Es uno de los siete pecados capitales y quizás uno de los que mejor se ha adaptado a una época que convirtió la acumulación en una especie de certificado de éxito. Tener dejó de ser suficiente; ahora hay que tener más. Y cuando finalmente tenemos más, descubrimos que existe alguien que tiene muchÃsimo más. Comienza entonces una carrera maravillosa hacia ninguna parte en la que la meta siempre se mueve unos kilómetros hacia delante.
SerÃa fácil, y bastante hipócrita, convertir la avaricia en un pecado exclusivo de ricos. Hay ricos extraordinariamente desprendidos y pobres capaces de compartir lo poco que poseen. También existen ricos que morirÃan abrazados a una moneda y pobres que, si pudieran, cobrarÃan intereses hasta por prestar los buenos dÃas. La generosidad y la mezquindad nunca solicitaron estados de cuenta bancarios antes de escoger domicilio. Son condiciones humanas y, por eso mismo, pueden aparecer debajo de un traje de cinco mil dólares o detrás de una camisa remendada.
El dinero, sin embargo, le proporciona a la avaricia una herramienta formidable: poder. Y ahà el asunto deja de afectar únicamente al avaro. Cuando alguien que posee mucho utiliza su posición para obtener todavÃa más sin importarle cuánto cuesta a los demás, una debilidad individual comienza a producir consecuencias colectivas. El empresario que entiende que ningún beneficio es suficiente aunque para aumentarlo tenga que explotar trabajadores, destruir recursos naturales o comprar voluntades no está simplemente haciendo negocios. Ha convertido la acumulación en una religión cuyo único mandamiento es ganar más.
La polÃtica conoce bastante bien ese evangelio. Resulta fascinante observar cómo algunas personas llegan al servicio público hablando de sacrificio, patria y vocación y, después de probar determinadas comodidades del poder, descubren repentinamente una extraordinaria preocupación por su patrimonio. Ya no basta gobernar, hay que acumular influencia; no basta ocupar una posición, hay que controlar otras; no basta tener poder hoy, hay que garantizarlo mañana. Y alrededor aparecen familiares, socios, amigos, contratistas y oportunistas que también sienten el llamado patriótico de prosperar al mismo tiempo.
Pero la avaricia polÃtica no se limita al dinero. **También se acumula poder.** Hay dirigentes que poseen cargos, estructuras, partidos, influencia y reconocimiento, pero la simple posibilidad de ceder espacio les produce urticaria. Quieren decidir quién llega, quién se queda, quién habla, quién asciende y, de ser posible, quién respira polÃticamente. Algunos llevan décadas proclamando que trabajan por el futuro mientras hacen todo lo humanamente posible para que ese futuro nunca llegue sin pedirles permiso.
Los Estados tampoco están vacunados. En las relaciones internacionales la avaricia puede vestirse de interés nacional, seguridad, expansión económica o necesidad estratégica. PaÃses poderosos han competido históricamente por territorios, recursos naturales, mercados, rutas comerciales y zonas de influencia. Y aquà conviene no simplificar: los Estados tienen intereses legÃtimos que proteger. El problema comienza cuando el interés propio convierte los derechos ajenos en un detalle negociable y la fuerza se transforma en argumento suficiente para apropiarse, imponer o controlar.
La avaricia también habita espacios mucho menos espectaculares. Está en una herencia capaz de convertir hermanos en enemigos; en quien recibe ayuda durante años pero desaparece cuando le corresponde ayudar; en quien mide cada relación preguntándose qué beneficio puede obtener; en el que guarda lo que no necesita mientras sabe que alguien cercano carece de lo indispensable. Incluso puede aparecer en cosas que no caben en una cartera: somos avaros con nuestro tiempo, con el reconocimiento, con los afectos y hasta con una palabra de gratitud.
Las redes sociales agregaron otra mercancÃa para acumular: atención. Queremos seguidores, reacciones, visualizaciones y reconocimiento. Mil parecen muchos hasta que conseguimos mil; entonces necesitamos diez mil. Diez mil dejan de impresionar cuando otro tiene cien mil. Y asà terminamos aplicando al ego la misma matemática del dinero: siempre falta algo. Hasta la aprobación ajena se convirtió en una riqueza que algunos acumulan compulsivamente.
Lo paradójico es que la avaricia promete exactamente aquello que nunca puede entregar: satisfacción. Quien establece su idea de bienestar sobre la necesidad permanente de tener más se condena a considerar insuficiente todo lo que consiga. Siempre existirá otra propiedad, otro cargo, otro negocio, otro reconocimiento, otro espacio de poder, otra cifra bancaria o simplemente alguien a quien superar. El avaro puede acumular muchÃsimo y seguir viviendo psicológicamente en escasez.
Y tampoco conviene terminar señalando únicamente al empresario abusivo, al polÃtico corrupto, al poderoso insaciable o a la potencia que quiere demasiado. La avaricia también comienza en dimensiones diminutas, precisamente donde resulta menos elegante reconocerla. Cuando queremos recibir sin dar, cuando nos duele compartir, cuando el éxito ajeno nos hace calcular lo que nosotros no tenemos o cuando convertimos cada vÃnculo humano en una operación de pérdidas y ganancias, estamos hablando el mismo idioma, aunque manejemos cantidades mucho menores.
Quizás por eso la avaricia sea uno de los pecados capitales más irónicos. Nos convence de que seremos felices cuando tengamos un poco más y, cuando finalmente conseguimos ese poco más, vuelve a susurrarnos exactamente la misma mentira.
Porque el verdadero drama del avaro no consiste en tener poco. Consiste en que, aunque llegue a tenerlo todo, siempre sentirá que todavÃa le falta algo.
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