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miércoles, 3 de junio de 2026

¿Fallaron las encuestas en Colombia?

¿Fallaron las encuestas en Colombia?
Cuando todas las encuestas coinciden, los analistas suelen hablar de certeza estadística. Cuando todas coinciden y el resultado termina siendo otro, los mismos analistas hablan de sorpresa. Curiosamente, casi nunca hablan de poder.
Desde la noche del pasado domingo, una pregunta comenzó a repetirse con insistencia en Colombia y en gran parte de América Latina: ¿fallaron las encuestas?


La pregunta parece razonable. Durante semanas, prácticamente todas las firmas encuestadoras colocaron a Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, al frente de las preferencias electorales. Algunas le otorgaban ventajas más amplias que otras, pero la tendencia era uniforme. Incluso mediciones vinculadas a sectores adversos al progresismo colombiano terminaban reconociendo la misma realidad: Cepeda encabezaba la carrera presidencial.

Sin embargo, llegó el día de las elecciones y apareció una realidad distinta.
El candidato que ocupaba el segundo lugar en prácticamente todos los estudios de opinión terminó encabezando los resultados de la primera vuelta con una ventaja cercana al tres por ciento sobre quien aparecía como favorito.

Y entonces comenzó el espectáculo.
Los mismos sectores que durante meses utilizaron las encuestas para validar narrativas políticas comenzaron a explicar por qué las encuestas no eran tan importantes. Los mismos que las citaban como si fueran escrituras sagradas pasaron a tratarlas como simples ejercicios estadísticos susceptibles de error.

Qué conveniente.
Porque para aceptar la tesis del supuesto fracaso de las encuestas, primero habría que asumir que todas se equivocaron al mismo tiempo, en la misma dirección y con el mismo beneficiario político.

Una coincidencia estadísticamente posible, políticamente interesante y, profundamente sospechosa.
Las encuestas no son bolas de cristal. No predicen el futuro. Miden estados de opinión en un momento determinado. Y si todas reflejaban una ventaja para Iván Cepeda, la cuestión verdaderamente relevante no es por qué las encuestas dijeron lo mismo, sino qué ocurrió después para que esa ventaja no apareciera íntegramente en las urnas.

Ahí es donde comienza el verdadero debate.
Porque la política latinoamericana no se mueve exclusivamente por convicciones ideológicas ni por programas de gobierno. También se mueve mediante estructuras de poder, maquinarias territoriales, redes de influencia económica, operadores electorales, grupos de presión y actores acostumbrados a intervenir cuando consideran que determinados resultados amenazan intereses demasiado importantes.

Colombia conoce bien esa realidad.
Por eso resulta imposible ignorar ciertos movimientos políticos ocurridos durante la etapa final de la campaña.
Entre ellos destaca el comportamiento del uribismo y de su principal referente político, Álvaro Uribe Vélez. Durante buena parte del proceso electoral, la narrativa indicaba que el apoyo del expresidente estaba concentrado en torno a Paloma Valencia. Sin embargo, al llegar la hora decisiva, aquella candidatura terminó obteniendo un resultado sorprendentemente modesto, mientras que el crecimiento electoral de Abelardo de la Espriella se convirtió en uno de los fenómenos más llamativos de la jornada.

Naturalmente, los defensores del resultado sostendrán que todo se explica mediante movimientos espontáneos del electorado. Que miles de votantes cambiaron de opinión en el tramo final. Que las encuestas no lograron captar esos cambios. Que todo ocurrió dentro de la más absoluta normalidad.

Es una explicación, pero no necesariamente la única, la comparación con la República Dominicana resulta particularmente interesante.
En las elecciones presidenciales de 2024 ocurrió un fenómeno inverso. Allí las encuestas parecían cumplir una función que iba más allá de medir preferencias. Día tras día contribuyeron a construir una percepción de inevitabilidad alrededor del resultado electoral. El mensaje era claro: la competencia estaba decidida antes de celebrarse.

Y al final, casualmente o no, los resultados oficiales terminaron coincidiendo de manera extraordinariamente precisa con los pronósticos que durante meses habían sido difundidos.

En Colombia sucedió lo contrario, las encuestas dibujaban un escenario, las urnas presentaron otro, pero esa diferencia no demuestra automáticamente que las encuestas estuvieran equivocadas.
Lo que demuestra es que entre la medición de una realidad política y la proclamación de un resultado electoral existe un territorio donde operan intereses, estructuras y actores que rara vez aparecen en los formularios de los encuestadores.

Por eso quizás la pregunta nunca debió ser si fallaron las encuestas, quizás la pregunta correcta sea quiénes tenían demasiado que perder si las encuestas terminaban teniendo razón.
Porque cuando todas las mediciones apuntan hacia una dirección y el desenlace camina hacia otra, no siempre es la estadística la que merece una explicación.

A veces es el poder y, quizás las encuestas no fallaron.
Quizás simplemente retrataron un país antes de que comenzaran a actuar quienes llevan décadas especializándose en modificar el desenlace de las fotografías.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
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