La enfermedad del alma
A lo largo de mi vida he conocido personas que destilan amargura sobre el mundo de manera irracional, quizás debido a su incapacidad para alcanzar el éxito en aquello que emprenden, ya sea en el ámbito académico, económico, social, sentimental o incluso espiritual.
De sus almas parecen brotar corrientes de resentimiento que se derraman en forma de egoĂsmo, mezquindad o envidia; tal vez una mezcla de todo ello. Lo cierto es que esa nube negra, cargada de truenos, granizo y relámpagos, termina por eternizar sus dĂas de infelicidad y nublar paisajes que podrĂan mostrarles caminos de oportunidad, crecimiento o paz.
Desde tiempos anteriores a los relatos bĂblicos, la humanidad ha dado muestras de maldad y perversiĂłn difĂciles de explicar, incluso cuando tales conductas no estaban sujetas a normas o sanciones. Esto lleva a cuestionar la idea de que toda desviaciĂłn moral sea exclusivamente producto del entorno social, como sostenĂa Jean-Jacques Rousseau.
Más bien parece cobrar fuerza la visiĂłn de un pensador frecuentemente incomprendido por la historia, Nicolás Maquiavelo, cuando advertĂa sobre la naturaleza oscura que tambiĂ©n habita en el ser humano.
¿Por quĂ©? Esa es la pregunta que martilla mi mente con frecuencia.
¿QuĂ© motiva a una persona a atentar moral o fĂsicamente contra alguien que nunca le ha hecho daño? ¿QuĂ© impulsa a conspirar contra quien no persigue los mismos intereses? ¿Por quĂ© algunos prefieren invertir su tiempo en obstaculizar el camino ajeno en lugar de construir el propio? ¿QuĂ© los lleva a desperdiciar cada instante arrojando piedras contra quienes intentan avanzar sin perjudicar a nadie?
Y, sobre todo, ¿por quĂ© resulta tan difĂcil practicar en los hechos los principios que decimos profesar?
¿Por quĂ© preferimos exhibir un rostro de humildad y sencillez que muchas veces no es más que una ilusiĂłn Ăłptica, un espejismo en medio del desierto de valores que parece extenderse sobre nuestra Ă©poca?
Tal vez la respuesta no sea Ăşnica ni sencilla. Quizás la grandeza humana convive permanentemente con sus peores impulsos y cada persona decide, dĂa tras dĂa, cuál de esas fuerzas alimentará.
Por eso conserva vigencia la reflexiĂłn de JosĂ© Ingenieros en su obra El hombre mediocre: "Los hipĂłcritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre dispuestos a traicionar sus principios en homenaje a un beneficio inmediato; eso les veda la amistad con espĂritus superiores".
La envidia, el resentimiento, la hipocresĂa y la mezquindad son, en esencia, enfermedades del alma. No destruyen primero a quienes las padecen desde fuera, sino a quienes las albergan por dentro. Corroen la paz, deforman la visiĂłn de la realidad y convierten la vida en una batalla permanente contra la felicidad ajena.
Mientras algunos consumen su existencia alimentando el rencor y la intriga, otros siguen construyendo su camino. Al final, el tiempo suele ser el juez más implacable y también el más justo, pues premia a quienes dedican sus esfuerzos a crecer y deja atrapados en su propia oscuridad a quienes eligieron vivir pendientes de la luz de los demás.
Por: Dalton Herrera,-
@Dalton_HS
requiemsito@gmail.com



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