¿Le fallamos a Trujillo?....
No acostumbro a perder mi tiempo consumiendo contenido degradante en redes sociales, particularmente cuando proviene de individuos que han construido su notoriedad pública sobre la humillación, la vulgaridad, el irrespeto y la degradación sistemática del discurso nacional, personajes que han hecho del escándalo un negocio y de la pobreza intelectual un modelo de comunicación. Sin embargo, incluso dentro del vasto ecosistema de la frivolidad digital, existen declaraciones tan grotescas, moralmente obscenas e históricamente aberrantes que obligan a abandonar momentáneamente el sano hábito de ignorar la basura mediática.
Tal es el caso de Santiago Matías, conocido como "Alofoke", quien, en medio de lo que parece ser una creciente y alucinógena ilusión de convertirse algún día en presidente de la República, ha decidido aventurarse en un terreno que ni siquiera muchos historiadores revisionistas se atreverían a pisar: la reivindicación moral del trujillismo. Porque afirmar que los dominicanos "le fallamos a Trujillo", e incluso sostener que le fallamos más a Rafael Leónidas Trujillo que a Juan Pablo Duarte, no constituye una simple provocación mediática ni una frase desafortunada pronunciada al calor de una transmisión; constituye una inversión perversa de la historia y una peligrosa banalización del crimen de Estado.
La lógica subyacente a semejante afirmación es profundamente perturbadora: insinuar que la delincuencia, la corrupción, el desorden social o la degradación moral de determinados sectores podrían justificar retrospectivamente el terror institucional, la persecución política, la tortura, el asesinato de opositores y la supresión de las libertades fundamentales equivale a resucitar la vieja y putrefacta tesis según la cual la barbarie estatal deja de ser barbarie cuando quien la ejecuta promete orden, una idea que la humanidad civilizada debió sepultar hace décadas.
Porque conviene recordarlo: el problema de una sociedad democrática nunca ha sido la ausencia de dictadores dispuestos a matar, perseguir o reprimir, sino la presencia de ciudadanos dispuestos a justificar que lo hagan.
En una nación que soportó durante treinta y un años una de las dictaduras más largas, sanguinarias y represivas de América Latina, resulta particularmente revelador que un comunicador con la influencia mediática de Santiago Matías (Alofoke) formule semejante planteamiento sin aparente rubor histórico ni jurídico.
Cabe preguntarse, entonces, qué significa exactamente que un pueblo "le falle" a un dictador. ¿Le falló el pueblo dominicano a quien convirtió el Estado en patrimonio personal? ¿Le falló a quien institucionalizó el asesinato político, la tortura, la persecución ideológica y el culto enfermizo a su propia personalidad? ¿Le falló a quien hizo de la obediencia absoluta una política pública y de la represión una forma de gobierno?
La pregunta, por absurda, se responde sola.
Más preocupante aún es la comparación implícita con Juan Pablo Duarte, porque mientras Duarte sacrificó su fortuna, su tranquilidad y hasta el reconocimiento en vida para legar una República soberana, Trujillo dedicó tres décadas a convertir esa República en una finca privada administrada mediante el miedo. Equiparar ambas figuras, aunque sea mediante la retórica de la provocación, no constituye un ejercicio de análisis histórico; constituye una degradación deliberada del sentido mismo de la nación dominicana.
Y es precisamente por experiencias como esta que el ordenamiento jurídico dominicano conserva vigente la Ley No. 5880, promulgada en 1962, la cual prohíbe expresamente la propaganda, exaltación y apología del trujillismo y de la figura de Rafael Leónidas Trujillo. El legislador comprendió algo elemental: las dictaduras no desaparecen únicamente con la muerte de los dictadores; también sobreviven en la nostalgia irresponsable, en la banalización del horror y en la tentación de presentar el autoritarismo como una alternativa deseable.
Por supuesto, toda sociedad democrática debe proteger la libertad de expresión, pero la libertad de expresión no obliga a renunciar a la memoria ni convierte en intelectualmente respetable cualquier intento de rehabilitación moral de una tiranía. Tener derecho a hablar no implica tener razón histórica, ni mucho menos inmunidad frente al juicio ético y político de la ciudadanía.
Lo verdaderamente inquietante no es que alguien admire a Trujillo. Siempre existirán nostálgicos de los regímenes autoritarios. Lo verdaderamente inquietante es que semejante reivindicación pueda pronunciarse con absoluta naturalidad desde plataformas con millones de seguidores, mientras una parte de la sociedad responde con aplausos, risas o indiferencia.
No. Los dominicanos no le fallaron a Trujillo.
Fue Trujillo quien le falló a la República Dominicana cuando sustituyó la institucionalidad por el culto a la personalidad, confundió patriotismo con obediencia, convirtió el miedo en política de Estado e hipotecó durante tres décadas el desarrollo democrático de una nación concebida para ser libre.
Y si alguna deuda histórica persiste, no es con Rafael Leónidas Trujillo. Es con la memoria, con la verdad y con la obligación moral de impedir que la ignorancia histórica convierta la barbarie en nostalgia.
Porque una sociedad que comienza a justificar retrospectivamente el crimen de Estado bajo el pretexto de que "había orden" no está reivindicando la historia: está renunciando a ella. Quienes, desde la comodidad de un estudio de grabación, la protección de las redes sociales y el privilegio de vivir en una democracia imperfecta pero libre, romantizan la persecución, la tortura, el asesinato político y la supresión de las libertades fundamentales, deberían tener al menos la honestidad intelectual de reconocer que el problema nunca fue la supuesta falta de mano dura, sino su incapacidad para comprender el valor de la libertad.
La tragedia no es que todavía existan admiradores de las dictaduras; la tragedia es que algunos de ellos dispongan de millones de seguidores y pretendan convertir la ignorancia histórica en doctrina política y la nostalgia autoritaria en proyecto nacional.
No, señor Santiago Matías, los dominicanos no le fallaron a Trujillo. Quienes hoy le fallan a la República Dominicana son quienes, por oportunismo, ignorancia o simple degradación moral, intentan convencer a una nueva generación de que el terror, la represión y el crimen institucionalizado constituyen una alternativa legítima de gobierno.
Porque cuando una sociedad comienza a sentir nostalgia por sus verdugos, el problema ya no pertenece al pasado. El problema está ocurriendo en el presente.
Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com



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