Existe una vieja regla no escrita en la política internacional: cuando una guerra termina, normalmente los protagonistas se enteran, en el caso de la crisis entre Estados Unidos e Irán, pareciera que esa noticia todavía no ha llegado a todos los involucrados. Apenas ayer, Donald Trump anunció con la seguridad que lo caracteriza que "la guerra terminó hoy", no que estaba cerca de terminar, no que las negociaciones avanzaban favorablemente, no que existían señales alentadoras. Terminó. Así de simple.
Lo ocurrido no es un hecho aislado. Forma parte de una secuencia que se ha repetido tantas veces que ya parece haberse convertido en una característica propia de esta crisis. Durante meses, Trump ha insistido en que el acuerdo definitivo está a la vuelta de la esquina, que las conversaciones avanzan satisfactoriamente, que Irán terminará aceptando las condiciones planteadas por Washington y que el desenlace es inminente. Pero al mismo tiempo, y casi sin transición, el discurso ha oscilado entre la diplomacia y la amenaza, entre la negociación y la fuerza, entre la paz anunciada y la guerra latente.
Basta observar la cronología reciente. En cuestión de horas se habló de que Irán estaba acabado, se afirmó que Estados Unidos tenía control total de la situación, se hicieron referencias al dominio del espacio aéreo iraní y al sobrevuelo de aeronaves estadounidenses sobre zonas estratégicas, se lanzaron advertencias sobre nuevos bombardeos en cuestión de días, se mencionó la posibilidad de asumir el control de instalaciones clave, se habló de tomar la estratégica isla de Jarg, pieza fundamental para las exportaciones petroleras iraníes. Incluso se dejó entrever la posibilidad de desplegar un contingente reducido de tropas para consolidar posiciones sobre el terreno, poco después llegaron nuevas advertencias: cualquier ataque iraní tendría un costo mucho mayor que los anteriores. La lógica parecía clara: más presión, más amenazas, más escalada.
Y entonces, casi de repente, apareció un escenario completamente distinto, la guerra había terminado, el acuerdo estaba prácticamente listo, las diferencias estaban siendo resueltas y la paz parecía inminente.
La secuencia resulta tan vertiginosa que obliga a formular una pregunta elemental. ¿En qué momento exacto una guerra que todavía requería amenazas, bombardeos, despliegues militares potenciales y advertencias de represalias devastadoras se transformó en una guerra terminada? Porque normalmente los conflictos siguen un orden relativamente lógico. Primero se negocian los términos, luego se alcanza un acuerdo, después cesan las hostilidades y finalmente llega la paz. En esta ocasión pareciera que el proceso ha sido invertido. Primero se anunció la victoria, luego se proclamó la paz, después se habló del acuerdo y, finalmente, aparecieron los documentos que supuestamente deberían hacerlo posible.
La publicación de las catorce disposiciones de un borrador de memorando entre Irán y Estados Unidos añade una capa adicional de contradicción. Un borrador existe precisamente porque todavía no hay acuerdo; es el reconocimiento formal de que las partes siguen negociando y no representa el final de una disputa, sino la intención de intentar resolverla. Por eso resulta inevitable preguntarse qué fue exactamente lo que terminó cuando se anunció que la guerra había terminado.
La respuesta más sencilla sería atribuirlo todo a la dinámica habitual de la política contemporánea. Vivimos en una época donde la velocidad de los titulares supera con frecuencia la velocidad de los acontecimientos, las redes sociales premian la contundencia, no los matices. Las declaraciones categóricas generan más impacto que las explicaciones complejas. Decir "la guerra terminó" produce más titulares que admitir que continúan las negociaciones, sin embargo, esa explicación, aunque válida, parece insuficiente para comprender lo que está ocurriendo.
Porque el caso de Irán no se limita a una diferencia de interpretación. Lo que estamos observando es una divergencia cada vez más visible entre los anuncios y la realidad. Washington habla de acuerdos prácticamente concluidos, desde Teherán se insiste en que todavía existen asuntos fundamentales por resolver; una parte celebra el desenlace, la otra sigue discutiendo las condiciones para alcanzarlo. Unos hablan de paz, otros continúan hablando de negociación.
Algo similar ocurre con el Estrecho de Ormuz, convertido en una especie de símbolo involuntario de esta crisis. Durante semanas se anunció su reapertura como parte de un acuerdo inminente, luego reaparecieron las tensiones, más tarde regresaron las expectativas optimistas, después volvieron las amenazas y más adelante reaparecieron las negociaciones. La sensación general es la de una puerta que abre y cierra con tanta frecuencia que resulta difícil determinar si realmente conduce a una solución o si simplemente forma parte del decorado político de una confrontación que parece alimentarse de sus propias contradicciones. En ocasiones pareciera que Ormuz ya fue abierto, cerrado y reabierto más veces en los comunicados que en la realidad misma.
Lo verdaderamente interesante no es que existan dificultades para alcanzar la paz. Todas las guerras tienen negociaciones complejas, lo verdaderamente interesante es la velocidad con la que envejecen los anuncios triunfalistas. Hace apenas días se hablaba de un acuerdo inminente, antes se había hablado de una victoria prácticamente consumada, antes de eso se aseguró que Irán no tenía otra salida que aceptar las condiciones impuestas y, antes aún, se anunciaba que el conflicto estaba entrando en su fase final. Mientras tanto, los ataques seguían apareciendo en los titulares, las amenazas continuaban formando parte del discurso oficial y las negociaciones seguían desarrollándose como si el acuerdo definitivo estuviera siempre a unos pocos días de distancia. Siempre a unos pocos días de distancia.
Quizás la cuestión ya no sea si existe un acuerdo posible, tal vez la cuestión sea otra. ¿Realmente todos los actores involucrados desean que este conflicto termine? Porque cuando una guerra parece acercarse a su conclusión una y otra vez, pero nunca termina de concluir, resulta legítimo preguntarse si algunos encuentran más utilidad en la tensión permanente que en una solución definitiva. Las guerras modernas no se libran únicamente con misiles, aviones o portaaviones, también se combaten en los mercados energéticos, en los corredores diplomáticos, en los centros de poder financiero, en los complejos militares y en el terreno de las narrativas. Hay gobiernos que necesitan victorias, hay industrias que necesitan incertidumbre, hay alianzas que necesitan enemigos y hay líderes que necesitan titulares. Quizás por eso la paz parece estar siempre tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
No se trata de afirmar que exista una conspiración detrás de cada acontecimiento, tampoco de asumir que la guerra continuará indefinidamente. Se trata de reconocer una realidad evidente: los hechos no parecen avanzar al mismo ritmo que los anuncios, mientras una parte proclama victorias definitivas, la otra responde con nuevos condicionamientos, mientras se habla del final del conflicto, siguen apareciendo borradores, negociaciones, amenazas y desacuerdos. Y cuanto más se amplía esa distancia entre la narrativa y los acontecimientos, más difícil resulta distinguir dónde termina la diplomacia y dónde comienza la propaganda.
Lo ocurrido en las últimas cuarenta y ocho horas resume perfectamente esa paradoja. Primero llegaron las amenazas, luego las advertencias de nuevos bombardeos, después las referencias a posibles acciones para tomar control de posiciones estratégicas, más tarde la proclamación de una victoria prácticamente consumada. A continuación llegó el anuncio del fin de la guerra, luego las acusaciones iraníes sobre un supuesto ciclo de mentiras y, finalmente, la aparición de un borrador para negociar la paz. Visto así, la contradicción deja de ser un detalle para convertirse en la historia misma.
Quizás el acuerdo llegue, quizás las negociaciones prosperen, quizás el Estrecho de Ormuz vuelva definitivamente a la normalidad, quizás dentro de algunas semanas el mundo contemple realmente el final de esta crisis, nadie puede descartarlo. Lo que sí resulta difícil ignorar es la secuencia de los acontecimientos y la distancia creciente entre los comunicados y los hechos. Porque cuando una guerra es declarada terminada antes de que se firme la paz, cuando los acuerdos aparecen antes que las firmas y cuando los titulares llegan antes que los resultados, la prudencia aconseja mirar menos los discursos y más la realidad.
Donald Trump anunció ayer que la guerra había terminado. Hoy continúan las negociaciones, circulan borradores, persisten los desacuerdos y las partes siguen discutiendo las condiciones de un eventual entendimiento. Y ante semejante panorama, la pregunta ya no es si la guerra terminará algún día. La pregunta es cuántas veces más podrá ser declarada terminada antes de que la realidad decida ponerse al día con los anuncios.
Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com



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