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martes, 28 de julio de 2026

De la Espriella, el nuevo fantoche del sur

Todavía no ha asumido oficialmente la Presidencia de Colombia y Abelardo de la Espriella ya se comporta como si llevara meses gobernando desde la Casa de Nariño. Antes de recibir la banda presidencial comenzó a anunciar el cierre de embajadas, la ruptura de relaciones diplomáticas con determinados países y una redefinición de la política exterior colombiana que, más que responder a una visión estratégica del Estado, parece obedecer a una necesidad casi compulsiva de enviar señales ideológicas al mundo.
No habla como un presidente electo que espera el momento institucional para ejercer el poder, sino como alguien convencido de que el poder le pertenece desde el mismo instante en que ganĂł las elecciones. La escena recuerda inevitablemente a Donald Trump, quien antes de regresar oficialmente a la Casa Blanca en enero de 2025 ya condicionaba el debate polĂ­tico estadounidense e internacional con anuncios, amenazas y decisiones propias de un mandatario en funciones.

Entre sus primeras proclamaciones figura el cierre de embajadas en Argelia, Azerbaiyán, Barbados, Cuba, Chequia, Etiopía, Ghana, Haití, Hungría, Malasia, Nicaragua, Rumanía, Senegal y Sudáfrica, además de la suspensión de la apertura de una representación diplomática en Palestina. También anunció que Colombia mantendrá relaciones diplomáticas con todos los países y organismos internacionales, excepto con Cuba y Nicaragua. Más allá del derecho que tiene cualquier gobierno a redefinir su política exterior, el mensaje político es evidente. Buena parte de las naciones afectadas pertenecen al denominado Sur Global y varias mantienen gobiernos alejados de la órbita ideológica que hoy seduce al nuevo mandatario colombiano. La diplomacia deja de presentarse como un instrumento permanente del Estado para convertirse en una declaración de afinidades y antipatías políticas.

Gobernar un país exige comprender que las relaciones internacionales no se construyen sobre simpatías personales, filias ideológicas ni resentimientos políticos. Las embajadas no existen para premiar gobiernos amigos ni para castigar gobiernos adversarios. Existen para proteger ciudadanos, fortalecer el comercio, facilitar la cooperación, defender intereses nacionales y mantener abiertos los canales de comunicación incluso con aquellos gobiernos con los que existen profundas diferencias. Convertir la diplomacia en un escenario de activismo ideológico suele ser una decisión mucho más costosa para los ciudadanos que para los gobernantes que la promueven.

A ello se suma la marcada cercanía que De la Espriella ha manifestado hacia Benjamín Netanyahu, una posición que encaja perfectamente con el bloque político e ideológico con el que ha decidido identificarse. No se trata únicamente de respaldar a Israel, derecho que asiste a cualquier dirigente, sino de la manera en que parece construir toda una narrativa internacional alrededor de un mismo eje político, reproduciendo el lenguaje, las prioridades y los enemigos de una corriente ideológica determinada. La política exterior colombiana comienza a parecer menos una expresión de soberanía nacional y más un ejercicio de alineamiento con referentes políticos extranjeros.

En ese contexto resulta imposible no mirar hacia Argentina. Javier Milei convirtió la confrontación permanente, la provocación y los gestos de alto impacto mediático en parte esencial de su forma de gobernar. Ahora, Colombia parece haber encontrado su propia versión de ese modelo. La diferencia quizá sea únicamente de velocidad. Milei necesitó llegar a la Presidencia para comenzar su cruzada; De la Espriella empezó antes de ocupar oficialmente el despacho presidencial. Da la impresión de que ambos participan en una competencia tan absurda como peligrosa para determinar cuál de los dos protagoniza el mayor número de excentricidades políticas, cuál produce el anuncio más estridente, cuál convierte la mayor cantidad de ocurrencias en política pública y cuál logra mayor reconocimiento dentro del universo de la nueva derecha internacional.

El discurso libertario suele venderse como la defensa irrestricta de la libertad y la reducción del Estado. Sin embargo, con demasiada frecuencia termina transformándose en una plataforma para imponer una única visión ideológica, dividir a la sociedad entre buenos y malos, patriotas y enemigos, aliados y traidores. El debate deja de girar alrededor de soluciones concretas para concentrarse en consignas, símbolos y confrontaciones cuidadosamente diseñadas para alimentar la polarización.

En mi opinión, los colombianos cometieron un gravísimo error al elegir a Abelardo de la Espriella por encima de Iván Cepeda. No porque un gobernante deba compartir mi manera de pensar, sino porque las primeras señales de su administración apuntan hacia una política basada más en la espectacularización del poder que en el ejercicio responsable del mismo. Antes de gobernar ya está dividiendo; antes de administrar ya está rompiendo; antes de construir ya está cerrando puertas. Difícilmente ese sea el camino para fortalecer el prestigio internacional de Colombia.

Un país serio no demuestra fortaleza aislándose de quienes piensan distinto ni buscando la aprobación de líderes extranjeros. La verdadera independencia consiste en sostener relaciones maduras con gobiernos de todas las tendencias cuando ello beneficia a la nación. La soberanía no se ejerce actuando como un satélite político de referentes internacionales ni reproduciendo agendas ajenas para obtener aplausos desde Washington, Buenos Aires o Jerusalén.

Por eso sostengo que Abelardo de la Espriella representa, hasta ahora, algo más preocupante que un simple cambio de gobierno. Representa la posibilidad de que Colombia sustituya una política exterior construida sobre intereses permanentes del Estado por otra edificada sobre afinidades personales, gestos ideológicos y espectáculos mediáticos. Si ese termina siendo el rumbo definitivo, Javier Milei habrá encontrado un serio competidor en su carrera por convertir la política en una sucesión de extravagancias. Y Colombia, lamentablemente, podría descubrir demasiado tarde que eligió a un presidente decidido a parecerse más a sus ídolos que a la historia diplomática de su propio país.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 
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