La soberbia nace precisamente cuando la posición que ocupamos termina alterando la percepción que tenemos de nosotros mismos. Y serÃa demasiado cómodo reducirla a presidentes, ministros, empresarios o grandes figuras. También vive en el dirigente de poca monta que consigue una posición y comienza a mirar por encima del hombro; en el funcionario que ayer hacÃa filas y hoy considera una humillación esperar; en el profesional que convierte un tÃtulo en certificado de superioridad; y hasta en nuestras familias, cuando alguien necesita disminuir al otro para sentirse grande.
Es uno de los siete pecados capitales y probablemente uno de los que mejor ha aprendido a maquillarse. La soberbia contemporánea rara vez necesita anunciar: «soy superior a ustedes». SerÃa demasiado vulgar. Ahora se viste de liderazgo, autoridad, éxito, prestigio y hasta de humildad cuidadosamente ensayada. Hay soberbios que abrazan, sonrÃen, hablan de igualdad y se toman fotografÃas con todo el mundo, pero sufren una indigestión del ego cuando alguien se atreve a contradecirlos.
Y por ahà aparece la vanidad, que no figura entre los siete pecados capitales, pero conoce demasiado bien la casa de la soberbia. La vanidad necesita admiración; la soberbia necesita superioridad. Una busca el espejo; la otra, el pedestal. Pero cuando ambas se juntan aparece una criatura particularmente interesante: alguien que no solamente se considera extraordinario, sino que además necesita que el resto de la humanidad tenga la delicadeza de enterarse.
La polÃtica constituye un terreno extraordinariamente fértil para esa combinación. El poder tiene la capacidad de hacer creer a quien lo ejerce que los aplausos dirigidos al cargo pertenecen necesariamente a la persona. Después llegan los séquitos, los asesores que jamás contradicen, los funcionarios que descubren virtudes donde antes nadie las habÃa visto y los aduladores profesionales, esa especie que ha sobrevivido a todos los gobiernos, todas las ideologÃas y todos los cambios de época. Poco a poco se construye alrededor del poderoso una realidad artificial donde siempre tiene razón, sus ocurrencias son ideas brillantes y hasta sus errores encuentran a alguien dispuesto a explicarlos como genialidades incomprendidas.
Pero serÃa intelectualmente tramposo colocar la soberbia únicamente en el polÃtico que nos cae mal. No tiene partido, ideologÃa ni nacionalidad. Puede sentarse a la izquierda o a la derecha, gobernar o hacer oposición, proclamarse revolucionaria o conservadora, democrática o autoritaria. También puede instalarse en las relaciones internacionales, cuando una gran potencia termina creyendo que su poder económico, polÃtico o militar no solamente la hace más fuerte, sino moralmente superior, y que por alguna extraña concesión celestial posee derechos sobre otros pueblos que jamás reconocerÃa a esos pueblos sobre ella.
Ahà la soberbia deja de ser solamente un defecto individual y adquiere dimensiones polÃticas, sociales y hasta históricas. Es la misma lógica, aunque cambie el escenario: yo puedo porque soy más fuerte; yo sé porque mando; yo tengo razón porque gané; yo merezco más porque poseo más. Y cuando esa mentalidad encuentra suficiente poder para imponerse, deja de ser simplemente desagradable. Puede convertirse en abuso, exclusión, humillación y atropello.
Sin embargo, serÃa otra manifestación de soberbia terminar este escrito señalando exclusivamente con el dedo a presidentes, funcionarios, millonarios y poderosos, como si el resto de nosotros hubiésemos recibido certificado de humildad. También somos soberbios cuando una disculpa nos parece demasiado cara, cuando preferimos romper una amistad antes que reconocer una equivocación, cuando confundimos rectificar con humillarnos o cuando necesitamos tener la última palabra aunque sepamos perfectamente que estamos equivocados.
Quizás ahà radique la extraordinaria resistencia de este pecado: sabemos reconocerlo magnÃficamente cuando lo lleva otro. Tenemos una precisión casi cientÃfica para detectar el ego ajeno, la arrogancia ajena, la prepotencia ajena y la vanidad ajena. El problema comienza cuando toca acercar el espejo.
Porque la soberbia tiene una última ironÃa: hasta el soberbio suele estar convencido de que el soberbio es otro.
Por: Bienvenido Checo,-@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com


No hay comentarios:
Publicar un comentario