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martes, 21 de julio de 2026

No vi ni un segundo de la Copa Mundial

No vi ni un segundo de la Copa Mundial. No por desinterés hacia el fútbol, un deporte que ha regalado algunas de las páginas más memorables de la historia contemporánea, sino por una decisión de conciencia. Y cuando una decisión se fundamenta en principios, verla hasta el final deja de ser un sacrificio para convertirse en una obligación moral.

El pasado 28 de junio publiqué en *El Correo* el artículo **"Ni un segundo de la Copa Mundial"**, donde expuse las razones que me llevaban a renunciar voluntariamente a consumir el mayor espectáculo deportivo del planeta. Hoy, con el torneo concluido, puedo afirmar que cumplí mi palabra. No vi un solo minuto. Ni uno.

No pretendo convencer a nadie de que hiciera lo mismo. Cada quien administra su conciencia como mejor entiende. Lo que sí sostengo es que el fútbol no puede convertirse en un salvoconducto para justificar atropellos, discriminaciones y humillaciones que jamás aceptaríamos en otro escenario.

Este Mundial será recordado por su dimensión deportiva, pero también por episodios que desnudaron una preocupante doble moral. El caso del árbitro somalí al que las autoridades estadounidenses impidieron ingresar al país bajo alegaciones relacionadas con la seguridad nacional constituyó un hecho de enorme gravedad institucional. La FIFA, en lugar de defender con firmeza la igualdad que tanto proclama en sus discursos, terminó aceptando explicaciones y buscando salidas diplomáticas que dejaron más preguntas que respuestas.

Si un árbitro designado por la propia FIFA puede ser tratado como una amenaza por el país anfitrión sin que el máximo organismo del fútbol mundial imponga consecuencias proporcionales, entonces queda claro quién manda realmente. Y no es la FIFA.

La situación denunciada por diversos medios sobre los controles extraordinarios aplicados a integrantes de la selección iraní, incluyendo registros y cacheos en plena pista de aterrizaje, mientras otras delegaciones recibían un trato preferencial, tampoco contribuyó a fortalecer la credibilidad del torneo. Si esas denuncias reflejan lo ocurrido, la igualdad competitiva quedó comprometida desde el mismo momento en que unas selecciones fueron tratadas como invitados distinguidos y otras como sospechosos permanentes.

A ese escenario se sumó un elemento aún más inquietante: la creciente injerencia política desde la propia Casa Blanca. El presidente Donald Trump no ocultó su protagonismo durante el campeonato y, tras la derrota de la selección de Estados Unidos frente a Bélgica, realizó declaraciones públicas en tono confrontacional que fueron interpretadas por numerosos analistas y comentaristas como una presión impropia sobre el desarrollo del torneo y sobre quienes tenían la responsabilidad de impartir justicia deportiva. Cuando el jefe de Estado del país anfitrión convierte un resultado futbolístico en un asunto político, la independencia del espectáculo deja de ser una percepción para convertirse en una preocupación legítima.

La FIFA guarda un celo casi religioso cuando se trata de impedir manifestaciones políticas de jugadores, selecciones o aficionados. Sin embargo, ese rigor desaparece cuando las presiones provienen del poder político de la nación organizadora. Esa diferencia de trato no fortalece la autoridad moral del organismo; la debilita.

Y como si eso fuera poco, durante el desarrollo del campeonato las redes sociales y distintos espacios periodísticos se inundaron de cuestionamientos sobre decisiones arbitrales y resultados que, para muchos, favorecieron sistemáticamente a determinadas selecciones. No corresponde afirmar como hecho consumado que existieron partidos amañados, porque no existe prueba concluyente que lo demuestre. Pero tampoco puede ignorarse que la percepción de millones de aficionados quedó profundamente erosionada por una sucesión de decisiones polémicas que alimentaron sospechas y redujeron la confianza en la transparencia del torneo.

La credibilidad no solo se pierde cuando existe corrupción. También se pierde cuando la organización permite que las dudas crezcan sin ofrecer respuestas convincentes.

Gianni Infantino ha convertido a la FIFA en una organización cada vez más poderosa económicamente y, paradójicamente, más débil moralmente. Los ingresos aumentan, los contratos se multiplican y el espectáculo se expande, mientras los principios parecen negociarse según la conveniencia del momento y el peso geopolítico del país de turno.

El fútbol siempre ha tenido la capacidad de unir pueblos, derribar fronteras y crear emociones compartidas. Precisamente por eso resulta tan doloroso observar cómo sus dirigentes parecen más preocupados por proteger intereses comerciales que por defender los valores que dicen representar.

No vi ni un segundo de la Copa Mundial.
Y después de todo lo ocurrido, no tengo la menor razón para arrepentirme de haber cumplido mi palabra. Porque hay ocasiones en que el acto más coherente que puede realizar un ciudadano no consiste en levantar la voz, sino en apagar el televisor.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 
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