La fe, mercantilismo y ostentación
La fe nunca fue concebida como un negocio. Tampoco como una pasarela. Mucho menos como una plataforma para exhibir relojes de lujo, vehículos de alta gama, residencias millonarias o una vida de celebridad financiada por la devoción ajena.
Los recientes reportajes de la "aguerrida" comunicadora Nuria Piera han colocado bajo el escrutinio público el estilo de vida de algunos influyentes líderes religiosos, cuestionando la línea que separa el ministerio del negocio y el púlpito de la empresa privada. Las investigaciones han despertado un intenso debate nacional sobre la transparencia en el manejo de recursos y la ostentación de quienes predican una vida centrada en Dios mientras exhiben un patrimonio que, como mínimo, merece ser explicado.
Y esas preguntas son legítimas.
Porque el Evangelio nunca enseñó que el éxito espiritual se mide por el precio del reloj, el tamaño de la residencia o la cantidad de propiedades acumuladas. Jesucristo nació en un pesebre, vivió con sencillez y expulsó a los mercaderes del templo. Aquella escena narrada en Mateo 21:12-13 no fue un episodio de mal humor; fue una declaración frontal contra quienes habían convertido lo sagrado en un negocio. Dos mil años después, el escenario ha cambiado, pero la tentación sigue siendo la misma: mercantilizar la fe.
"No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6:24). "Porque raíz de todos los males es el amor al dinero" (1 Timoteo 6:10). "Ay de vosotros, ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo" (Lucas 6:24). Y el apóstol Pedro fue aún más contundente al exhortar a los pastores a cuidar del rebaño "no por ganancias deshonestas, sino con ánimo pronto" (1 Pedro 5:2). El apóstol Pablo también advirtió sobre quienes consideran "que la piedad es fuente de ganancia" (1 Timoteo 6:5). La Biblia no condena la prosperidad obtenida mediante el trabajo honrado; condena convertir la riqueza en un dios y utilizar el nombre de Dios como instrumento para producirla.
Lo preocupante no es que un pastor tenga bienes materiales. Lo inquietante es cuando el mensaje deja de apuntar hacia Cristo para señalar hacia la cuenta bancaria del predicador. Cuando el altar deja de ser un lugar de transformación espiritual y termina convertido en una estrategia de mercadeo donde la bendición parece tener tarifa, la prosperidad se vende como si fuera un producto exclusivo del cielo y el éxito económico sustituye el llamado al arrepentimiento.
No por casualidad, una de las doctrinas más cuestionadas dentro del propio cristianismo es la llamada teología de la prosperidad. Bajo distintas modalidades, esta corriente sostiene que la riqueza material, la abundancia económica y el bienestar financiero constituyen señales inequívocas del favor de Dios y que las ofrendas funcionan como una especie de "siembra" que garantiza una cosecha multiplicada. Esa interpretación ha sido rechazada por numerosos teólogos y denominaciones cristianas porque desplaza el centro del Evangelio. Cristo deja de ser el Salvador para convertirse en el medio de alcanzar prosperidad; la cruz pierde protagonismo frente a la cuenta bancaria y el sacrificio termina reemplazado por la rentabilidad.
El resultado es un cristianismo de mercado, donde algunos templos funcionan con estrategias propias de grandes corporaciones: campañas permanentes de recaudación, liderazgo personalizado alrededor de una figura casi incuestionable, promesas de éxito financiero, presión emocional para diezmar y una peligrosa confusión entre fidelidad a Dios y fidelidad al bolsillo del predicador.
Ahí aparecen, casi sin disfraz, varios de los pecados capitales que el cristianismo siempre ha condenado: la avaricia, cuando el afán por acumular sustituye el servicio; la soberbia, cuando el líder religioso se considera una figura intocable; la vanagloria, cuando la ostentación desplaza el testimonio; y la codicia, cuando la necesidad del creyente termina financiando el lujo de quien ocupa el púlpito.
Pero el análisis no puede quedarse únicamente en quienes reciben, también habría que detenerse a examinar a quienes entregan.
Porque resulta imposible sostener semejantes estilos de vida sin miles de personas convencidas de que mientras más dinero depositen en una iglesia, mayores serán las bendiciones que recibirán. Durante décadas, muchos creyentes han sido víctimas de una peligrosa tergiversación del Evangelio: se les hace creer que sembrar dinero garantiza prosperidad material, que una ofrenda cuantiosa acelera los milagros o que cuestionar el destino de los fondos equivale a rebelarse contra Dios. Esa manipulación espiritual convierte la fe en un mecanismo de recaudación y al creyente en el principal financista de un lujo que jamás formó parte del mensaje de Cristo.
También habría que preguntarse por qué tantos creyentes aceptan con absoluta normalidad que quien les predica humildad llegue al templo en vehículos que ellos jamás podrán comprar, vista prendas cuyo valor supera varios años de su salario o habite residencias imposibles para la inmensa mayoría de quienes sostienen económicamente la congregación. La responsabilidad moral no recae únicamente sobre quien manipula; también alcanza a quien renuncia al discernimiento y termina alimentando un modelo que contradice abiertamente las enseñanzas bíblicas.
La fe no exige cerrar los ojos; exige abrirlos.
El creyente también tiene la responsabilidad de discernir. La Biblia manda probar los espíritus (1 Juan 4:1), examinarlo todo y retener lo bueno (1 Tesalonicenses 5:21). Los cristianos de Berea fueron elogiados porque verificaban diariamente en las Escrituras si lo que se les enseñaba era cierto (Hechos 17:11). Quien entrega sus recursos sin cuestionar, sin exigir transparencia y sin confrontar las enseñanzas con la Biblia termina siendo presa fácil de quienes descubrieron que la religión puede convertirse en uno de los negocios más rentables del mundo.
Sin embargo, sería una injusticia imperdonable colocar a todos los siervos de Dios dentro del mismo saco.
Miles de pastores, evangelistas, misioneros y líderes cristianos viven exactamente como enseñan las Escrituras. Sirven lejos de las cámaras, ayudan sin publicidad, sostienen congregaciones humildes, visitan enfermos, alimentan necesitados y dedican su existencia a predicar un Evangelio que no cotiza en bolsa. Muchos trabajan con sus propias manos para sostener a sus familias y a sus ministerios, siguiendo el ejemplo del propio apóstol Pablo. Son hombres y mujeres cuya riqueza no se mide por el tamaño de su patrimonio, sino por la coherencia entre lo que predican y la forma en que viven. Ellos también existen y merecen ser distinguidos de quienes han convertido la cruz en una marca comercial.
No hacerlo sería tan injusto como afirmar que todos los políticos son corruptos porque algunos roban, que todos los médicos lucran con el dolor ajeno porque existen casos de mala práctica o que todos los periodistas venden su conciencia porque algunos lo hacen. La generalización siempre termina siendo una forma de injusticia.
Ahora bien, también resulta inevitable observar otro fenómeno.
Durante años, la "aguerrida" Nuria Piera construyó una reputación investigando con firmeza la corrupción administrativa, sin importar el partido que ocupara el poder. Sus reportajes marcaron una etapa importante del periodismo de investigación dominicano. Desde agosto de 2020, sin embargo, numerosos sectores han percibido un cambio en la orientación de sus investigaciones, con una presencia mucho menor de trabajos dirigidos a examinar la gestión gubernamental y una mayor atención a otros temas. Esa percepción forma parte del debate público. Señalarla no desacredita sus investigaciones actuales cuando están sustentadas en hechos verificables, pero sí invita a reflexionar sobre la consistencia editorial que caracterizó buena parte de su trayectoria.
Porque el periodismo de investigación solo alcanza su máxima credibilidad cuando el criterio para investigar no depende de quién gobierna ni de quién resulta afectado por la publicación. La independencia se demuestra con constancia, no con selectividad.
Una cosa no invalida la otra.
Quien ayer fiscalizó ministros puede hoy fiscalizar pastores. La transparencia no reconoce sotanas, corbatas ni investiduras. Si el dinero proviene de la confianza de miles de personas, el escrutinio público no constituye persecución; constituye una obligación democrática y moral.
Pero esa misma vara debería aplicarse con idéntico rigor a todos los sectores que administran recursos públicos o privados, sin importar el poder político, económico o religioso que representen.
Porque la fe no necesita empresarios disfrazados de apóstoles. necesita servidores, el Evangelio no requiere influencers de la prosperidad, necesita discípulos y, la Iglesia no pierde credibilidad cuando un farsante queda expuesto, la pierde cuando guarda silencio para protegerlo.
La verdadera riqueza del cristianismo jamás estuvo en las bóvedas de un banco, sino en la autoridad moral de quienes viven conforme a aquello que predican. Cuando el púlpito se convierte en un escaparate de lujo, deja de parecerse al monte donde Jesús predicó las Bienaventuranzas y empieza a parecerse demasiado a los mercados que Él mismo expulsó del templo.
Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com



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