1 Timoteo 6:10
No hay que buscar metáforas ni maquillajes. Cuando el dinero se convierte en dios, todo lo demás se sacrifica. La justicia, la ética, la vida humana. La avaricia no pide permiso ni se detiene ante la miseria ajena. Arrasa. Y cuando se instala en el poder, deja de ser vicio privado y pasa a ser crimen estructural.
Esto no es un error ni una “situación compleja”. Es robo.
El caso SENASA es un abuso descarado, un latrocinio ejecutado desde el poder y una burla cruel contra los más pobres. Aquí no se administró mal, aquí se saqueó. Y se hizo sabiendo exactamente a quién se estaba despojando.
No hay excusas técnicas cuando el dinero sale del bolsillo de enfermos, ancianos y familias sin recursos. Eso no es gestión pública, es depredación. Y quienes la practican no merecen contemplaciones.
Este escándalo no se sostiene solo en la avaricia, aunque la avaricia sea el eje. Aquí confluyen todos los pecados capitales, operando como un sistema.
La soberbia, porque se actuó creyéndose por encima de la ley, del pueblo y de cualquier consecuencia.
La avaricia, porque el deseo desmedido de dinero llevó a robar sin importar a quién se perjudicaba.
La lujuria, entendida como el uso del otro como objeto, al convertir la salud ajena en instrumento para satisfacer apetitos personales.
La ira, expresada de forma institucional, al aplastar reclamos, desacreditar denuncias y castigar a quien se atreve a señalar.
La gula, al acumular de forma obscena mientras miles apenas sobreviven con servicios precarios.
La envidia, visible en el ataque y sabotaje a quienes no se alinean, a quienes incomodan con la verdad.
Y la pereza, la más cobarde, en autoridades que miran hacia otro lado, que no investigan, que no sancionan, que permiten que el saqueo continúe.
¿Creyeron que saldrian ilesos?, ¿Creyeron que nadie iba a notarlo?, ¿Que la miseria ajena no cuenta?, ¿Que la salud pública es tierra de nadie?
Convirtieron SENASA en caja chica y al pueblo en rehén y, lo más grave no es solo el robo, es la impunidad arrogante, el cinismo con que se intenta normalizar lo intolerable.
Esta no se la vamos a dejar pasar.
Porque cuando se roba al vulnerable se cruza una línea que no admite relativismos y, quienes la cruzaron deben responder, sin excusas ni maquillaje.
Miserables de mierda.
Pero esto va más allá de un caso puntual, el caso SENASA es síntoma, no excepción, es la evidencia de un modelo donde el dinero manda, la ética estorba y la vida humana se vuelve variable contable, donde la función pública se entiende como botín y no como responsabilidad.
Aquí el problema no es solo quién robó, sino quién permitió, quién encubrió y quién todavía guarda silencio, el silencio también es pecado, el silencio también es complicidad, cada día que pasa sin consecuencias reales es una confirmación de que la avaricia se siente cómoda, protegida y segura.
No estamos ante una falla del sistema, estamos ante un sistema diseñado para fallar hacia arriba, para que los de abajo paguen siempre el costo, mientras el pueblo hace filas, espera autorizaciones y mendiga servicios, otros convierten la necesidad ajena en negocio privado.
Y no, esto no se resuelve con comunicados, auditorías maquilladas ni ruedas de prensa, se resuelve con responsabilidades claras, con nombres propios y con sanciones ejemplares, todo lo demás es simulación.
Porque cuando el Estado le roba a los pobres, no pierde legitimidad poco a poco. La pierde de golpe. Y cuando la gente entiende que la ley no la protege sino que la exprime, lo que se rompe no es un seguro médico. Es el pacto social.
Nada de lo robado queda impune para siempre. La historia, la justicia y la memoria social terminan pasando factura. No hay poder suficiente para esconder el despojo ni dinero que compre absolución.
Esto no se olvida, esto no se negocia.
Esta no se la vamos a dejar pasar.
«¡Ay de los que juntan casa con casa y añaden heredad a heredad, hasta ocuparlo todo!»
Isaías 5:8
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