Hubo un tiempo en que llamar farandulero a un político era una forma de descalificarlo, de poner en duda su seriedad, su formación y hasta su capacidad para ejercer funciones de Estado. El dirigente procuraba proyectarse como estadista, defender ideas, exhibir alguna doctrina y demostrar preparación para los asuntos públicos, aunque detrás de aquella solemnidad también existieran demagogia, clientelismo, propaganda y todas las miserias que siempre han acompañado a la política. Hoy las cosas han cambiado radicalmente: al político ya no parece preocuparle que lo llamen farandulero; le preocupa mucho más que nadie lo esté mirando.
La política contemporánea entró de lleno en la economía de la atención, donde no necesariamente obtiene mayor espacio quien presenta el mejor argumento, sino quien consigue detener durante algunos segundos el dedo que recorre una pantalla. Los partidos continúan existiendo, las ideologías sobreviven maltrechas y todavía se elaboran programas de gobierno, pero una parte considerable de la competencia política se libra ahora en otro terreno: visualizaciones, tendencias, seguidores, likes, controversias y capacidad para producir el próximo contenido viral. El problema no consiste en que un político utilice las nuevas plataformas para comunicarse —sería absurdo exigirle que renuncie a ellas—, sino en que termine adoptando sus peores reglas para hacerse visible.
Donald Trump constituye probablemente el referente internacional más acabado de esta transformación. Mucho antes siquiera de anunciar su candidatura presidencial en 2015, había pasado más de una década frente a las cámaras de The Apprentice, construyendo ante millones de espectadores la imagen del empresario poderoso, negociador y jefe implacable que decidía quién permanecía y quién escuchaba el célebre «You're fired». Cuando descendió por las escaleras de Trump Tower el 16 de junio de 2015 para anunciar que aspiraría a la presidencia de Estados Unidos, no llegaba a la política como un desconocido que posteriormente aprendió las reglas del espectáculo: llegaba después de haberlas dominado durante años. La televisión había contribuido a construir el personaje y la política terminó convirtiendo aquel enorme capital de notoriedad en una formidable herramienta electoral.
Javier Milei, en Argentina, y Abelardo de la Espriella, en Colombia, tampoco pueden analizarse como fenómenos aislados del modelo político y comunicacional que representa Trump. Existen diferencias propias de sus países y de determinadas posiciones programáticas, pero los tres convergen de manera evidente en una forma de hacer política sustentada en el liderazgo personalista, la confrontación permanente, la provocación, la polarización y una comunicación diseñada para mantener movilizados tanto a seguidores como a adversarios. Milei y De la Espriella han hecho pública su afinidad con Trump y este último se ha convertido en una referencia inocultable dentro de esa corriente política contemporánea. No se trata solamente de coincidencias ideológicas: comparten una manera de ocupar el espacio público en la que el personaje adquiere tanta importancia como el programa, la confrontación produce atención y la atención termina convertida en poder. Cuando captar miradas se transforma en una necesidad permanente, el espectáculo deja de acompañar a la política y comienza a formar parte del método.
República Dominicana no permanece ajena a esa transformación. Basta observar una parte importante de nuestros programas de opinión y del debate político en las redes: comentaristas que parecen competir por quién habla más alto, descalificaciones personales convertidas en supuestos argumentos, insultos presentados como valentía y expresiones que en otros tiempos habrían provocado vergüenza pública convertidas ahora en material promocional. La política comenzó acercándose prudentemente al entretenimiento hasta descubrir que allí existía algo demasiado valioso para ignorarlo: audiencia. Y cuando descubrió dónde estaban los ojos, fue detrás de ellos.
Santiago Matías, Alofoke, resulta en ese sentido una referencia inevitable, no porque sea responsable de la farandulización de la política dominicana ni porque el fenómeno haya comenzado con él, sino porque su trayectoria permite observar con extraordinaria claridad el punto al que hemos llegado. Construyó desde el entretenimiento una enorme plataforma de comunicación capaz de atraer a públicos que muchas veces permanecen alejados del debate político tradicional, y la dirigencia política comprendió perfectamente el valor de esa audiencia. Leonel Fernández, cuya imagen pública durante décadas ha estado asociada al dirigente intelectual, académico y conferencista, aceptó entrar a ese ecosistema para ser entrevistado; el presidente Luis Abinader llegó incluso a realizar una llamada pública a La Casa de Alofoke para felicitar a Santiago Matías por el alcance de aquel fenómeno digital. El asunto no consiste en cuestionar el derecho de ninguno de ellos a comunicarse con esas audiencias, sino en detenernos a pensar qué significa que la política institucional considere hoy necesario penetrar espacios que hasta hace relativamente poco habría observado desde una prudente distancia.
Y el fenómeno terminó completando el círculo. Santiago Matías ya no solamente recibe políticos en sus plataformas: anunció su proyecto político con horizonte electoral hacia 2028, puso en marcha a Dominicanos Primero, sometió ante la Junta Central Electoral la solicitud correspondiente para procurar su reconocimiento y comenzó la captación pública de firmas. No estamos ya ante el simple rumor de que una celebridad pudiera algún día entrar en política, sino ante el intento concreto de transformar notoriedad, seguidores, audiencia y capacidad de convocatoria en una estructura política. Mientras los políticos tradicionales entran al territorio de la farándula buscando atención, una figura que construyó buena parte de su poder público dentro del entretenimiento intenta recorrer el camino inverso y convertir esa atención en capital electoral. La política entra en la farándula al mismo tiempo que la farándula entra en la política.
Nada de esto significa que millones de seguidores equivalgan automáticamente a millones de votos, ni que una figura procedente del entretenimiento esté incapacitada para participar legítimamente en política. Pensarlo sería tan superficial como el fenómeno que estamos analizando. Tampoco significa que todo dirigente que conceda una entrevista a un comunicador popular se haya convertido en farandulero. El problema comienza cuando la lógica del espectáculo termina imponiéndose sobre la lógica política, cuando una propuesta necesita convertirse en espectáculo para ser escuchada, cuando el insulto produce mayor rendimiento que el argumento y cuando la notoriedad comienza a confundirse con capacidad para gobernar.
Las redes sociales tampoco inventaron la estupidez, la calumnia, el insulto ni la demagogia; todo eso existía muchísimo antes de internet. Lo verdaderamente novedoso es haber construido un ecosistema capaz de premiarlos con alcance, monetización y relevancia. Antes, una barbaridad pronunciada en una esquina podía morir en aquella esquina; hoy puede convertirse en tendencia nacional antes de terminar el día. Donde existe una recompensa aparece inevitablemente alguien dispuesto a competir por ella, y la política, que siempre ha sabido adaptarse a los instrumentos capaces de producir poder, tampoco iba a permanecer indiferente.
Quizás por eso la gran transformación de nuestro tiempo no consiste simplemente en que los políticos se hayan vuelto faranduleros. Es algo bastante más serio: hemos construido una sociedad en la que la atención constituye poder, y la política descubrió que millones de ojos concentrados sobre una pantalla representan un recurso demasiado importante para dejarlo exclusivamente en manos del entretenimiento. Antes, al político le preocupaba que lo llamaran farandulero; hoy le preocupa que nadie lo esté mirando. Y entre una cosa y la otra corremos el riesgo de terminar escogiendo, no necesariamente a quien tenga mejores ideas para gobernarnos, sino a quien haya aprendido mejor cómo mantenernos mirando.
❝No toma placer el necio en la inteligencia, sino en que su corazón se descubra❞. Proverbios 18:2.
Por: Bienvenido Checo,-
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