❝Abyecto no es solo algo desagradable, no es únicamente lo repulsivo o lo sucio.❞
Abyecto es aquello que degrada la condición humana, lo que cruza un umbral moral y deja de generar rechazo porque se vuelve paisaje, lo abyecto es lo que debería estremecer, pero ya no lo hace, es la pérdida del asco ético, cuando lo intolerable se vuelve rutina, y la indignación se administra según conveniencia, estamos frente a lo abyecto y, ahí estamos, instalados de lleno en un mundo abyecto.
No llegamos aquí por accidente.
Llegamos por acumulación, por repetición, por cansancio moral, vivimos en una época donde los genocidios se justifican según narrativa, alineamiento o utilidad mediática, no importa el número de muertos, importa quién los mata y contra quién, las cifras existen, los organismos internacionales las documentan, los cuerpos están ahí, pero el debate ya no gira en torno al horror, sino a si conviene o no llamarlo por su nombre, la muerte dejó de ser una tragedia universal y pasó a ser un dato administrable. Y eso es abyecto.
Ahí está el primer síntoma grave.
Cuando el exterminio humano se explica, se relativiza o se “contextualiza” hasta perder toda carga moral, ya no estamos discutiendo hechos, estamos gestionando cadáveres. Y eso es abyecto.
El latrocinio, por su parte, se volvió banal.
No escandaliza, entretiene, la corrupción dejó de ser un quiebre ético y pasó a ser parte del paisaje social, se comenta con cinismo, con chistes, con memes. El corrupto no es un paria, es un “vivo”, el honesto es el tonto y, ese giro cultural no es anecdótico, es una señal de degradación profunda, cuando una sociedad deja de castigar moralmente al que roba y empieza a admirarlo, el problema ya no es legal, es cultural.
La gula, la ambición desmedida y la avaricia ya no se nombran como vicios.
Se les cambió el rótulo, hoy se les aplaude como resiliencia, como mentalidad de emprendimiento, como “hambre de éxito”, se glorifica al que acumula sin límite, al que pasa por encima de otros, al que convierte todo en negocio, incluso la desgracia ajena, la voracidad se vende como virtud, la falta de escrúpulos como carácter, y la insensibilidad como fortaleza emocional, en este mundo abyecto, no solo se tolera al depredador, se le pone de ejemplo.
Nos conmovemos selectivamente.
Pedimos cadenas de oración por un terremoto o desastre natural en un país cualquiera, compartimos una imagen genérica, una frase prefabricada, y seguimos con la vida, según datos de organismos humanitarios, los grandes desastres naturales concentran atención mediática apenas unos días, independientemente de que las víctimas sigan viviendo meses o años en condiciones infrahumanas, la empatía dura lo que dura la tendencia.
Lloramos la muerte de un influencer que no conocimos, de un famoso que jamás supo que existíamos, se paralizan las redes, se escriben homenajes, se multiplican los mensajes de “descansa en paz”, mientras tanto, mueren miles de personas anónimas por hambre cada día, según cifras de la FAO, sin trending topic, sin duelo colectivo, sin conmoción, esas muertes no generan contenido.
Nos escandaliza un tiroteo en una universidad porque ocurre dentro del mundo que consumimos por pantalla, con códigos que reconocemos, pero ignoramos guerras, desplazamientos forzados y matanzas sistemáticas en regiones empobrecidas porque no forman parte del circuito emocional dominante, el dolor ajeno tiene jerarquías. Y eso es abyecto.
Analizamos con lupa qué joyas llevaba alguien en una alfombra roja, qué marca de vestido, cuánto costó, quién lo diseñó, horas de análisis, millones de interacciones, al mismo tiempo, niños mueren desnutridos, ancianos mueren solos, comunidades enteras desaparecen sin nombre ni rostro, no es falta de información, es falta de voluntad moral.
Y como si todo esto no fuera suficiente, asistimos a uno de los síntomas más perturbadores de esta degradación: el intento sistemático de normalizar las relaciones sexuales entre adultos y menores. Se les cambia el nombre, se suaviza el lenguaje, se habla de “consentimiento”, se diluyen las responsabilidades. Pero no hay ambigüedad posible. Un menor no puede consentir. Punto, todo acto sexual entre un adulto y un niño o adolescente es abuso. Es pedofilia.
Los datos son claros.
Organismos internacionales de protección infantil documentan millones de casos de abuso sexual infantil cada año, la mayoría perpetrados por adultos cercanos al entorno del menor. Sin embargo, en ciertos espacios culturales y mediáticos se intenta relativizar el daño, cuestionar la edad, la intención, incluso culpar a la víctima, eso no es ignorancia, es complicidad moral.
Cuando una sociedad empieza a debatir si un niño “entendía” o “quería”, ya cruzó una línea peligrosa, ahí lo abyecto deja de ser excepción y se convierte en discurso. Y eso coñazo es abyecto.
Este no es un mundo confundido.
Es un mundo que aprendió a convivir con el horror siempre que no le incomode demasiado, que elige qué tragedias llorar y cuáles ignorar, que transforma la empatía en un gesto superficial y el sufrimiento en un producto descartable.
No estamos ante una crisis de información.
Sabemos lo que ocurre, las imágenes existen, los informes existen, lo que falta no es evidencia, es humanidad y, cuando una sociedad pierde la capacidad de incomodarse frente al horror cotidiano, ya no está en crisis, está degradada.
Este es un mundo abyecto.
Y lo más inquietante no es reconocerlo, sino aceptar cuán fácil aprendimos a vivir dentro de él.
❝¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo;
que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz!.❞
Isaías 5:20
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