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martes, 11 de agosto de 2026

Entre Ricardo Nieves y Alofoke no existe punto de comparación

Que me perdone mi querido Dr., amigo y hermano Ricardo Nieves por colocar su nombre junto al de Santiago Matías, conocido como Alofoke. Pero es precisamente esa comparación la que quiero hacer, porque pocas veces dos figuras con tanta exposición pública pueden representar concepciones tan diferentes de lo que significa ser persona, ciudadano, comunicador y ente social.
Y conviene aclararlo desde el principio: no estoy comparando audiencias, seguidores, números, capacidad empresarial ni popularidad. Tampoco estoy diciendo que uno tenga derecho a hablar y el otro no. Estoy hablando de algo mucho más importante: la calidad humana, la conducta pública, los valores que se proyectan y el legado que puede quedar detrás de una persona que ha tenido la posibilidad de influir sobre miles o millones de ciudadanos.

Ricardo Nieves representa, a mi juicio, una forma de ejercer la influencia pública desde el conocimiento, la decencia, la solidaridad y el compromiso con las mejores causas de la sociedad. Es médico, profesor universitario, periodista y comunicador. Pero más allá de los títulos y oficios que pueda exhibir, hay algo que considero mucho más importante: la manera en que ha construido su presencia pública. Su discurso puede ser fuerte, crítico y hasta incómodo, pero generalmente está sustentado en argumentos, conocimiento y preocupación por los problemas que afectan al país.

Nieves ha dedicado buena parte de su vida pública a hablar de educación, medioambiente, institucionalidad, política, cultura y de tantos otros asuntos que deberían ocupar una parte mucho mayor de nuestra conversación nacional. Y hay otra característica que, para mí, resulta fundamental: la decencia, la humildad, la afabilidad, la capacidad de relacionarse con los demás sin necesidad de convertir cada desacuerdo en una guerra personal, la solidaridad y la disposición a utilizar la palabra para defender causas y personas cuando entiende que están siendo injustamente atacadas. Eso también comunica y, sobre todo, eso también deja legado.

Del otro lado está Santiago Matías. Y aquí es donde comienza una diferencia que no puede reducirse a estilos de comunicación. Alofoke ha demostrado una extraordinaria capacidad para comprender el funcionamiento de las redes sociales, construir una marca y convertir la controversia en un poderoso instrumento de audiencia. Nadie que observe la realidad dominicana puede negar esa capacidad. Pero una cosa es tener talento para producir audiencia y otra muy distinta es utilizar esa audiencia para construir ciudadanía; una cosa es ser influyente y otra ser una influencia positiva; una cosa es tener millones de personas escuchándote y otra muy diferente es tener algo verdaderamente valioso que decirles.

Porque si algo ha caracterizado el modelo de comunicación alrededor de Alofoke es la confrontación permanente, la provocación, el enfrentamiento, la vulgaridad y, en demasiadas ocasiones, la exposición del otro al escarnio público como mecanismo de entretenimiento. Y eso tiene consecuencias. No estamos hablando simplemente de un programa de entretenimiento. Estamos hablando de una sociedad en la que una parte importante de nuestra juventud consume diariamente contenidos producidos por personas que se han convertido en referentes para ellos.

Por eso resulta inevitable preguntarse qué estamos formando, qué valores estamos transmitiendo y qué estamos enseñando a nuestros jóvenes cuando la agresividad se presenta como carácter, la humillación como victoria, la vulgaridad como espontaneidad y el insulto como argumento. El periodista y comunicador Domingo Páez ha utilizado una expresión que considero particularmente reveladora: “la generación Alofoke”. Y más allá de que algunos compartan o no esa denominación, el fenómeno existe y merece ser discutido.

Porque esa generación no surgió de la nada. Es el resultado de una juventud que, en buena medida, ha encontrado en las plataformas digitales sus principales referentes, en una sociedad que no siempre ha sabido ofrecerle alternativas de formación, cultura, educación y pensamiento crítico. Y ahí aparece una enorme responsabilidad. Cuando alguien consigue convertirse en referente de una generación, deja de tener únicamente derecho a la libertad de expresarse. También adquiere una responsabilidad proporcional al alcance de su voz.

Ricardo Nieves parece entenderlo. Santiago Matías parece entender otra cosa. El primero ha construido su influencia alrededor del conocimiento y la discusión de los problemas nacionales. El segundo ha construido una parte considerable de la suya alrededor de la confrontación y el espectáculo. Uno intenta elevar la conversación; el otro, con demasiada frecuencia, parece necesitar bajarla para mantenerla encendida.

Y esto se vuelve todavía más interesante cuando Santiago Matías comienza a proyectarse políticamente y a manifestar aspiraciones de llegar a la Presidencia de la República. Porque gobernar un país no es dirigir una plataforma digital. La República Dominicana no es un estudio de grabación. El Estado no funciona a base de tendencias. Una nación no se conduce mediante ataques personales, descalificaciones, humillaciones ni la lógica de destruir al adversario para demostrar fortaleza.

Y mucho menos puede confundirse el liderazgo con la capacidad de imponer miedo, generar controversia o someter al contrario mediante la exposición pública. Ahí es donde algunos encuentran una semejanza con el fenómeno de Donald Trump: una política construida alrededor de la confrontación permanente, la personalización del conflicto, el enfrentamiento con los medios, la descalificación del adversario y la idea de que quien golpea más fuerte termina imponiéndose. Pero una cosa es ganar una discusión en las redes sociales y otra muy distinta gobernar una nación; una cosa es conseguir que millones miren y otra es conseguir que millones piensen. Esa diferencia es enorme.

Por eso resulta particularmente reveladora la reacción de Santiago Matías frente a las recientes declaraciones del Dr. Ricardo Nieves en medio de su controversia con el periodista y comunicador Alfredo de la Cruz. Matías ha dicho que respeta a Nieves, que lo considera y que incluso es seguidor suyo. Y no tengo ninguna dificultad en que alguien diga que admira a una persona. El problema aparece cuando los hechos y la conducta pública no parecen guardar correspondencia con esas declaraciones.

Porque respetar a Ricardo Nieves no consiste en decir que uno lo admira cuando conviene. Respetarlo significa reconocer aquello que Nieves representa: el conocimiento, la decencia, el debate argumentado, la defensa de causas sociales, el respeto al adversario y la responsabilidad frente a la sociedad. Y precisamente por eso resulta difícil conciliar esa supuesta admiración con una forma de ejercer la comunicación pública basada tantas veces en lo contrario.

El Dr. Nieves intervino en el conflicto porque Alfredo de la Cruz, además de ser su colega y compañero en el grupo de medios Panorama, estaba siendo objeto de una controversia pública. Nieves hizo un planteamiento desde su posición y desde su propia valoración de los hechos. Eso es normal. Eso es parte del ejercicio de la comunicación. Lo que resulta llamativo es que una persona que dice respetar profundamente a Nieves reaccione frente a él desde la misma lógica de confrontación que tantas veces ha caracterizado su manera de relacionarse con quienes lo cuestionan.

Y aquí está, precisamente, la esencia de este artículo. No estoy diciendo que Ricardo Nieves sea perfecto. No lo es. Nadie lo es. Puede equivocarse, puede tener posiciones cuestionables y puede ser objeto de críticas. De hecho, una sociedad democrática necesita que incluso sus mejores hombres sean cuestionados cuando sea necesario.

Pero hay una diferencia fundamental entre ser criticable y ser despreciable, entre cometer errores y convertir el atropello en método, entre defender una posición y humillar al que piensa diferente, entre ejercer autoridad y ejercer prepotencia, entre tener carácter y utilizar la intimidación. Esa diferencia es la que, a mi juicio, separa a Ricardo Nieves de Santiago Matías.

No estoy comparando dos comunicadores. Estoy comparando dos modelos de influencia. Uno que puede contribuir a formar ciudadanos y otro que corre el riesgo de formar consumidores permanentes de conflicto. Uno que puede dejar conocimiento y otro que puede dejar como herencia la normalización de la vulgaridad. Uno cuya trayectoria está asociada a la educación, al pensamiento, al debate y a las causas sociales, y otro que ha convertido la confrontación en una herramienta extraordinariamente rentable.

Por eso, cuando se pretende colocar a ambos en el mismo plano simplemente porque los dos tienen influencia pública, considero que se comete un error. La influencia se puede comprar con publicidad, la audiencia se puede conquistar con espectáculo, la tendencia puede fabricarse, pero la autoridad moral no se compra. El respeto verdadero tampoco. Y el legado mucho menos.

Dentro de algunos años quizá nadie recuerde quién fue tendencia un martes determinado, quién tuvo más reproducciones o quién ganó una discusión en las redes sociales. Pero probablemente sí recordaremos a quienes utilizaron su inteligencia, su preparación y su posición pública para intentar que este país fuera un poco mejor.

Ahí es donde está la diferencia. Ricardo Nieves podrá tener errores, como cualquier ser humano, pero su trayectoria pública ha estado marcada por una preocupación evidente por asuntos que trascienden su propia persona. Santiago Matías ha demostrado que sabe construir un fenómeno mediático. La pregunta es qué hará finalmente con ese poder.

Porque una cosa es convertirse en fenómeno y otra, mucho más difícil, es convertirse en referente. Una cosa es tener una generación pendiente de lo que dices y otra es tener algo digno que dejarle a esa generación.

Por eso insisto: que me perdone el Dr. Ricardo Nieves por haber colocado su nombre junto al de Santiago Matías. En realidad, la comparación no pretende igualarlos; pretende demostrar exactamente lo contrario. Que entre ambos, más allá de los micrófonos, las cámaras, las redes sociales y las audiencias, existe una distancia enorme en la manera de entender la responsabilidad que implica ser una figura pública.

Porque al final no se trata de quién grita más, ni de quién insulta mejor, ni de quién consigue más seguidores. Se trata de algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más trascendente: qué clase de ser humano decide uno ser cuando descubre que tiene el poder de influir sobre los demás y, sobre todo, qué sociedad quedará después de nosotros.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 
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