❝La ignorancia es la fuerza de los tiranos.❞ Simón Bolívar.
La discusión no consiste en si la derecha tiene o no derecho a gobernar. Lo tiene, como lo tiene cualquier otra corriente política cuando obtiene el respaldo de las urnas. El verdadero debate es otro: ¿qué clase de derecha está conquistando el continente y al servicio de qué intereses parece colocarse?
En Colombia, la llegada de Abelardo de la Espriella representa precisamente ese modelo político. Su abierta admiración por Donald Trump, su respaldo irrestricto a Benjamin Netanyahu y sus posiciones públicas sobre diversos temas sociales no constituyen simples diferencias ideológicas; configuran una visión del poder que encuentra sus principales referentes fuera de las fronteras latinoamericanas. No se trata únicamente de afinidades personales. Se trata de una manera de entender la política donde Washington deja de ser un interlocutor para convertirse en un referente político casi obligatorio.
Lo verdaderamente llamativo es que esta nueva derecha ya ni siquiera intenta disimular esa relación de dependencia ideológica. Lejos de reivindicar una política exterior soberana, muchos de sus principales dirigentes exhiben con orgullo su cercanía con Donald Trump, celebran sus pronunciamientos, solicitan abiertamente su respaldo durante las campañas electorales y convierten ese aval extranjero en una credencial política. Nunca el viejo intervencionismo estadounidense encontró en América Latina dirigentes tan dispuestos a presentar el alineamiento con la Casa Blanca como si fuera una virtud patriótica.
Y ahí aparece la primera gran contradicción. Hablan de soberanía, pero buscan legitimidad fuera de sus fronteras. Se presentan como grandes patriotas mientras convierten la aprobación de Washington en un activo electoral. Denuncian cualquier influencia internacional cuando proviene de quienes consideran adversarios ideológicos, pero guardan un llamativo silencio cuando las presiones, advertencias o pronunciamientos llegan desde Estados Unidos. La injerencia deja de ser un atropello para transformarse, casi por arte de magia, en cooperación democrática.
No estamos ante una casualidad. Argentina, Ecuador, Chile, Bolivia, Honduras y ahora Colombia muestran una tendencia política que comparte mucho más que un discurso económico. Comparte enemigos, comparte estrategias de comunicación, comparte referentes internacionales y comparte una misma narrativa construida alrededor del miedo, la polarización y la confrontación permanente. Todo se reduce a una batalla entre patriotas y traidores, entre defensores de la libertad y supuestos enemigos de Occidente. El matiz desaparece. La complejidad estorba. Pensar distinto comienza a interpretarse como una amenaza.
Mientras tanto, los verdaderos problemas de nuestros pueblos continúan esperando. La pobreza, la desigualdad, la precariedad de los sistemas de salud, la crisis educativa, la inseguridad ciudadana y la emigración masiva pasan a un segundo plano frente a interminables guerras culturales cuidadosamente importadas desde otros escenarios políticos. América Latina vuelve a discutir las prioridades de otros mientras posterga, una vez más, las soluciones que necesita con urgencia.
Tampoco resulta casual que buena parte de estos dirigentes mantenga una defensa prácticamente incondicional del gobierno de Benjamin Netanyahu, incluso frente a la devastación humanitaria que vive Gaza. La legítima condena al terrorismo no puede convertirse en una patente de corso para justificar cualquier actuación militar ni para cerrar los ojos ante el sufrimiento de miles de civiles. Sin embargo, para esta nueva derecha parece existir una preocupante escala moral donde los derechos humanos dejan de ser universales para convertirse en un argumento selectivo, utilizado únicamente cuando conviene al relato político.
Pero quizá el aspecto más preocupante sea otro. América Latina parece haber olvidado demasiado rápido su propia historia. Durante décadas padeció golpes de Estado, intervenciones extranjeras, operaciones encubiertas, bloqueos, presiones diplomáticas y gobiernos impuestos o sostenidos desde el exterior. Costó generaciones enteras construir una conciencia regional favorable a la autodeterminación de los pueblos. Hoy, paradójicamente, algunos de quienes más invocan el patriotismo parecen competir por demostrar quién mantiene una relación más estrecha con Washington, como si la cercanía con el poder estadounidense constituyera una medalla de honor y no un motivo de reflexión.
Donald Trump ha comprendido esa realidad mejor que nadie. Ha dejado de limitarse a observar la política latinoamericana para participar activamente en ella mediante respaldos públicos, pronunciamientos y mensajes que buscan influir en los procesos electorales de países soberanos. Lo inquietante no es únicamente esa actitud; lo verdaderamente alarmante es encontrar dirigentes latinoamericanos que reciben esa injerencia con entusiasmo, como si el respaldo extranjero fortaleciera su legitimidad democrática en lugar de ponerla en entredicho.
No deja de resultar irónico que quienes proclaman defender la independencia nacional parezcan sentirse más cómodos mirando hacia Washington que hacia América Latina. Hablan de libertad mientras normalizan la dependencia política; exaltan la soberanía mientras celebran la tutela ideológica; invocan el patriotismo mientras convierten la aprobación de una potencia extranjera en una carta de presentación. Es una contradicción demasiado evidente para pasar inadvertida.
La historia demuestra que ninguna nación progresa renunciando a pensar con cabeza propia. Los pueblos que depositan su destino en liderazgos extranjeros terminan defendiendo intereses que rara vez coinciden plenamente con los suyos. Estados Unidos, como cualquier potencia, actúa en función de sus prioridades nacionales. El problema nunca ha sido ese. El problema comienza cuando algunos dirigentes latinoamericanos parecen convencidos de que defender los intereses de Washington constituye la mejor manera de defender los intereses de sus propios pueblos.
Colombia tomó una decisión que solo corresponde juzgar a los colombianos. La democracia implica respetar la voluntad popular, incluso cuando produce resultados que muchos consideran equivocados. Pero respetar el resultado electoral no obliga a renunciar al derecho de analizar críticamente el rumbo que toma una nación ni a guardar silencio frente a una tendencia política que parece extenderse por toda la región.
Porque el verdadero riesgo para América Latina no consiste en que gobierne la izquierda o la derecha. El verdadero peligro aparece cuando cualquiera de ellas deja de pensar en función de su propio pueblo para comenzar a gobernar mirando hacia intereses ajenos. En ese instante, la soberanía deja de ser un principio y se convierte en un simple discurso de campaña.
Por eso el problema no es únicamente Colombia. Colombia es apenas el síntoma más reciente de una enfermedad política que avanza por todo el continente. Una enfermedad que sustituye el pensamiento crítico por el fanatismo, la autonomía por el alineamiento automático y la dignidad nacional por la obediencia ideológica.
Y cuando un continente comienza a sentirse orgulloso de obedecer antes que de decidir por sí mismo, ya no basta con lamentar el destino de una sola nación.
Entonces sí... pobre Colombia, pero mucho más pobre Latinoamérica.
«No pongáis vuestra confianza en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación.» (Salmos 146:3).
Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com



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