Durante cuatro años, la extrema derecha colombiana quiso presentarlo como un desquiciado, un enemigo de la economía y un hombre empeñado en destruir el país. Cada discurso fue utilizado para ridiculizarlo, cada tropiezo convertido en catástrofe y cada reforma combatida como si permitir que los pobres vivieran mejor representara una amenaza contra Colombia. Petro tuvo errores, por supuesto. Algunas veces confundió la firmeza con la confrontación innecesaria, abrió demasiadas batallas simultáneas, realizó nombramientos que terminaron perjudicando su gestión y permitió que la intensidad de su discurso opacara decisiones que necesitaban mejor explicación. Pero aquellos errores fueron propios de un presidente que quiso transformar Colombia, no de alguien interesado en destruirla.
Frente a quienes presentan a Israel como “el pueblo de Dios” para otorgarle una especie de inmunidad religiosa, Petro respondió que “el pueblo de Dios es la humanidad toda”. Y añadió que los niños de Gaza también eran humanidad y, por tanto, también formaban parte de ese pueblo.
Esa afirmación explica la diferencia entre su visión política y la de sus adversarios. Para Petro, una vida palestina tiene el mismo valor que una vida israelí. Para la extrema derecha subordinada a Netanyahu y a Donald Trump, la humanidad parece depender del pasaporte, la religión y la utilidad geopolítica de la víctima.
Se declaran “provida” cuando pretenden decidir sobre el cuerpo de una mujer, pero olvidan la santidad de la vida cuando las bombas caen sobre Gaza, Líbano o Irán. Condenan el aborto con la Biblia en la mano y justifican después el asesinato de quienes ya nacieron. Protegen al embrión, pero aplauden al misil.
El 28 de febrero de 2026, durante los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, una explosión destruyó la escuela primaria femenina Shajareh Tayyebeh, en Minab. Murieron más de 165 personas, la mayoría niñas. Las evidencias examinadas posteriormente apuntaron a fuerzas estadounidenses como probables responsables, mientras el Pentágono mantenía abierta una investigación.
Aquellas niñas también formaban parte de la humanidad. Pero no hubo grandes pronunciamientos de Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa ni de los predicadores políticos que llaman “pueblo de Dios” a Israel. Su defensa de la vida terminó exactamente donde comenzó la responsabilidad de sus aliados.
Ahí está la diferencia que representa Petro. No aceptó que la compasión tuviera fronteras ni que los derechos humanos fueran utilizados solamente para condenar a los adversarios de Estados Unidos y Europa. Entendió que denunciar el asesinato de un niño israelí obliga también a denunciar el de un niño palestino, libanés o iraní.
Antes que Petro, Hugo Chávez había desafiado la costumbre latinoamericana de recibir instrucciones extranjeras y defendido el derecho de Venezuela a controlar sus recursos y establecer sus propias alianzas. Pepe Mujica demostró desde Uruguay que un país pequeño podía actuar con independencia y sentido humano. Lula convirtió a Brasil en una voz del mundo multipolar y sostuvo su condena a la destrucción de Gaza incluso después de ser declarado persona no grata por Israel. Petro recogió esa tradición y la colocó en el centro de la política colombiana.
Ahora Colombia contempla el abismo político al que ha caído con Abelardo de la Espriella, una caricatura construida con grandilocuencia, un conveniente fanatismo religioso y obediencia internacional. Donde Petro hablaba de humanidad, De la Espriella habla de alineamiento. Donde Petro cuestionaba a Netanyahu, su sucesor coloca a Israel entre sus prioridades diplomáticas y promueve una alianza en comercio, defensa y adquisición de armamento.
No ha transcurrido un mes desde la salida de Petro y Colombia ya puede comparar. La “petrotusa” no es únicamente nostalgia por una persona; es la percepción de haber pasado de un presidente con dimensión internacional a un personaje que parece representar una mala imitación colombiana de Donald Trump.
En Argentina, Javier Milei también convirtió el alineamiento con Estados Unidos e Israel en una supuesta virtud política. Habla de libertad mientras somete su política exterior a los intereses de las potencias que admira. Nayib Bukele fue todavía más lejos: ofreció las cárceles salvadoreñas para recibir prisioneros enviados desde Estados Unidos, transformando a su país en proveedor penitenciario del gobierno de Trump.
Daniel Noboa intentó permitir nuevamente bases militares extranjeras en Ecuador. La propuesta fue rechazada por los ciudadanos en el referendo de noviembre de 2025. El pueblo ecuatoriano tuvo que recordarle a su presidente que cooperar con una potencia no significa entregarle las llaves de la casa.
Y República Dominicana tampoco queda fuera de ese cuadro.
El Gobierno de Luis Abinader ha mostrado un alineamiento tan evidente con los intereses estadounidenses que algunas de sus decisiones parecen respuestas administrativas a solicitudes externas. El caso más humillante ocurrió en agosto de 2026, cuando ordenó el retiro de nueve integrantes de la misión diplomática cubana y de sus familiares, concediéndoles solamente siete días para abandonar el país.
Cuba vinculó la medida con presiones estadounidenses. El Gobierno dominicano confirmó la expulsión, pero no explicó públicamente qué habían hecho aquellos diplomáticos para justificar semejante decisión. Nueve funcionarios y sus familias tuvieron que recoger sus pertenencias y marcharse sin que el pueblo dominicano recibiera una explicación concreta.
Eso no es firmeza diplomática. Es obediencia ejecutada con sello oficial.
La contradicción resulta todavía más incómoda por la ascendencia libanesa de Abinader. Su origen familiar no lo obliga a adoptar una determinada posición internacional, pero sí hace inevitable preguntarse por qué su Gobierno mantiene tanta cercanía con Israel mientras Netanyahu extiende sus acciones contra el pueblo libanés. En mayo de 2026, en medio de las tensiones regionales, Abinader se reunió con el presidente israelí Isaac Herzog para fortalecer las relaciones diplomáticas, económicas y de cooperación.
No se le exige gobernar conforme al origen de sus antepasados. Se le exige actuar con independencia, coherencia y sentido humano. Sin embargo, resulta difícil ignorar la ironía: un presidente de ascendencia libanesa parece más preocupado por conservar la complacencia de los aliados de Netanyahu que por condenar con firmeza los ataques contra el pueblo del cual procede parte de su propia familia.
Petro pudo equivocarse en algunas formas, escoger mal determinadas batallas y complicar innecesariamente parte de su gestión. Pero jamás convirtió a Colombia en una oficina de recados de Donald Trump, Netanyahu o las potencias europeas. No aceptó que gobernar consistiera en obedecer ni que la dignidad nacional fuera un adorno reservado para las fechas patrias.
Por eso hoy lo extrañan. Porque muchas veces solo se comprende el valor de un gobernante independiente cuando su lugar es ocupado por alguien dispuesto a inclinarse.
La dignidad no consiste en insultar a las grandes potencias, sino en poder relacionarse con ellas sin someterse. Consiste en defender a los propios sin negar la humanidad de los demás; en proteger la soberanía sin pedir autorización; en denunciar una atrocidad aunque el responsable sea poderoso y en recordar que ningún gobierno, Ejército ni Estado posee exclusividad sobre Dios.
Gustavo Petro dejó el poder, pero su presencia política continúa confrontando a quienes llegaron después. Colombia puede comparar su voz en las Naciones Unidas con el espectáculo de De la Espriella; América Latina puede comparar la soberanía de Chávez, Mujica, Lula y Petro con la sumisión de Milei, Bukele, Noboa y Abinader.
Esa comparación explica la “petrotusa” y también el título de este artículo. Porque la dignidad solo adquiere verdadero valor cuando deja de ser la excepción protagonizada por unos pocos y se convierte en una exigencia permanente de nuestros pueblos.
Hasta que la dignidad se vuelva costumbre y la humillación deje de disfrazarse de normalidad.
Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com


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