¿Por qué Caín mató a Abel?
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El homicidio o más bien, el asesinato, de Caín contra su hermano Abel plantea, en el libro del Génesis, distintos aspectos para la introducción de una criminología elemental acerca de estos hechos. Veamos:
En primer lugar, dice la Sagrada Escritura que Caín era agricultor y Abel pastor, situación esta que pone en el tapete la división social del trabajo entre labradores y ganaderos, cuyas actividades e intereses se contraponen por el uso agrícola del suelo y el manejo de las bestias.
El estropicio causado por el paso libre de ovejas que trashuman o ramonean en terrenos de labranza, y en plena siembra o cosecha, supone una fuente de conflictos interminables.
Es una lucha infinita por sobrevivir, trabajando, gastando, acumulando bienes, y sobre todo, cercando la tierra, para defender conforme a los intereses contrapuestos de los que siembran, enfrentados con aquellos que fomentan cría y pastorean.
La economía es por antonomasia la “ciencia de la escasez”, ya que los bienes son escasos por definición, y como tal, requeridos en cualquier paradoja del valor como necesarios, determinando una ecuación con variables que inciden en el sistema de precios, una vez que algunas cosas valen tanto porque cuestan mucho; o, porque, se hacen escasas por las veleidades del mercado.
Por tales razones, “Thomas Carlyle”, llamó a la Economía: “La ciencia lúgubre”.
Pero, en el caso de los hermanos Abel y Caín, las diferencias vienen, además, porque realmente la existencia determina la conciencia y también, porque, la conciencia determina la existencia. Es un circuito, que fluye en las relaciones interpersonales y en nuestra forma de pensar. Es válido aquí el axioma de que: “Nadie razona en contra de sus aspiraciones”.
Y, quizás, por algo que parece imperceptible, la diferencia de edad entre los hermanos—hijos de Adán y Eva—y que entre jóvenes y viejos, conocemos como “Gap”, que del inglés se traduciría como brecha generacional.
Estas inconformidades familiares, también han dado lugar a verdaderos fraudes familiares entre hermanos, que trastornan los derechos de primogenitura. Véase en Génesis 25, el caso de Esaú, “diestro en la caza”, y Jacob, hombre pacífico y que pernoctaba en tiendas. Cuando “el cazador” le vendió su primogenitura “al apacible”, “por un plato de lentejas”. Y, el de las tiendas, con un disfraz velludo y doloso (auxiliado de Rebeca, madre de ambos), suplantó a Esaú, engañando a Isaac, padre de los hermanos, al momento de obtener dolosamente de este último, la bendición irrevocable por naturaleza… con todas sus consecuencias jurídicas.
Por otra parte, y en segundo lugar, un sutil e imponente motivo religioso entre los hermanos, podría haber ido deslizándose en su alma, porque Dios no recibió con agrado la ofrenda de Caín, como sí recibió el Todopoderoso con mayor agrado la de Abel. Se resentía Caín porque las propias no alcanzaban el grado necesario para que el Señor fuera complacido, que no alabado.
Es probable, que en gran parte, la división de las religiones, las impresiones que individualmente tenemos de la idea de Dios, ya como un ídolo, ya como una persona, nos lleven a guerras religiosas, cuando cada una de las partes beligerantes, estima su Dios como un Dios verdadero, ofendido por otras prácticas, que no son las suyas.
Entonces se adentró en Caín esta raíz de amargura, que le hacía sufrir y sentirse segregado y poco tomado en cuenta y reconocido por Su Hacedor, que según sus sentimientos prefería al justo Abel.
Se cuenta que en plena Guerra de Secesión, en los Estados Unidos de América, unos ministros religiosos visitaron a Presidente Lincoln, expresándoles su propósito de hacer una oración a Dios para que el Norte, de raigambre industrial, le ganase la guerra al Sur, agrícola y esclavista. Y, se dice, que ante este planteamiento, Lincoln reaccionó diciéndoles que no veía conveniente esta plegaria al Sumo Creador, en tanto Dios que es Padre de todos, también era padre de los ejércitos del Sur. Y, que esta guerra entre sus hijos, también le hacía sufrir tremendamente.
Y en tal sentido, como Dios era justo, lo que habría que pedir es que el Norte se mantuviese fiel a la Justicia de Dios.
En tercer lugar, la envidia como sentimiento poderoso sí que estaría a la base de este deseo irrefrenable y compulsivo que llevó al hermano mayor a quitarle la vida al menor, abalanzándose arteramente contra él y quitándole la vida .
A propósito comenta Charlie Munger, con bastante sorna, que: “La envidia es realmente una estupidez, porque es el único pecado del cual no obtienes ningún placer”.
El presidente hatero Pedro Santana persiguió con saña al general y maderero, Antonio Duvergé, “El Centinela de la Frontera”, no dispuesto a compartir gloria con otra espada que opacara la suya, hasta que consiguió que éste fuera condenado a muerte junto a dos de sus hijos… afrentando, finalmente, su cadáver ya horadado de balas y pateándolo ya caído.
También, el sentimiento envidioso parece conectado existencialmente con la palmaria realidad de que en este mundo, las oportunidades son limitadas, y por tanto, no tenemos una auténtica justicia en la repartición de bienes y atributos naturales, que aparece empobrecida por los procesos originarios de acumulación de capital.
Y dijo Caín a su hermano Abel: “Salgamos al campo… entonces Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató”.
“¿Dónde está tu hermano Abel?” Le pregunta Dios a Caín, y arguyó éste: “No sé. ¿Acaso soy yo guardián de mi hermano?”.
Por último, ese mismo asesino Caín, maldecido y condenado por Dios a errar por el mundo, huye lleno de miedo; pero, ¡oh misterio! Dios de una manera desconcertante, como gesto de castigo y misericordia al mismo tiempo, marca al fratricida con una señal para que cualquiera que quisiera matarlo no lo hiciera.
Finalmente, después de todo esto, querido lector, lectora, sin tener la respuesta, sinceramente, nos preguntamos, ¿hasta cuándo las diferencias económicas, la religión y la envidia continuarán azotando la buena convivencia fraterna en nuestra civilización?
¿Hasta cuándo Caín seguirá matando perpetuamente a su hermano Abel?
Por: Julio Cesar Castaños Guzman,-
jguzman@email.com



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