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miércoles, 22 de abril de 2026

De Pedro Santana a Santiago Matías

De Pedro Santana a Santiago Matías
❝Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán víctimas de sus maquinaciones.❞
Juan Pablo Duarte

No hay frase más vigente para describir ciertos episodios contemporáneos de la vida pública dominicana que la advertencia de Juan Pablo Duarte. La traición ya no siempre llega uniformada, ni montada a caballo, ni firmando anexiones en salones oficiales. A veces llega maquillada de modernidad, vestida de celebridad digital, envuelta en algoritmos, micrófonos, cámaras y cifras de audiencia, cambian las formas, no el fondo.

En un acto de servilismo político difícil de disimular, de arrastramiento institucional obsceno y de desprecio inadmisible por la soberanía nacional, el influencer Santiago Matías (Alofoke) publicó en X una imagen junto a Donald Trump acompañada del siguiente mensaje: "Presidente Trump, la República Dominicana que tanto ama está en camino de convertirse en un país de izquierda, un enemigo de los intereses de EE.UU. Si tiene que intervenir y expulsar a quienes le han mentido, hay 10 millones de dominicanos que lo apoyarán. Haga grande a la RD".


No se trata de una simple provocación de redes. 
No es una travesura mediática, no es una "opinión fuerte", es una declaración de mentalidad colonial, es la verbalización pública de una idea profundamente antidemocrática: que el destino de la República Dominicana debe decidirse fuera de sus fronteras y bajo la sombra de intereses extranjeros.

Cuando un ciudadano con alcance masivo, recursos económicos y capacidad de influencia solicita la intervención de una potencia extranjera en los asuntos internos del país, no estamos ante irreverencia; estamos ante una forma contemporánea de indignidad nacional.

La comparación histórica surge sola. 
Pedro Santana, incapaz de confiar en la fortaleza moral y política del pueblo dominicano, entregó la nación a España (an la llamada anexion) en 1861. Hoy, siglo y medio después, algunos parecen añorar nuevas tutorías, nuevos amos, nuevas manos que decidan por nosotros. Antes se entregaban territorios con firmas, ahora pretenden entregar criterio con publicaciones virales.

Lo más alarmante no es únicamente el mensaje. 
Es la enfermedad cultural que lo sostiene, estos degenerados y pseudo-líderes de nuevo cuño han confundido fama con estatura moral, riqueza con inteligencia política y audiencia con legitimidad histórica. Creen que acumular seguidores equivale a representar a un pueblo, suponen que el dinero obtenido en ecosistemas de escándalo les concede autoridad intelectual, imaginan que una cámara sustituye la formación, que un trending topic reemplaza la ética y que el ruido vale más que la razón.

Han prosperado muchas veces explotando lo peor del debate público: la indecencia como entretenimiento, el caos como formato, el insulto como argumento, la vulgaridad como marca, la confrontación hueca como negocio y la degradación del lenguaje como estrategia comercial. Desde esa lógica deformada, llegan a pensar que también pueden rediseñar la nación según sus caprichos.

Pero una república no se administra con gritos de estudio ni con poses de matón digital, una nación no se conduce desde la inmadurez política ni desde el ego hipertrofiado del personaje mediático y, la soberanía no se rifa para ganar aplausos de ocasión.

Toda democracia admite crítica severa, oposición frontal y debate ideológico intenso, lo que no admite sin consecuencias morales es la invitación a la injerencia extranjera como mecanismo de lucha interna. Quien pide intervención foránea porque no tolera la pluralidad política revela una peligrosa vocación autoritaria.

Conviene recordar algo elemental: República Dominicana no necesita tutores, necesita ciudadanos serios, no necesita voceros del coloniaje reciclado, necesita instituciones fuertes, no necesita millonarios del escándalo creyéndose próceres, necesita responsabilidad cívica.

El patriotismo no consiste en posar con banderas ni en pronunciar consignas prefabricadas, mucho menos en fotografiarse con figuras poderosas para luego implorar favores imperiales. El patriotismo auténtico exige respeto por la autodeterminación nacional, incluso cuando los resultados democráticos no complacen intereses personales.

La historia enseña con brutal claridad que los pueblos no suelen ser destruidos primero por enemigos externos, sino por la frivolidad y pequeñez de ciertos personajes internos que se ofrecen como puente de entrada.

"El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres". Plato

Y también por los más ruidosos.


Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
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