Entre sus primeras proclamaciones figura el cierre de embajadas en Argelia, Azerbaiyán, Barbados, Cuba, Chequia, EtiopĂa, Ghana, HaitĂ, HungrĂa, Malasia, Nicaragua, RumanĂa, Senegal y Sudáfrica, además de la suspensiĂłn de la apertura de una representaciĂłn diplomática en Palestina. TambiĂ©n anunciĂł que Colombia mantendrá relaciones diplomáticas con todos los paĂses y organismos internacionales, excepto con Cuba y Nicaragua. Más allá del derecho que tiene cualquier gobierno a redefinir su polĂtica exterior, el mensaje polĂtico es evidente. Buena parte de las naciones afectadas pertenecen al denominado Sur Global y varias mantienen gobiernos alejados de la Ăłrbita ideolĂłgica que hoy seduce al nuevo mandatario colombiano. La diplomacia deja de presentarse como un instrumento permanente del Estado para convertirse en una declaraciĂłn de afinidades y antipatĂas polĂticas.
Gobernar un paĂs exige comprender que las relaciones internacionales no se construyen sobre simpatĂas personales, filias ideolĂłgicas ni resentimientos polĂticos. Las embajadas no existen para premiar gobiernos amigos ni para castigar gobiernos adversarios. Existen para proteger ciudadanos, fortalecer el comercio, facilitar la cooperaciĂłn, defender intereses nacionales y mantener abiertos los canales de comunicaciĂłn incluso con aquellos gobiernos con los que existen profundas diferencias. Convertir la diplomacia en un escenario de activismo ideolĂłgico suele ser una decisiĂłn mucho más costosa para los ciudadanos que para los gobernantes que la promueven.
A ello se suma la marcada cercanĂa que De la Espriella ha manifestado hacia BenjamĂn Netanyahu, una posiciĂłn que encaja perfectamente con el bloque polĂtico e ideolĂłgico con el que ha decidido identificarse. No se trata Ăşnicamente de respaldar a Israel, derecho que asiste a cualquier dirigente, sino de la manera en que parece construir toda una narrativa internacional alrededor de un mismo eje polĂtico, reproduciendo el lenguaje, las prioridades y los enemigos de una corriente ideolĂłgica determinada. La polĂtica exterior colombiana comienza a parecer menos una expresiĂłn de soberanĂa nacional y más un ejercicio de alineamiento con referentes polĂticos extranjeros.
En ese contexto resulta imposible no mirar hacia Argentina. Javier Milei convirtiĂł la confrontaciĂłn permanente, la provocaciĂłn y los gestos de alto impacto mediático en parte esencial de su forma de gobernar. Ahora, Colombia parece haber encontrado su propia versiĂłn de ese modelo. La diferencia quizá sea Ăşnicamente de velocidad. Milei necesitĂł llegar a la Presidencia para comenzar su cruzada; De la Espriella empezĂł antes de ocupar oficialmente el despacho presidencial. Da la impresiĂłn de que ambos participan en una competencia tan absurda como peligrosa para determinar cuál de los dos protagoniza el mayor nĂşmero de excentricidades polĂticas, cuál produce el anuncio más estridente, cuál convierte la mayor cantidad de ocurrencias en polĂtica pĂşblica y cuál logra mayor reconocimiento dentro del universo de la nueva derecha internacional.
El discurso libertario suele venderse como la defensa irrestricta de la libertad y la reducciĂłn del Estado. Sin embargo, con demasiada frecuencia termina transformándose en una plataforma para imponer una Ăşnica visiĂłn ideolĂłgica, dividir a la sociedad entre buenos y malos, patriotas y enemigos, aliados y traidores. El debate deja de girar alrededor de soluciones concretas para concentrarse en consignas, sĂmbolos y confrontaciones cuidadosamente diseñadas para alimentar la polarizaciĂłn.
En mi opiniĂłn, los colombianos cometieron un gravĂsimo error al elegir a Abelardo de la Espriella por encima de Iván Cepeda. No porque un gobernante deba compartir mi manera de pensar, sino porque las primeras señales de su administraciĂłn apuntan hacia una polĂtica basada más en la espectacularizaciĂłn del poder que en el ejercicio responsable del mismo. Antes de gobernar ya está dividiendo; antes de administrar ya está rompiendo; antes de construir ya está cerrando puertas. DifĂcilmente ese sea el camino para fortalecer el prestigio internacional de Colombia.
Un paĂs serio no demuestra fortaleza aislándose de quienes piensan distinto ni buscando la aprobaciĂłn de lĂderes extranjeros. La verdadera independencia consiste en sostener relaciones maduras con gobiernos de todas las tendencias cuando ello beneficia a la naciĂłn. La soberanĂa no se ejerce actuando como un satĂ©lite polĂtico de referentes internacionales ni reproduciendo agendas ajenas para obtener aplausos desde Washington, Buenos Aires o JerusalĂ©n.
Por eso sostengo que Abelardo de la Espriella representa, hasta ahora, algo más preocupante que un simple cambio de gobierno. Representa la posibilidad de que Colombia sustituya una polĂtica exterior construida sobre intereses permanentes del Estado por otra edificada sobre afinidades personales, gestos ideolĂłgicos y espectáculos mediáticos. Si ese termina siendo el rumbo definitivo, Javier Milei habrá encontrado un serio competidor en su carrera por convertir la polĂtica en una sucesiĂłn de extravagancias. Y Colombia, lamentablemente, podrĂa descubrir demasiado tarde que eligiĂł a un presidente decidido a parecerse más a sus Ădolos que a la historia diplomática de su propio paĂs.
Por: Bienvenido Checo,-
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