❝Aliados que se apartan, un enemigo que no cede y una narrativa que no logra sostener la realidad.❞
Lo primero que se pierde en una guerra no es el territorio, es la coherencia y, en el caso de Donald Trump, esa coherencia parece haber sido la primera baja de esta confrontación con Irán. En cuestión de horas, la narrativa oficial ha transitado por todas las estaciones posibles: victoria total, negociación inminente, ultimátum unilateral y amenaza de devastación absoluta. Todo en un solo día, todo incompatible entre sí. Cuando un gobierno necesita sostener simultáneamente cuatro versiones de la realidad, lo más probable es que ninguna sea cierta.
Mientras tanto, en el terreno, los hechos se comportan con menos entusiasmo propagandístico. Irán no ha colapsado, no ha sido neutralizado y no ha cedido públicamente a ninguna presión. Por el contrario, mantiene capacidad operativa, ha respondido militarmente y, en un golpe simbólico nada menor, ha logrado derribar aeronaves estadounidenses. No es una derrota estratégica para Washington, pero tampoco es precisamente el retrato de una campaña “todo bajo control”.
Hasta aquí, podría tratarse de otro episodio de fuerza sin desenlace claro. Lo que sí cambia la naturaleza del conflicto es otro factor menos visible, pero mucho más determinante: el comportamiento de los aliados tradicionales de Estados Unidos.
Aquí es donde la historia empieza a ponerse incómoda.
Porque si algo ha caracterizado el poder militar estadounidense en las últimas décadas no ha sido solo su capacidad bélica, sino su capacidad de arrastrar consigo a un bloque completo. La OTAN no es únicamente una estructura de defensa, es una herramienta de legitimación política. Cuando ese bloque acompaña, la intervención se presenta como consenso. Cuando no lo hace, se convierte en decisión unilateral.
Y en esta ocasión, Europa ha decidido no acompañar.
El caso de Pedro Sánchez no deja espacio para interpretaciones creativas: cierre del espacio aéreo a operaciones militares vinculadas al conflicto y restricciones al uso de bases estratégicas (prohibición de bases como Rota y Morón). Calificó la intervención como “ilegal e injusta”. Eso no es prudencia diplomática, es una negativa operativa. En términos simples, es decirle a Washington: “no desde aquí”.
Italia ha seguido una línea similar, limitando el uso de instalaciones clave. Francia, bajo el liderazgo de Emmanuel Macron, ha marcado distancia de forma explícita, insistiendo en salidas diplomáticas y evitando cualquier implicación directa en la escalada. Y el Reino Unido, bajo el liderazgo de Keir Starmer, ha optado por una posición que podría resumirse como apoyo con freno de mano: respaldo retórico, pero restricciones en el terreno, especialmente en lo que respecta a operaciones ofensivas.
El patrón es evidente: nadie quiere asumir el costo de esta guerra.
Esto tiene consecuencias prácticas. La proyección militar moderna depende tanto de la logística como del armamento. Sin acceso fluido a espacio aéreo aliado, sin uso pleno de bases avanzadas, cualquier operación se vuelve más costosa, más lenta y menos eficiente. La superioridad tecnológica no desaparece, pero se vuelve menos decisiva.
A ese cuadro se le suma un elemento crítico que eleva la tensión global: el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial. Desde Washington, Donald Trump ha exigido su apertura total bajo advertencias de represalias devastadoras, mientras Teherán ha respondido con una mezcla de desafío y desdén, dejando claro que no asume órdenes externas en un punto que considera vital para su soberanía.
El problema no es solo militar, es económico y sistémico. Cada amenaza sobre Ormuz no solo tensiona la región, sino que sacude los mercados energéticos, eleva los costos del transporte, presiona la inflación y termina impactando a economías que no tienen ninguna participación directa en el conflicto. Es decir, no se trata únicamente de una confrontación entre Estados, sino de una dinámica que ya está trasladando sus efectos al resto del mundo.
Y también tiene consecuencias políticas. Porque cuando los aliados no se alinean, el mensaje hacia el adversario es claro: el bloque no está unido.
Ese detalle no es menor.
En la Guerra de Vietnam, Estados Unidos no perdió por incapacidad militar inmediata. Perdió porque el costo de sostener la guerra superó la voluntad política de hacerlo, tanto interna como externamente. La guerra se volvió larga, confusa y cada vez más solitaria.
La comparación no es exacta.
Irán no es Vietnam, y el escenario actual no es una selva con guerrillas dispersas. Irán es un Estado con capacidades misilísticas, influencia regional y capacidad de respuesta directa e indirecta. Si acaso, el problema no es que esto sea un “Vietnam 2.0”, sino que podría ser algo más complejo y potencialmente más desestabilizador.
Pero hay una similitud que no se puede ignorar: la ilusión de una victoria rápida frente a un adversario que simplemente decide no colapsar.
A eso se le suma otro elemento incómodo: la desconexión entre discurso y realidad. Declarar victoria mientras el conflicto sigue activo no acelera el final de la guerra, solo erosiona la credibilidad de quien lo afirma. Y en política internacional, la credibilidad es un recurso que, una vez perdido, no se repone con declaraciones más contundentes.
Europa lo ha entendido y ha optado por marcar distancia, no con discursos grandilocuentes, sino con decisiones concretas: cerrar cielos, limitar bases, evitar compromisos directos. Es una forma bastante elegante de decir que esta guerra no les pertenece.
Washington, en cambio, parece avanzar como si ese respaldo aún existiera.
La pregunta, entonces, no es si Estados Unidos puede ganar militarmente este conflicto. Probablemente tenga la capacidad de infligir daños severos y sostenidos. La pregunta real es otra: ¿puede sostener una guerra prolongada sin el respaldo pleno de sus aliados y frente a un adversario que no se rinde?
Ahí es donde la referencia a Vietnam deja de ser un recurso retórico y empieza a parecer una advertencia. No por la geografía. No por la táctica. Sino por algo más simple y más incómodo: porque las guerras que comienzan con certeza absoluta suelen terminar en explicaciones largas.
Si algo enseña la historia es que las potencias no suelen reconocer sus errores en el momento en que los cometen, sino cuando ya no pueden sostenerlos. Vietnam no empezó como una derrota, empezó como una convicción. Irán, por ahora, tampoco es una derrota, pero ya dejó de ser una victoria clara. Y cuando una guerra deja de poder presentarse como victoria, lo que sigue no es el triunfo… es el desgaste.
Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
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