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jueves, 20 de agosto de 2026

Un cementerio digital de ideas

❝Libre-Mente❞》》》
Idea, del griego eidos, significa literalmente forma, aspecto, figura o esencia. Platón añadió a esta la categoría de perfección inmutable: la eleva por encima de la visión sensible hasta una cumbre intelectual que solo puede ser captada por la mente o el nous. Aun así, conserva las capas antiguas de su arcilla original, pese a transformarse y cambiar de ropaje. Cargada del psicologismo posmoderno, la idea sigue siendo esa morfología que le da sentido y estructura al mundo sensible; lo existente, según Berkeley, indica un fragmento de aquello a lo que las ideas le pusieron nombre. No obstante, las mutaciones y reinterpretaciones, la idea sostiene un linaje ontológico que remite al eidos.
Entre las criaturas, somos la única capaz de tejer ideas, compartir relatos y cohesionar socialmente, como señala Yuval Harari. Esa astucia funciona, sin embargo, tanto como bendición social y como maldición cognitiva. Pues, además de singulares, esto nos vuelve intolerantes y reacios a descubrir el velo que desentraña la autoconciencia.

Nuestro cerebro, creador de la realidad objetiva, es también artífice de una percepción subjetiva que evade la realidad y renuncia a cuestionarla cuando ella resulta desagradable o invasiva. Ideologías cerradas, fanatismos y autoengaños simplifican algunas barreras psicológicas de este sesgo neutralizante y perdulario.

Más que la realidad, en nosotros prevalece la autopreservación y la afirmación de la identidad: una parte notable prioriza el ego sobre los hechos, como un ejército que, ignorando las desventajas del terreno, prefiere entregar la vida antes que retroceder. En ciertos extremos, esa tozudez roza niveles patológicos cuando alguien “asalta” nuestro monasterio de la identidad.

El cerebro trabaja automáticamente para aislarnos de aquello que considera “realidad desagradable”, y todos, sin excepción, compartimos algún esguince de percepción. Los agujeros de la autopercepción no obedecen únicamente a rangos de inteligencia o capacidad intelectual: personas cultas y bien dotadas acometen monstruosidades innombrables. Tensa es la contradicción cuando la biología y la realidad objetiva chocan de frente con la ideología y los relatos blindados.

Innumerables son quienes resisten, aunque sobren argumentos para demostrar su evidente equivocación. El sesgo y la mala interpretación, en sus versiones particulares, tienen similitudes espantosas: tuercen la realidad de manera impetuosa. El sesgo procede del interior; la mala interpretación, del exterior. Con datos errados y contextos difusos, la interpretación queda obstruida y el entendimiento cercenado.

El sesgo, manifestación del deseo personal, determina lo que el sujeto decide percibir y aceptar. En la mala interpretación predomina la deformación del discernimiento por la calidad defectuosa del dato: llega incompleto o mal elaborado. Cuando el sesgo y la mala interpretación se combinan, el estallido cognitivo amplifica la distorsión.

Un tercer fenómeno, igualmente perturbador, es el síndrome de Procusto. Por voluntad y sin interferencias, el cerebro tiende a estirar o recortar la información disponible y, contra el sentido común, ajusta y difumina la comprensión. Si el dato o la interpretación no encajan como se esperaba, el entendimiento surge mutilado o estirado, sin condiciones.

En las redes sociales el mito de Procusto produce un efecto pasmoso y estridente. El campo digital está minado por “cámaras de eco” muy eficientes que inducen a seguir cuentas y sujetos que piensan igual, comparten parentesco político-ideológico o semejanza personal. Los otros, heterodoxos y contradictorios, son proclives a ser odiados, repelidos, etiquetados.

Un pensamiento sesgado es como lentejuelas vibrantes que alteran la cualidad y la percepción del mensaje. La interpretación defectuosa mantiene claridad en la observación, pero aplica un prisma equivocado que desfigura la lectura y desvirtúa el relato. Si ambos defectos coinciden en una sola persona, la colisión es inevitable: el cerebro, aunque puede leer con claridad, juraría que el propósito oculta otros detalles.

A ratos, las redes se convierten en un cementerio digital de ideas. Y, quién sabe hasta dónde, esto siga su marcha imparable…

Por: Ricardo Nieves,-
@nieves_rd
@doctornieves
nievesricardord@gmail.com

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