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martes, 16 de junio de 2026

FIFA: El Mundial de la Vergüenza

FIFA: El Mundial de la Vergüenza
Aunque en República Dominicana el fútbol no figura entre los deportes de mayor seguimiento popular, personalmente sigo las copas mundiales desde 1986, cuando Argentina se coronó campeona en México y Diego Armando Maradona inmortalizó aquella jugada que la historia bautizó como "La Mano de Dios".

Desde entonces he disfrutado de grandes selecciones, finales memorables y generaciones irrepetibles. Brasil, Argentina y España han estado entre mis favoritas en distintos momentos. Siempre he entendido que el Mundial representa la máxima expresión del mérito deportivo: clasifica quien lo gana en la cancha y compite quien se lo merece.

Por eso resulta tan decepcionante observar cómo la edición de 2026 ha terminado exhibiendo algo mucho más grande que el fútbol: la hipocresía, la discriminación selectiva y el doble rasero que domina a quienes dicen gobernar este deporte.

Por primera vez en cuarenta años de seguimiento mundialista, me interesan más los acontecimientos fuera de los estadios que los resultados dentro de ellos. Y sobran razones.

El caso más escandaloso es el del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan. Seleccionado oficialmente por FIFA para impartir justicia en el Mundial, poseedor de visa válida para ingresar a Estados Unidos y reconocido como Árbitro Africano del Año 2025, fue retenido durante aproximadamente once horas en el aeropuerto de Miami antes de que las autoridades estadounidenses le negaran la entrada al país alegando preocupaciones de seguridad jamás explicadas públicamente. Como consecuencia, FIFA lo excluyó del torneo. Días después, la UEFA lo designó para dirigir la Supercopa de Europa, dejando una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿era suficientemente confiable para arbitrar una final europea, pero no para participar en un Mundial?

La ironía resulta grotesca. La FIFA nos habla constantemente de inclusión, nos vende campañas contra el racismo y nos inunda de mensajes sobre igualdad, diversidad y respeto. Sin embargo, cuando uno de los mejores árbitros africanos de la actualidad es expulsado del torneo más importante del planeta sin una explicación transparente, la institución simplemente baja la cabeza y sigue adelante como si nada hubiese ocurrido.

Y no ha sido el único episodio que deja mal sabor. Durante meses circularon propuestas y presiones políticas para excluir a Irán del Mundial debido al conflicto en Oriente Medio. Incluso llegó a plantearse públicamente la posibilidad de que Italia, que no logró clasificarse en el terreno de juego, ocupara su lugar. Aunque la propia FIFA descartó la idea y dirigentes italianos la rechazaron por considerarla contraria al mérito deportivo, el simple hecho de que semejante propuesta alcanzara notoriedad internacional revela hasta qué punto algunos consideran que las reglas pueden modificarse cuando los intereses políticos o comerciales así lo aconsejan.

Imaginen por un momento que la selección afectada hubiera sido Alemania, Inglaterra, Francia o Brasil. ¿Habría existido semejante ligereza para cuestionar su participación? La respuesta parece bastante evidente.

Y ahí es donde aparece la verdadera enfermedad que corroe al fútbol moderno. No todos son tratados igual. No todos reciben las mismas garantías. No todos disfrutan del mismo respeto. Hay países que entran por la puerta principal y países que parecen obligados a justificar constantemente su presencia. Hay delegaciones que reciben trato protocolar y otras que son observadas con sospecha permanente. Hay pasaportes que abren puertas y otros que activan alarmas.

Lo preocupante es que todo esto ocurre bajo la bandera de una organización que se presenta como guardiana universal del deporte. La FIFA lleva años impartiendo lecciones morales al mundo, pero este Mundial parece estar demostrando que la igualdad que pregona tiene demasiadas excepciones y que la inclusión que promueve termina exactamente donde comienzan los intereses geopolíticos y económicos de los poderosos.

Quizás por eso cada vez me cuesta más entusiasmarme con los partidos, porque el problema ya no es quién ganará la Copa del Mundo. El problema es que la FIFA parece haber perdido hace tiempo el derecho moral de presentarse como árbitro de la igualdad mientras permite que el fútbol se convierta en un reflejo de las mismas injusticias, prejuicios y privilegios que supuestamente combate.

Y esa, más que cualquier goleada o cualquier sorpresa deportiva, es la verdadera vergüenza de este Mundial.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 
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