❝No salga de vuestra boca ninguna palabra corrompida, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.❞ Efesios 4:29
Durante siglos, la política fue el escenario donde chocaban ideas, doctrinas y proyectos de nación. Las diferencias podían ser irreconciliables, pero existía una premisa elemental: convencer era más importante que humillar. Hoy, esa lógica parece haber sido sustituida por otra mucho más rentable electoralmente y mucho más peligrosa para la democracia: la del insulto convertido en ideología.
Hubo un tiempo en que la izquierda y la derecha discutían sobre el papel del Estado, el mercado, la libertad, la justicia social, la soberanía, la propiedad o el modelo económico. Se podía discrepar profundamente, pero al menos existía una estructura intelectual detrás de cada postura. Ese tiempo parece extinguirse. La política contemporánea, especialmente en buena parte de Occidente, ya no necesita doctrinas. Tampoco programas sólidos. Mucho menos coherencia. Lo único indispensable es un enemigo permanente y un lenguaje suficientemente agresivo para mantener movilizada a la tribuna. La ideología ha sido reemplazada por la descalificación. Ya no importa qué se piensa. Importa contra quién se grita.
Estados Unidos terminó convirtiéndose en el principal laboratorio de esta nueva narrativa. Donald Trump comprendió antes que muchos estrategas que el insulto genera más titulares que cualquier propuesta fiscal y que una ofensa viral produce mayor fidelidad política que un discurso elaborado. Desde entonces, el debate dejó de girar alrededor de políticas públicas para concentrarse en etiquetas, ataques personales y enemigos absolutos. El adversario dejó de ser un competidor democrático para convertirse en un traidor, un criminal o un enemigo de la nación.
Lo preocupante no es únicamente Trump. Lo verdaderamente inquietante es la velocidad con la que el modelo comenzó a exportarse.
En Argentina, Javier Milei transformó expresiones como "zurdos de mierda" en una marca política. El insulto dejó de ser un exceso verbal para convertirse en un instrumento deliberado de comunicación. Cada descalificación produce titulares, domina las redes sociales y obliga a sus adversarios a responder dentro del terreno que él mismo diseñó.
En Colombia, figuras como Abelardo de la Espriella han construido buena parte de su proyección pública apelando a un lenguaje de confrontación permanente, donde la dureza verbal y la provocación suelen ocupar más espacio que la argumentación.
En Ecuador, Daniel Noboa ha gobernado bajo un estado de excepción prolongado y con un enfoque extraordinariamente centrado en la seguridad. Aunque el contexto responde a una grave crisis de violencia criminal, la normalización de medidas excepcionales plantea interrogantes sobre el equilibrio entre eficacia, controles institucionales y libertades democráticas.
En Centroamérica, Nayib Bukele ha elevado esa fórmula a una dimensión inédita. La seguridad dejó de presentarse como una política pública para convertirse en un relato donde el éxito parece justificar cualquier método. El estado de excepción, concebido constitucionalmente como un mecanismo extraordinario, amenaza con convertirse en una condición casi permanente del ejercicio del poder. El resultado es inquietante. Cuando las excepciones se vuelven normales, las instituciones empiezan a parecer estorbos. Y cuando las instituciones son vistas como obstáculos, el poder deja de necesitar límites.
Paradójicamente, muchos de estos líderes presumen representar corrientes ideológicas claramente definidas. Pero basta revisar apenas unos años de sus propias declaraciones para descubrir cambios de posición que harían sonrojar a cualquier escuela de pensamiento. Defienden hoy lo que ayer condenaban. Condenan hoy lo que hace unos meses aplaudían. No existe consistencia doctrinal. Existe conveniencia política. Las ideologías ya no orientan el poder. Lo justifican después.
La nueva política es extraordinariamente simple. No necesita convencer. Necesita polarizar. No necesita explicar. Necesita viralizar. No necesita demostrar. Necesita repetir. Mientras más agresivo sea el mensaje, mayor será su alcance. Mientras más ofensiva resulte la frase, más tiempo permanecerá en la conversación pública. Las redes sociales terminaron premiando exactamente ese comportamiento. Los algoritmos no recompensan la profundidad. Premian la indignación. El político que construye un argumento complejo pierde frente al que lanza una descalificación de cuatro palabras. La viralidad derrotó a la inteligencia. La estridencia desplazó al razonamiento. La política empezó a parecerse demasiado a un espectáculo donde los aplausos importan más que las soluciones.
A esa degradación se suma otra práctica igualmente nociva: excluir al adversario del debate. Ya no se busca refutar sus argumentos. Se pretende negar su legitimidad para hablar. No se responde. Se cancela. No se debate. Se etiqueta. No se confrontan ideas. Se destruye reputaciones. Es la lógica del fanatismo aplicada al ejercicio del poder. Quien piensa distinto deja automáticamente de ser un ciudadano con otra visión para convertirse en un enemigo que debe ser ridiculizado, silenciado o expulsado del espacio público. Esa no es una victoria de la democracia. Es exactamente su deterioro. Porque una democracia deja de fortalecerse cuando el desacuerdo se convierte en delito moral.
Lo más preocupante es que este fenómeno ya comienza a reproducirse en países donde tradicionalmente predominaba una política mucho más moderada. República Dominicana tampoco parece inmune. Empiezan a surgir personajes convencidos de que la mejor carta de presentación para aspirar a la Presidencia consiste en insultar más fuerte que sus competidores. No presentan un proyecto nacional. Presentan un personaje. No ofrecen una visión de Estado. Ofrecen un espectáculo. Confunden firmeza con vulgaridad. Autoridad con arrogancia. Valentía con insolencia. Y creen que el volumen de la voz puede sustituir el peso de las ideas. Basta observar con detenimiento el historial público de algunos de esos aspirantes para descubrir que el problema no es únicamente su discurso. Es la enorme distancia entre la imagen que intentan vender y la trayectoria que realmente los acompaña. Por ahora, el marketing alcanza para ocultarlo. La historia suele ser menos indulgente.
Porque el insulto produce aplausos inmediatos, pero jamás ha construido instituciones sólidas. Las amenazas generan miedo. Nunca legitimidad. La descalificación moviliza emociones. Jamás reemplaza una visión de país. Las naciones no progresan porque sus gobernantes griten más fuerte. Progresan cuando quienes ejercen el poder son capaces de demostrar que sus ideas son mejores que las del adversario. Ese era el sentido original de la política. Hoy parece haberse convertido en una rareza. Y cuando una sociedad deja de exigir argumentos para conformarse con insultos, ya no está eligiendo mejores líderes. Está premiando mejores provocadores.
Las democracias no mueren únicamente mediante golpes de Estado. También se erosionan cuando la cultura política sustituye el pensamiento por la agresión, el debate por la humillación y la razón por el espectáculo. El insulto podrá ganar elecciones. Difícilmente construirá una República.
❝La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor.❞ Proverbios 15:1
Por: Bienvenido Checo,-
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