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jueves, 4 de junio de 2026

El deterioro de nuestra convivencia social

El deterioro de nuestra convivencia social
❝Libre-Mente❞》》》
Los rituales de la convivencia social constituyen una de las mayores proezas evolutivas del aprendizaje humano. Más que generosidad y empatía, entronizaron la cooperación como recurso imprescindible, basado en el respeto mutuo y la tolerancia colectiva. Así se forjaron la comprensión común y el adiestramiento compartido. Fruto de nuestras discrepancias ancestrales, esta respuesta cognitiva fue una insuperable conquista, pues evitó que termináramos devorándonos.


Convivir, por consiguiente, implica aceptarse y dirimir con astucia las diferencias abismales que, producto de nuestra singularidad, nos separan históricamente. Sea por el egoísmo natural, como intuía Hobbes, o por la necesidad ineludible de la solidaridad, nos convertimos, evadiendo divergencias, en cooperadores entrenados para la convivencia. Con sobrada certeza, la convivencia representa nuestra más pulida y estimada destreza social. Así, entre los malabares del egoísmo individualista y los apremios de la cooperación, salimos marcados por circunstancias particulares -socioeconómicas, culturales y religiosas- de grupos que, en un entorno variable, interactúan de forma discordante.

Tales rasgos, inherentes al ser humano, integraron la figura crucial del “otro”, no como agregado social, sino como sujeto íntimo del entorno comunitario. En el escenario vital de un ambiente de intercambios, la comunidad afianzó el lugar donde, con imperfecta maestría, floreció la coexistencia plural.

De esos lazos indisolubles, y a veces mal tejidos, brotaron los proyectos comunes y los espacios compartidos. De la interacción constante, pese a las divergencias innumerables, pasamos al entendimiento grupal, eslabón fundamental del consenso y de la comunión.

La vida no nos relacionó únicamente con un prójimo agradable y lleno de propósitos admirables; al contrario, aprendimos a soportarnos en los ásperos márgenes del roce cotidiano, según las incomodidades permanentes entre sujetos con expectativas y creencias diferentes. Nuestro pensamiento, de hecho, no evolucionó arrullado por la comodidad, la aprobación y el trato igualitario, sino en un remolino de contradicciones, contrastes y miradas variopintas y cortantes.

Cada pauta social, creada a partir de nuestros propios excesos, fue ideada para mantener la armonía y, con un mínimo de fricciones, sobrellevarnos. Convivir, por tanto, describe ese acto supremo de inteligencia cultural, construido sobre los puentes de la tolerancia y la reciprocidad.

Es una ingeniería grupal gestada por la educación básica y la práctica ordinaria. Cabe repetirlo: la sociedad que desconoce cómo gestionar sus diferencias naturales es proclive a convertirse, con facilidad, en una vorágine de conflictos insalvables.
Además de cooperación y respeto, la convivencia incorpora lazos de solidaridad y obligaciones de aceptación. Su falta o disolución, en cambio, suele ser reemplazada por la ceguera de la ira y el tropel de la confusión.

Aparte de la tradición, estamos vinculados -de un modo casi alucinante- por otra dimensión: la convivencia digital. Esa burbuja difusa de relaciones fugaces, tirantes y espumosas, cuyo ritmo enrevesado y reflejo refuerza los muros de un individualismo irritante.

Los dominicanos padecemos, en lo esencial, la ausencia de una convivencia saludable, debido sobre todo al eclipse del sistema educativo y a las grietas internas del hogar. Es decir, a la erosión de los cimientos que forjan el carácter y a una educación que ignora la función civilizadora de los códigos sociales. Junto al declive de la autoridad, nuestra sociedad advierte una grave fractura de sus pilares institucionales.

Desarraigadas, las grandes mayorías subsisten con el cuchillo en la boca en barrios, calles y callejones, lo que desnuda la desvalorización que anima al pugilato y a la confrontación ante cualquier nimiedad. Vivimos siempre al borde de la reacción airada, de la soberbia repentina y de la justicia por mano propia. Azuzados constantemente, reaccionamos de forma instintiva y en posición de zafarrancho.

En tiempos de individualismo rapaz y con un país mal educado, afloran las contrariedades estructurales que obstruyen la canalización de los conflictos ciudadanos.

Los “Diálogos para la Convivencia Barrial”, impulsados por el Listín Diario, alertan y proponen una valiosa oportunidad. El gobierno, que suponemos aprecia el buen juicio, deberá asumirlos y empezar a sanear el terreno accidentado de nuestra deteriorada convivencia social… 

Por: Ricardo Nieves,-
@nieves_rd
@doctornieves
nievesricardord@gmail.com

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