❝Libre-Mente❞》》》
Convencidos por nuestros amigos, los doctores Luis Guerrero y Geannette Rodríguez, decidimos conocer un paraíso escondido. Tras cuatro horas de carretera -con pausas, curvas y una velocidad prudente- arribamos a nuestro destino...
Recorrer la Autopista Duarte es sinónimo de brutalidad notoria: esa interminable reconstrucción, el flujo amenazante de conductores feroces y la presencia intimidante de unos camioneros zombis, capaces de violentar todas las reglas civilizatorias.
Llegar a Santiago, con su estampa cada día más empinada y hermosa, es un verdadero alivio. Atravesarla por la circunvalación, sin embargo, conduce al atascadero de la autopista Joaquín Balaguer (nombre que hace justicia al extinto mandatario: es hermética y oscura, carente de márgenes laterales, peligrosamente rígidos; intransitables). Angosto, este desfiladero adiciona cuarenta minutos caóticos al tumultuoso trayecto. Mientras se espera –en proceso de construcción- la otra circunvalación, su laberinto elongado provoca uno de los tapones más engorrosos y exasperantes de la nación.
…Jicomé, Cruce de Esperanza, Maizal, Cruce de Guayacanes, Laguna Salada, Jaibón, y Hatillo Palma. Gracias a un gentil comerciante (el “pesao”), aquí degustamos la pasta de “dulce raspado” que, junto al merengue típico de fondo, nos suavizó la tarde.
A setenta kilómetros de Santiago, próximo a Guajaca, tomando el Cruce de Villa Elisa, hacia el noroeste, el panorama empieza a cambiar abrupta y agradablemente. Conviene repetirlo: detenerse en las paraditas coloridas y los colmados de “La Línea”, escuchando música típica a todo dar, paga la mitad del recorrido.
Desde Villa Elisa, pequeños poblados (Guajaca, Cruce de Estero Hondo, Agua de Palma, Tiburcio…) con carretera nueva permiten avanzar de forma ágil y placentera. Entretanto, la temperatura y el paisaje van adquiriendo otro color, sobre todo después de cruzar el espacio limítrofe entre Montecristi y Puerto Plata.
En media hora, bajo la pureza del cielo radiante, avistamos Punta Rucia. Desde las verdes colinas hasta los valles más bajos -que ceden espacio, de los hatos ganaderos, al avance inmobiliario- se conjuga un paisaje luminoso y calmado que, por el oeste, remata con el litoral resplandeciente y claro. Aunque escasean las lluvias, el clima y la naturaleza aprovechan los vientos del Atlántico para generar un frescor apacible y un follaje compacto, cuyo relieve, de altitud mediana, erige una mampara forestal que realza la silueta del horizonte proverbial.
El atardecer agrega más atractivo el itinerario: la impresión de un paraíso crepuscular, solitario.
La Ensenada es una media luna ancha de arena blanca; de ella subimos donde Héctor Pérez, santiaguero que veinte años atrás creyó en el potencial y la belleza del lugar. En su posada, familiarmente acogedora, compartimos las peripecias y los tropiezos de creer en un desarrollo que “solo contaba con gente buena y belleza, por demás”. Sin carreteras, infraestructuras ni servicios, fuera de la tradición hotelera, levantó el primer inmueble con alojamiento versátil: Villa Yudith. Conocer la historia de su aventurada apuesta fue una reconstrucción edificante y aleccionadora.
La travesía (a buen precio) en bote, yate o catamarán, desde Playa La Ensenada hasta Cayo Arena, recoge una experiencia extraordinaria: el azul turquesa del mar transparente y deslumbrantemente tranquilo facilitan llegar sin estorbos ni distracción alguna. Centenares de personas visitan la playita, rodeando el promontorio cristalino que, en la distancia, parece emerger tres metros sobre el nivel del mar.
Aparte de su blancura y las formaciones coralinas, el cayo despunta por una piscina natural, rica en biodiversidad y fauna marina. Espectacular ecosistema que, por su evidente fragilidad, debe cuidarse del abuso y de las actividades ilegales que amenazan su espléndido altar natural.
A veinte minutos de la La Ensenada, Cayo Arena resplandece como un diamante por descubrir, exigiendo sostenibilidad ambiental, prohibiendo su explotación irracional. De manera flagrante, los desmanes empiezan a preocupar: botes y lanchas sobre la arquitectura sensible del cayo, visitantes imprudentes con botellas, plásticos, comidas y objetos variables constituyen una amenaza real.
La comunidad organizada y las autoridades ambientales tienen la obligación de conservar este santuario marino de biodiversidad exuberante y de belleza incomparable.
Al regreso, atravesamos los manglares -vírgenes, todavía- como testimonio esperanzador y compromiso irrevocable de la preservación íntegra de aquel bioma excepcional.
De los intereses conflictivos, que merman su desarrollo y perjudican su estatus legal, abundaremos más adelante…
Por: Ricardo Nieves,-@nieves_rd
@doctornieves
nievesricardord@gmail.com


No hay comentarios:
Publicar un comentario