❝Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias❞. 2 Timoteo 4:3
La pregunta no nace de la reflexión, nace del cansancio, del desgaste de hablarle a nadie, del eco hueco que dejan los textos cuando caen en una audiencia más ocupada en el morbo que en el sentido. Escribir hoy es lanzar palabras a un pozo digital esperando que alguien, por accidente, mire hacia abajo.
Lo serio estorba, lo social incomoda, lo humano aburre.
La política real, la que señala responsables y exige consecuencias, fue reemplazada por el circo, la burla, el disparate convertido en entretenimiento. No porque sea mejor, sino porque no exige pensar. Y pensar, hoy, parece una actividad subversiva.
¿En qué momento la vulgaridad pasó de ser un defecto a ser un mérito?, ¿Quién decidió que el análisis era pedantería y la ignorancia autenticidad?, ¿Desde cuándo decir algo con sustancia es “aburrido” y decir nada a gritos es “contenido”?
El público no es estúpido, pero sí dócil.
Consume lo que le sirven sin preguntar qué hay dentro, se indigna por encargo, opina en bloque, olvida rápido. Lee titulares como quien traga comida chatarra, rápido, sin masticar, sin entender, y luego se pregunta por qué todo sabe igual, por qué todo apesta.
Escribir con conciencia en este contexto no solo no premia, castiga, no genera aplauso, genera silencio y, el silencio es el mensaje. No interesa lo que cuestiona, no interesa lo que desnuda, no interesa lo que obliga a mirarse al espejo. El dedo baja, la pantalla cambia y el pensamiento queda atrás.
El algoritmo no censura, algo peor, ignora, la masa no discute, pasa, la mediocridad no se defiende, se normaliza.
Se nos exige ser breves, ligeros, simpáticos, digeribles. Traducción clara: no molestes, no señales, no incomodes, no rompas la fiesta. Si lo haces, no esperes diálogo, espera vacío.
Entonces, ¿vale la pena escribir?
¿Vale la pena decir lo que nadie quiere oír?, ¿Vale la pena insistir cuando la indiferencia es política y el ruido es religión?
No vale la pena para el aplauso, no vale la pena para la viralidad, no vale la pena para una sociedad que prefiere reírse antes que entender.
Vale la pena para no convertirse en parte del problema, para no aplaudir la decadencia, para dejar constancia de que hubo quien no se adaptó, no se rió, no se calló.
Tal vez no cambie nada, tal vez nadie lo lea.
Pero al menos no se habrá entregado la palabra al muladar del entretenimiento vacío.
❝En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario❞. George Orwell
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