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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Firmé, soy millonario… ahora tengo que parecerlo

Hay historias que comienzan en un play polvoriento, con un guante prestado, unos spikes que ya conocieron mejores tiempos y una familia haciendo malabares para que al muchacho no le falte lo indispensable. El talento hace el resto. Aparece un entrenador, un buscador, una academia, un scout; llegan las evaluaciones, las promesas y finalmente la palabra mágica: firmaste. Para muchos jóvenes dominicanos y latinoamericanos, ese instante no significa únicamente entrar al béisbol profesional. Significa atravesar, casi de golpe, una frontera social que generaciones enteras de su familia nunca pudieron cruzar. Y entonces comienza otro juego, uno para el cual probablemente nadie lo entrenó.

Porque aprender a batear una recta de 95 millas por hora puede tomar media vida, pero aprender a convivir con el dinero, el reconocimiento y el poder que antes no se tenían requiere una educación completamente distinta. El problema no está en prosperar. Bendito sea el talento que permite sacar a una familia de la precariedad. El problema aparece cuando prosperar deja de ser suficiente y surge una segunda necesidad: que todo el mundo pueda comprobar que prosperaste. Ya no basta tener dinero. Hay que parecer que se tiene. El vehículo debe anunciarlo antes de que su dueño se baje. La casa debe tener dimensiones capaces de convencer hasta al vecino que nunca preguntó. El reloj debe costar una cantidad que alguien se encargará oportunamente de mencionar. Las cadenas deben cumplir funciones que aparentemente la discreción dejó vacantes. La ropa necesita apellidos extranjeros y las vacaciones, naturalmente, deben producir fotografías. Porque si nadie vio el éxito, quizá el éxito no ocurrió. Es la extraña liturgia del ascenso económico convertido en espectáculo.

 

Y dentro de esa construcción también puede aparecer la pareja como símbolo de estatus. No porque una mujer determinada ame necesariamente el dinero ni porque un hombre exitoso sea incapaz de enamorarse genuinamente de una mujer hermosa, blanca, negra, rubia, morena o del color que le dé la gana. Sería una estupidez reducir las relaciones humanas a semejante ecuación. El amor no exige certificado racial ni declaración patrimonial. Pero tampoco podemos fingir que las sociedades carecen de símbolos. Durante generaciones hemos fabricado determinados modelos de belleza, sofisticación y éxito, y los hemos colocado tan alto en el imaginario colectivo que, para algunas personas, alcanzarlos puede terminar funcionando inconscientemente como otra demostración de haber ascendido. Entonces ya no hablamos de una rubia, una morena o una mujer espectacular. Hablamos de algo bastante más complejo: convertir a otra persona en parte del inventario simbólico del triunfo. Casa: listo. Vehículo: listo. Reloj: listo. Cadena: listo. Cuenta bancaria: lista. Pareja capaz de provocar la pregunta «¿y cómo consiguió esa mujer?»: listo. Ahora sí llegué. Y ahí es donde la ironía deja de provocar risa.

 

Muchos de estos jóvenes no proceden de hogares carentes de valores, afectos o educación familiar. Confundir pobreza con falta de principios sería profundamente clasista. Proceden, sencillamente, de hogares donde históricamente faltó dinero. Y la carencia económica prolongada también construye imaginarios: cosas que se observan desde lejos, lugares a los que nunca se pudo entrar, objetos que parecían reservados para otros y estilos de vida contemplados como si pertenecieran a otra especie humana. Cuando finalmente aparece el dinero, existe el riesgo de intentar comprar no solamente comodidad, sino distancia respecto de quien se fue. Ahí está posiblemente una de las contradicciones más humanas del éxito repentino: conseguir todo aquello con lo que se soñaba y descubrir que todavía hace falta demostrar algo.

 

No sucede únicamente con peloteros ni mucho menos con todos los peloteros. Sería irresponsable afirmarlo. Sucede con artistas, empresarios repentinos, figuras del entretenimiento, nuevos ricos y personas que experimentan ascensos económicos vertiginosos. El béisbol dominicano simplemente ofrece una versión especialmente visible del fenómeno porque puede transformar en pocos años a un adolescente de recursos muy limitados en un atleta cuyo contrato se mide en millones de dólares. La velocidad económica puede ser extraordinaria. La madurez necesaria para administrarla no necesariamente viaja a la misma velocidad.

 

Por eso quizás habría que preguntarnos si alrededor del talento deportivo estamos preparando solamente jugadores profesionales o también seres humanos para aquello que ocurre cuando termina la pobreza y comienza una realidad completamente desconocida. Educación financiera, manejo de relaciones personales, salud emocional, administración patrimonial y comprensión de algo elemental: tener dinero y necesitar exhibirlo son cosas diferentes. Porque quizá la verdadera riqueza comience precisamente cuando ya no existe la necesidad de demostrarla.

 

El muchacho que un día soñó con firmar lo consiguió. Sacó a sus padres de necesidades, aseguró su futuro y alcanzó algo que estadísticamente parecía improbable. Eso debería bastar para sentirse orgulloso. Pero la sociedad del espectáculo tiene otras exigencias. Firmaste. Eres millonario. Perfecto. Ahora, por favor, parece uno. No vaya a ser que después de tantos millones alguien todavía tenga la insolencia de no darse cuenta.

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
 

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