Trump e Irán: de la máxima presión... a la máxima concesión
❝La verdad es la primera víctima de la guerra.❞ Hiram Johnson (Senador de los Estados Unidos, 1917)
Las guerras modernas ya no comienzan cuando despegan los aviones de combate. Empiezan mucho antes, cuando despegan las campañas políticas y mediáticas destinadas a convencer a la opinión pública de que la guerra es inevitable. Las bombas suelen ser el último capítulo de una historia que primero se escribe con discursos, informes de inteligencia, titulares alarmistas y una narrativa cuidadosamente construida para presentar el uso de la fuerza como la única alternativa posible.
En 2003, Estados Unidos invadió Irak bajo el argumento de que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva capaces de amenazar al mundo. La historia terminó desmontando aquel relato. Las armas nunca aparecieron, los informes de inteligencia fueron duramente cuestionados, pero el daño ya estaba hecho: un país devastado, cientos de miles de muertos, una región sumida en el caos y el nacimiento de organizaciones terroristas que encontraron en aquella guerra el terreno perfecto para expandirse. Fue una intervención edificada sobre una narrativa que, con el paso del tiempo, terminó desplomándose bajo el peso de los propios hechos.
Más de dos décadas después, el escenario cambia de nombre, pero no de método. Irán pasó a ocupar el lugar del nuevo gran enemigo, mientras se repetía un libreto sorprendentemente familiar: una amenaza presentada como inminente, un discurso de urgencia permanente y la convicción de que la presión militar era el único camino posible. La diplomacia quedó relegada hasta que hablaron las armas; paradójicamente, cuando las armas dejaron de hablar, la única salida volvió a ser la diplomacia que antes parecía descartada.
Donald Trump presenta hoy el entendimiento alcanzado con Irán como una victoria histórica de su política de máxima presión. Sin embargo, las guerras no se evalúan por la contundencia de los bombardeos ni por la espectacularidad de las operaciones militares. Se juzgan comparando los objetivos proclamados antes del conflicto con los resultados obtenidos al finalizarlo. Es precisamente ahí donde el relato oficial comienza a mostrar profundas grietas.
Durante meses, la administración estadounidense sostuvo que Irán debía aceptar condiciones extremadamente severas para evitar una confrontación mayor. Desde distintos sectores políticos, militares y estratégicos de Washington e Israel se alimentó, además, la expectativa de que una presión sostenida pudiera desembocar en el debilitamiento o incluso en la sustitución del régimen de los ayatolas. Aunque ese objetivo no siempre fue formulado oficialmente, era un escenario ampliamente promovido por numerosos actores influyentes y repetido con insistencia en el debate público.
Nada de eso ocurrió.
El régimen iraní continúa gobernando, conserva intacta la estructura del Estado y termina firmando un entendimiento directamente con la misma potencia que aseguraba que la presión sería insoportable hasta modificar radicalmente el comportamiento de Teherán. La imagen final dista mucho de aquella que se prometía cuando comenzaron las hostilidades.
Pero el verdadero problema para quienes hoy celebran una victoria absoluta aparece al revisar el contenido y las consecuencias del acuerdo.
Antes de los ataques de febrero, Irán enfrentaba uno de los regímenes de sanciones económicas más severos del planeta. Miles de millones de dólares permanecían congelados en el extranjero, sus exportaciones petroleras estaban sometidas a enormes restricciones, el acceso a los mercados financieros internacionales era extremadamente limitado y la presión diplomática buscaba mantener al país en un aislamiento creciente. Esa era la realidad.
Hoy, en cambio, el entendimiento abre la puerta a un alivio gradual de las sanciones, facilita el acceso progresivo a activos financieros bloqueados durante años, permite recuperar espacio para sus exportaciones energéticas, crea condiciones para la llegada de inversiones destinadas a la reconstrucción económica, reduce significativamente el riesgo inmediato de nuevas acciones militares mientras el acuerdo permanezca vigente y devuelve a Teherán un protagonismo diplomático que difícilmente habría recuperado sin este proceso de negociación. A ello se suma la posibilidad de conservar parte de su infraestructura nuclear bajo un régimen reforzado de supervisión internacional, en lugar del desmantelamiento absoluto que durante meses fue presentado como condición indispensable.
En otras palabras, Irán no obtiene todo cuanto deseaba, pero consigue mucho más de lo que parecía imaginable antes de iniciarse la confrontación.Naturalmente, el acuerdo también impone obligaciones a Teherán. Acepta mayores controles internacionales sobre su programa nuclear, mecanismos de verificación más estrictos y compromisos cuyo incumplimiento podría reactivar sanciones o desencadenar nuevas respuestas militares. Ignorar esos elementos sería intelectualmente deshonesto. Sin embargo, reconocer esas concesiones no modifica la pregunta central: ¿es este el desenlace que Washington prometía cuando inició la escalada?
La respuesta parece evidente.
Si el propósito era eliminar cualquier capacidad de negociación del régimen iraní, el resultado es un régimen que negocia desde una posición suficiente para obtener concesiones relevantes. Si el objetivo consistía en incrementar el aislamiento internacional de Teherán, el desenlace devuelve a Irán al centro de la conversación diplomática. Si la presión buscaba obligarlo a aceptar únicamente las condiciones de Washington, el documento final refleja un intercambio de concesiones entre ambas partes, no una imposición unilateral.
Existe, además, una paradoja que merece especial atención.
Cuanto más se insistía en que el régimen de los ayatolas era un actor con el que resultaba imposible convivir, más terminó demostrando la propia negociación que ese mismo régimen era el interlocutor imprescindible para alcanzar un acuerdo. Se invirtieron meses construyendo el argumento de que no podía negociarse con Teherán, para terminar admitiendo que la única forma de detener la guerra era, precisamente, negociando con Teherán. Resulta difícil encontrar una contradicción más elocuente.
Quizá por eso la mayor victoria política de Donald Trump no consista en el contenido del acuerdo, sino en haber logrado instalar la percepción de que cualquier negociación posterior a una operación militar constituye automáticamente un triunfo estratégico. La realidad suele ser bastante más compleja. La superioridad militar puede destruir instalaciones, debilitar infraestructuras e imponer enormes costos al adversario, pero no siempre consigue transformar esas ventajas tácticas en los resultados políticos que justificaron el conflicto.
Irak dejó esa lección hace más de veinte años. La fuerza militar fue incontestable; el resultado político terminó siendo profundamente cuestionado. Con Irán podría estar ocurriendo algo parecido, aunque bajo circunstancias distintas. No porque Estados Unidos haya sido derrotado militarmente, sino porque los objetivos políticos que inspiraron la estrategia inicial parecen considerablemente más ambiciosos que los resultados finalmente alcanzados.
La propaganda tiene la libertad de bautizar los acontecimientos como mejor convenga a sus intereses. Puede llamar victoria a una negociación, éxito a una retirada o firmeza a una concesión. La historia, sin embargo, suele aplicar un criterio mucho menos emocional y bastante más implacable: compara promesas con resultados.
Y cuando esa comparación arroja que el adversario conserva su régimen, recupera margen económico, rompe parcialmente su aislamiento, obtiene alivio financiero, vuelve a vender petróleo con mayores facilidades y firma un entendimiento con quien juró doblegarlo, la pregunta deja de ser si hubo un acuerdo.
La verdadera pregunta es quién terminó haciendo las mayores concesiones.
Porque las guerras no se ganan cuando se disparan más misiles, sino cuando los objetivos políticos que justificaron iniciarlas terminan cumpliéndose. Y si la máxima presión desemboca en la máxima concesión, quizá no sea la historia la que deba explicar el desenlace. Quizá sean quienes prometieron una cosa y terminaron firmando otra.
La historia suele absolver a los vencedores militares, pero termina juzgando con mayor severidad a quienes confundieron la fuerza con la razón. Porque ninguna maquinaria bélica, por poderosa que sea, puede alterar indefinidamente la realidad de los hechos. Las narrativas pasan, los gobiernos cambian y los titulares envejecen; la verdad, tarde o temprano, termina ocupando el lugar que le corresponde.
❝¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!❞
Isaías 5:20
Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com



No hay comentarios:
Publicar un comentario