❝Porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo entrar.❞ Isaías 59:14
El Caribe vuelve a ser laboratorio.
Las costas venezolanas y colombianas son el nuevo escenario donde el poder mediático ensaya su versión más sofisticada del viejo guion imperial: la deslegitimación de los presidentes que no se arrodillan.
No se trata ya de periodismo; se trata de operaciones de campo encubiertas bajo micrófonos, maquillajes y slogans de libertad de prensa.
Desde estudios perfectamente iluminados, una casta de periodistas convertidos en agentes de influencia ejecuta campañas de demolición moral. Fabrican héroes, construyen villanos, y cuando alguien se atreve a responderles, se envuelven en el manto de la víctima. Ese es su método: pegar primero, llorar después.
El negocio de la opinión fabricada
Las pseudo-periodistas de la élite mediática "Patricia Janiot y la autoproclamada candidata de extrema derecha Vicky Dávila, ente otros/as" son los rostros visibles de esta maquinaria, "Creando narrativa, manipulando opinión y victimizándose."
Janiot, con su pose de “defensora global de los derechos humanos”, omite convenientemente los crímenes de sus patrocinadores y los silencios de sus colegas cuando el agresor viste de azul o porta un pasaporte estadounidense.
Dávila, por su parte, ha hecho del periodismo un trampolín electoral, acusa sin pruebas, sentencia sin juicio y convierte cada refutación en un drama personal.
Cuando la confrontan, se victimiza; cuando la ignoran, provoca, en ambos casos, gana visibilidad, no credibilidad.
Ambas saben moverse en el circuito de la sensación emocional, donde lo importante no es la verdad sino el impacto del titular. La lógica es simple: si un gobierno soberano desafía los dictados de Washington o de las corporaciones mediáticas, hay que ensuciarlo hasta hacerlo parecer tirano.
Y si alguien denuncia esa manipulación, hay que acallarlo bajo el grito de “ataque a la prensa”.
Campo de batalla mediático
Hoy el periodismo es un frente de guerra híbrida, las cámaras y los micrófonos son fusiles simbólicos, los titulares son misiles narrativos, y la “opinión pública” es el territorio a conquistar.
Desde Miami, Bogotá o Madrid, se orquesta la misma melodía:
“El régimen amenaza la democracia.”
“El líder autoritario pone en riesgo la libertad.”
“La comunidad internacional está preocupada.”
“Frases calcadas, repetidas, recicladas, para que la mentira adquiera olor a verdad por saturación. Se ataca a Maduro, se persigue a Petro, se demoniza a todo aquel que hable de independencia y soberanía. No hay análisis, hay consignas. No hay ética, hay manuales de guerra informativa.”.
El periodismo que se arrodilla
Este tipo de prensa no fiscaliza al poder: le sirve, no acompaña al pueblo: lo manipula y, cuando se le señala su servidumbre, clama censura, así, el periodista se transforma en actor político disfrazado de informador, una figura que se esconde tras la retórica de los “valores democráticos” mientras contribuye a legitimar la intervención, el bloqueo o la desestabilización.
Los medios dominantes, desde sus sedes corporativas, operan como franquicias del pensamiento único, no informan: alinean, no investigan: obedecen, su periodismo de campo no pisa tierra: pisa intereses.
El desafío de los que no se venden
El reto, para quienes aún creen en el oficio, es desenmascarar esa impostura sin caer en su juego emocional, el periodista verdadero no manipula ni se victimiza, no teme al poder, pero tampoco lo suplanta.
Su campo no es el set televisivo, sino la calle, la frontera, el puerto, la mina, el barrio, allí donde la noticia no se fabrica, sino se vive.
El Caribe necesita volver a mirar con ojos propios, sin intérpretes ni salvadores mediáticos, porque el verdadero enemigo no siempre está en el palacio: muchas veces está en el estudio de televisión, sonriendo ante cámara, repitiendo la mentira del día con voz de ángel y contrato de demonio.
❝Cuando el periodismo se vende, la verdad se exilia.❞ Albert Camus.
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