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sábado, 16 de mayo de 2026

La soberanía alquilada

La soberanía alquilada
❝Las grandes potencias siempre han perseguido sus intereses. Lo verdaderamente importante nunca ha sido la ambición de los fuertes, sino la dignidad de los pequeños frente a esa ambición, la soberanía no es un símbolo decorativo para exhibir cada 27 de febrero. Es la capacidad de un Estado para establecer límites, defender su territorio y actuar con independencia, incluso ante aliados históricamente poderosos.

Porque un país puede tener bandera, himno, elecciones y reconocimiento internacional, y aun así comportarse como una estructura políticamente subordinada. En el siglo XXI la pérdida de soberanía ya no ocurre mediante invasiones militares tradicionales; ocurre cuando la obediencia termina convirtiéndose en política de Estado y, precisamente ahí parece encontrarse hoy la República Dominicana.❞

La República Dominicana atraviesa uno de los momentos más delicados de su relación con los Estados Unidos desde los años posteriores a la ocupación militar norteamericana de 1916. No porque existan marines desembarcando en nuestras costas, sino porque la subordinación moderna ya no necesita botas: hoy se administra mediante acuerdos, concesiones y silencios diplomáticos.

Luis Rodolfo Abinader Corona parece haber asumido un rol más cercano al de administrador regional de intereses extranjeros que al de presidente de una nación soberana. Su política exterior hacia Washington no transmite equilibrio ni firmeza en la defensa de los intereses nacionales; transmite complacencia y, la complacencia sistemática de un Estado pequeño frente a una potencia termina convirtiéndose en renuncia gradual a la capacidad de decidir por sí mismo.

La utilización de aeropuertos dominicanos por parte de fuerzas estadounidenses, el acceso operativo a territorio nacional y la integración subordinada a esquemas hemisféricos como el denominado “Escudo de las Américas” colocan al país en una posición profundamente incómoda. Se nos presenta como socios estratégicos de una arquitectura regional de seguridad, cuando en la práctica nuestro papel parece limitarse a facilitar territorio y validar decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras.

Toda la grandilocuencia de esa llamada coalición anti-carteles parece diseñada para exhibir una fotografía continental bajo liderazgo estadounidense, donde países como el nuestro apenas sirven para legitimar narrativas de control regional. La República Dominicana no dirige, no condiciona y no decide dentro de esa estructura. Participa, sí, pero como pieza menor de una maquinaria ajena.

A esto se suma otro elemento todavía más perturbador: la aceptación de presos extranjeros deportados desde cárceles estadounidenses, supuestamente de tránsito, como si nuestra nación tuviera la obligación de convertirse en extensión periférica del sistema penitenciario norteamericano.

Resulta legítimo preguntarse por qué Estados Unidos, con millones de kilómetros cuadrados de territorio y enormes zonas deshabitadas, necesita utilizar pequeñas naciones caribeñas para descargar parte del peso de sus problemas migratorios y penitenciarios. La respuesta parece estar menos en la falta de espacio y más en la comodidad geopolítica.

Y ahí aparece nuevamente la responsabilidad del gobierno dominicano.
Un Estado soberano no puede comportarse como si cada petición de Washington fuera una orden imposible de discutir. La cooperación internacional es necesaria; la subordinación automática, no. Ningún país serio entrega facilidades estratégicas y concesiones sensibles sin un debate nacional transparente sobre límites, beneficios y consecuencias.

Lo preocupante es que en la República Dominicana esa discusión prácticamente no existe. Todo se presenta bajo el discurso tecnocrático de la seguridad regional, mientras se normaliza una relación cada vez más asimétrica en la que el país cede espacios físicos, políticos y simbólicos a cambio de aprobación diplomática.

La soberanía rara vez desaparece de golpe.
Generalmente se erosiona mediante pequeñas concesiones sucesivas que terminan convirtiendo a un Estado independiente en un territorio condicionado por intereses externos y, mientras eso ocurre, los que nos gobiernan insisten en presentar cada cesión como modernidad, cooperación o inserción estratégica.

Juan Pablo Duarte concibió una República libre, no una administración obediente, Francisco del Rosario Sánchez  y Ramon Matias Mella no arriesgaron sus vidas para que el país terminara reducido a plataforma logística de decisiones extranjeras. Los fundadores de la nación imaginaron un Estado con dignidad propia.

Las grandes potencias siempre defenderán sus intereses. Eso no sorprende a nadie. Lo verdaderamente preocupante es cuando las naciones pequeñas dejan de defender los suyos.

Toda generación enfrenta una responsabilidad histórica.
Algunas construyen soberanía; otras la administran con dignidad; y otras terminan entregándola poco a poco mientras intentan convencer al pueblo de que obedecer también es gobernar.

La República Dominicana no necesita confrontaciones inútiles con ninguna potencia extranjera, lo que necesita es respeto por sí misma, necesita autoridades capaces de comprender que la amistad entre naciones no puede edificarse sobre relaciones humillantes ni sobre silencios disfrazados de diplomacia.

Porque ningún país pierde su dignidad de un solo golpe. Primero entrega pequeños permisos. Luego acepta condiciones. Más tarde normaliza imposiciones. Finalmente, termina confundiendo subordinación con cooperación y dependencia con modernidad y, cuando una nación llega a ese punto, el problema deja de ser geopolítico: se convierte en moral.

Ningún dominicano serio debería sentirse cómodo viendo cómo la soberanía nacional se convierte en moneda diplomática de cambio, porque la soberanía no se terceriza, no se renta y no se arrodilla.
Los pueblos que olvidan defender su dignidad terminan sobreviviendo bajo la voluntad de otros y, las naciones que se acostumbran demasiado a obedecer terminan olvidando cómo se ejerce la libertad.

La República Dominicana nació para ser República.
No estación de servicio geopolítica, no almacén regional de problemas ajenos, no plataforma logística de intereses extranjeros.

Es República y, quien no entienda la diferencia, jamás entenderá el verdadero significado de la independencia.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
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