficiencia económica, cuando en realidad también es una nación marcada por profundas fracturas sociales acumuladas durante décadas.

Más inquietante aĂşn resulta su posiciĂłn respecto al porte legal de armas para civiles. 
De la Espriella ha defendido públicamente la flexibilización del acceso legal a armas de fuego bajo determinados esquemas regulatorios, la propuesta podría parecer razonable en países con contextos históricos específicos y, Colombia no es uno de ellos. Se trata de una nación que ha sufrido durante décadas las consecuencias de la violencia armada, el narcotráfico, el paramilitarismo, las guerrillas, el sicariato y las estructuras criminales organizadas. Resulta legítimo preguntarse si la respuesta a semejante historia consiste realmente en aumentar la cantidad de armas en circulación o si, por el contrario, se trata de una solución diseñada para generar aplausos antes que resultados.

Tampoco pasan desapercibidas sus posiciones frente a organismos internacionales y mecanismos de protecciĂłn de derechos humanos. 
Diversas declaraciones y planteamientos de su entorno político han cuestionado la utilidad de ciertos sistemas internacionales de supervisión, presentándolos como obstáculos para la acción del Estado. La historia latinoamericana aconseja prudencia frente a ese tipo de discursos, los controles institucionales existen precisamente porque el poder sin límites rara vez termina beneficiando a los ciudadanos. Cuando un dirigente comienza a considerar los derechos humanos como un problema, normalmente los ciudadanos terminan descubriendo que el verdadero problema era el dirigente.

La admiraciĂłn que manifiesta hacia figuras como Trump y Bukele tampoco deberĂ­a considerarse un dato menor. 
Ambos construyeron proyectos políticos sustentados en la concentración de liderazgo, la polarización permanente y la idea de que las instituciones tradicionales representan un obstáculo para la voluntad popular, ambos llegaron al poder prometiendo enfrentar a las élites políticas, ambos terminaron acumulando cuotas de influencia y control que habrían sido objeto de severas críticas si hubiesen sido ejercidas por sus adversarios.

La contradicciĂłn se vuelve todavĂ­a más evidente cuando se observa la puesta en escena de su campaña. 
De la Espriella se presenta como un hombre fuerte, decidido y dispuesto a enfrentar cualquier amenaza, sin embargo, buena parte de sus apariciones públicas se realizan rodeadas de estrictos esquemas de seguridad, equipos de protección y dispositivos de blindaje. Naturalmente, ningún candidato presidencial está obligado a exponerse a riesgos innecesarios, lo que sí resulta inevitable señalar es la ironía política de un dirigente que promete devolver la seguridad a millones de ciudadanos mientras se desplaza protegido por mecanismos que esos mismos ciudadanos jamás podrían costear, el mensaje implícito parece ser que la seguridad sí funciona, siempre que sea para quien aspira a gobernar.

Otro aspecto que merece atenciĂłn es su trayectoria profesional como abogado. 
Los defensores del candidato suelen responder que un abogado no puede ser juzgado por los clientes que representa y, tienen razón. Toda persona tiene derecho a defensa jurídica y ningún profesional debería ser responsabilizado automáticamente por las conductas de quienes contratan sus servicios. Sin embargo, esa explicación resulta insuficiente cuando el abogado en cuestión aspira a dirigir una nación, en ese momento, los ciudadanos adquieren el derecho de examinar no solamente sus discursos, sino también el recorrido completo de su vida pública.

De la Espriella alcanzĂł notoriedad representando y defendiendo a figuras vinculadas a algunos de los episodios más controvertidos de la vida pĂşblica colombiana. 
Nadie sostiene seriamente que eso lo convierta en responsable de las actuaciones de terceros, pero tampoco puede pretenderse que semejante historial desaparezca del debate político. Quien aspira a la Presidencia de la República debe aceptar que los ciudadanos formulen preguntas legítimas sobre los entornos de influencia, las relaciones de poder y las afinidades que han acompañado su carrera profesional, resulta difícil exigir confianza absoluta mientras se pide al mismo tiempo que ciertas preguntas no sean formuladas.

Quizás el aspecto más preocupante de todo este fenómeno no sea el propio Abelardo de la Espriella, sino la creciente disposición de una parte del electorado colombiano a depositar sus esperanzas en fórmulas políticas basadas en el liderazgo fuerte, la simplificación de problemas complejos y la promesa de soluciones rápidas para desafíos estructurales. La historia demuestra que ese tipo de discursos suele producir campañas exitosas, lo que no siempre produce son democracias más fuertes.

Trump prometió acabar con el establishment y terminó convertido en una de sus expresiones más poderosas, Bukele prometió romper con la vieja política y terminó concentrando niveles de poder que habrían provocado escándalo en cualquier otro contexto. Ahora Colombia observa el ascenso de un dirigente que admira abiertamente esos modelos y que parece convencido de que las instituciones son demasiado lentas, que los controles son excesivos y que los derechos pueden convertirse en un estorbo cuando interfieren con la autoridad.

El verdadero peligro de Abelardo de la Espriella para el pueblo colombiano no radica únicamente en una propuesta específica, en una declaración polémica o en una postura ideológica determinada, el peligro radica en la convergencia de todos esos elementos: el oportunismo discursivo, la exaltación del liderazgo personal, la fascinación por los modelos de poder concentrado, la tendencia a reducir problemas complejos a respuestas de fuerza y la creciente desconfianza hacia los mecanismos de control democrático.

Porque las democracias rara vez desaparecen de un día para otro, generalmente comienzan a erosionarse cuando una sociedad decide que las instituciones son menos importantes que el hombre que promete salvarla y, cuando eso ocurre, la historia demuestra que el precio termina pagándolo el pueblo, no el líder.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 

Nota del autor: Este artĂ­culo se fundamenta en informaciĂłn pĂşblica, propuestas de campaña, entrevistas y reportajes publicados por ReutersEl PaĂ­s AmĂ©rica ColombiaEl PaĂ­s AmĂ©rica Colombia, The Guardian, Infobae , Infobae y Cadena SER, entre otros medios de reconocida trayectoria internacional.

Print Friendly, PDF & Email

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Pages