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viernes, 6 de marzo de 2026

Netanyahu, el matón del barrio, Donald Trump el asistente

❝Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.❞ Mateo 5:9
Hay personajes que en la historia de la política internacional terminan ocupando un papel que no necesariamente corresponde a la estatura real de sus países, sino a la forma en que utilizan el poder. En el escenario actual del Medio Oriente, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, parece haber decidido encarnar el papel clásico del matón del barrio: ese que provoca peleas, desafía a todos y confía en que siempre habrá alguien más grande detrás que lo respalde.
Ese “alguien más grande” ha sido, históricamente, Estados Unidos. Pero en el capítulo más reciente de esta relación asimétrica, la escena resulta particularmente reveladora: el presidente Donald Trump, lejos de actuar como árbitro o moderador del conflicto, ha preferido desempeñar un rol mucho más modesto y menos digno, el de asistente del matón.

La dinámica es conocida. Netanyahu eleva la tensión, amenaza, bombardea o lanza advertencias, y Washington aparece inmediatamente después justificando lo injustificable, bendiciendo lo imprudente y legitimando lo que, en muchos casos, bordea peligrosamente el derecho internacional.

El reciente ataque “preventivo” contra Irán encaja perfectamente en esa lógica. Bajo el viejo argumento de la seguridad, se intenta presentar como defensa lo que en realidad constituye una peligrosa apuesta por la escalada militar. El problema es que cuando los líderes juegan con fuego en una región tan volátil, las llamas rara vez se quedan donde empezaron.

Pero el trasfondo de esta historia es aún más incómodo.
Netanyahu no actúa únicamente como jefe de gobierno. También lo hace como un político acosado por múltiples procesos judiciales por corrupción, fraude y abuso de poder. En ese contexto, la guerra se convierte en algo más que una estrategia geopolítica: se transforma en un seguro de supervivencia política.

Un país en guerra rara vez juzga a su líder.
Y mientras ese cálculo personal se ejecuta desde Tel Aviv, en Washington aparece Trump, dispuesto a acompañar la jugada con entusiasmo. No necesariamente por una convicción estratégica profunda, sino por afinidad política, cálculo electoral y una visión del poder internacional que privilegia la fuerza sobre la diplomacia.
El resultado es una alianza donde uno empuja y el otro respalda, uno provoca y el otro amplifica, uno prende la mecha y el otro se asegura de que el mundo la vea arder.

El problema es que las guerras modernas ya no son conflictos localizados entre ejércitos aislados. En un mundo interconectado, cualquier escalada en Medio Oriente tiene consecuencias globales: mercados energéticos en tensión, nuevas crisis migratorias, radicalización política y el riesgo permanente de que actores mayores entren en escena.

Cuando las potencias actúan con la mentalidad de pandillas de barrio, la estabilidad internacional se convierte en rehén de decisiones impulsivas.
La historia reciente ofrece demasiados ejemplos de cómo empiezan estas aventuras militares y muy pocos de cómo terminan bien.

Afganistán, Irak, Libia, todas comenzaron con discursos grandilocuentes sobre seguridad, libertad o estabilidad. Todas terminaron dejando regiones más inestables que antes, heridas abiertas que aún siguen sangrando en la geopolítica mundial.
Por eso preocupa observar cómo, una vez más, se intenta empujar al mundo hacia un conflicto cuyos objetivos reales nunca quedan claros y cuyas consecuencias siempre terminan pagando los mismos: los pueblos, no los líderes.

Mientras tanto, Netanyahu continúa proyectando la imagen del matón que desafía a todos, seguro de que su protector llegará cuando las cosas se compliquen.
Y Trump, en lugar de actuar como la voz de la prudencia que el poder estadounidense debería representar, parece cómodo en su papel secundario: sosteniendo la chaqueta del matón mientras este busca la próxima pelea.

La tragedia de esta relación no es solo política. es histórica.
Porque cuando los líderes del mundo olvidan que la diplomacia existe precisamente para evitar guerras, la humanidad termina recordándolo de la forma más dolorosa posible.

Y cuando el matón del barrio encuentra un asistente dispuesto a aplaudir cada provocación, el problema deja de ser local y se convierte, inevitablemente, en un problema del mundo entero. 

La historia enseña que los imperios, los gobernantes y los estrategas militares pasan, pero las consecuencias de sus decisiones permanecen durante generaciones. Las guerras que se inician por cálculo político, por ambición o por arrogancia rara vez producen la seguridad que prometen; casi siempre terminan multiplicando el dolor que pretendían evitar.
Por eso, cuando la política internacional comienza a parecerse demasiado a una disputa de barrio, cuando los líderes se comportan más como provocadores que como estadistas, el mundo entero queda expuesto a la imprudencia de unos pocos.

La humanidad ha aprendido demasiadas veces, y demasiado tarde, que la paz no es una señal de debilidad, sino el acto más difícil y más valiente que puede asumir el poder.
Ignorar esa verdad ha sido, a lo largo de los siglos, el preludio de las mayores tragedias.

❝Apártate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela.❞ Salmos 34:14  

Por: Bienvenido Checo,-
@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com
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