Naturalmente, la comida pertenece al concepto. La gula es uno de los siete pecados capitales y tradicionalmente representa el consumo excesivo, particularmente de alimentos y bebidas. El problema no está en disfrutar una buena comida ni en repetir aquel plato que quedó sabroso. Empieza cuando desaparece la medida, cuando satisfacer deja de ser suficiente y el placer necesita repetirse aun después de haber desaparecido la necesidad.
Pero salgamos de la cocina.
Porque quizás nunca hayamos vivido en una sociedad con tantas cosas disponibles para consumir y, paradójicamente, con tanta dificultad para sentirnos satisfechos. Compramos ropa teniendo ropa, cambiamos teléfonos que todavía funcionan, sustituimos objetos porque apareció una versión nueva, llenamos armarios con cosas que olvidamos que tenemos y después necesitamos muebles más grandes para guardar aquello que probablemente nunca utilizaremos.
Y lo hemos bautizado progreso.
El mecanismo funciona maravillosamente: compramos, sentimos satisfacción durante un rato y volvemos a necesitar. La publicidad no tiene que convencernos siempre de que algo es bueno; basta con convencernos de que aquello que ya tenemos dejó de ser suficiente. El teléfono funciona, pero salió otro. El automóvil nos lleva exactamente a donde necesitamos, pero apareció uno más moderno. El televisor se ve perfectamente, aunque resulta que ahora existe uno con unas pulgadas adicionales sin las cuales, aparentemente, nuestra felicidad estaba incompleta.
La gula moderna aprendió incluso a vivir dentro de un teléfono.
Podemos pasar horas consumiendo videos de segundos. Uno termina y aparece otro. Después otro. Y otro. Abrimos una red social, bajamos durante veinte minutos, la cerramos y, sin ninguna explicación razonable, volvemos a abrirla treinta segundos después. No necesariamente buscamos algo. Simplemente consumimos. Imágenes, opiniones, vidas ajenas, chismes, peleas, cuerpos, recetas, tragedias, humor y estupideces desfilan frente a nuestros ojos mientras el dedo continúa trabajando como empleado de una fábrica que nunca cierra.
También desarrollamos gula de información. Queremos saberlo todo inmediatamente y olvidarlo casi con la misma rapidez. Una tragedia conmueve al mundo por la mañana y por la tarde compite con un escándalo nuevo. Una indignación sustituye a la anterior antes de que tengamos tiempo de comprenderla. Consumimos guerras, crímenes, catástrofes y conflictos como parte de un flujo permanente de contenido. Nos horrorizamos, comentamos, compartimos y seguimos bajando.
Hasta el dolor ajeno corre el riesgo de convertirse en entretenimiento.
La política tampoco permanece fuera del banquete. Existe una gula de protagonismo particularmente interesante. El dirigente que necesita estar en cada fotografía, aparecer en cada actividad, opinar sobre cualquier acontecimiento y conseguir que todo logro pase, de alguna manera, por su nombre. Hay políticos capaces de inaugurar hasta la sombra de un árbol si encuentran una cámara esperando debajo.
Y también existe gula de espacios. Una posición conduce a otra, una cuota de poder necesita ampliarse y una estructura controlada despierta inmediatamente interés por controlar la siguiente. Aquí aparece una diferencia importante con otros excesos humanos: no siempre se trata de acumular para conservar ni de desear simplemente el poder. A veces se trata de consumirlo, ocupar cada espacio disponible y descubrir, después de ocuparlo, que todavía queda otro.
Las empresas y los mercados también conocen esa lógica. Ganar dinero forma parte natural de una actividad económica; crecer puede significar empleo, innovación y desarrollo. El problema comienza cuando cualquier nivel de beneficio resulta insuficiente por definición y crecer deja de ser una posibilidad para convertirse en obligación permanente, incluso cuando ese crecimiento exige consumir recursos, abaratar seres humanos, producir desperdicios o convertir necesidades artificiales en nuevas oportunidades de negocio.
Entonces llegamos a una contradicción extraordinaria: construimos un modelo que necesita crecimiento permanente dentro de un planeta que no crece.
Bosques, minerales, agua, combustibles, mares y suelos terminan entrando en la misma lógica del consumo. Extraer, producir, utilizar, desechar y volver a extraer. Durante demasiado tiempo actuamos como si la naturaleza fuese un almacén con inventario infinito y, además, con servicio gratuito de recogida de basura.
La gula puede alcanzar incluso las relaciones internacionales. Países y sociedades con enormes niveles de consumo requieren cantidades crecientes de energía, materias primas, alimentos y productos provenientes de otras partes del mundo. No porque consumir sea en sí mismo inmoral, sino porque la pregunta incómoda aparece cuando nuestro modelo de bienestar necesita recursos a una velocidad que resulta imposible universalizar sin consecuencias.
Y tampoco todo lo que devoramos puede tocarse.
Existe gula de reconocimiento, de atención y de aprobación. Un aplauso necesita otro. Cien reacciones parecen extraordinarias hasta que alguna publicación consigue mil. Mil dejan de impresionar cuando vemos a alguien con cien mil. La satisfacción tiene una vida útil cada vez más corta porque siempre existe una cifra mayor esperando recordarnos que todavía no somos suficientemente importantes.
Hasta el afecto puede consumirse con gula. Hay personas a quienes ninguna demostración parece alcanzarles. Necesitan confirmación permanente, atención constante y pruebas sucesivas de que continúan siendo importantes. No disfrutan plenamente el cariño recibido porque ya están esperando el siguiente.
Pero sería demasiado fácil terminar culpando al capitalismo, las redes sociales, los políticos, las grandes empresas, las potencias o la publicidad. Todos esos factores pueden estimular el consumo, pero encuentran terreno fértil en algo profundamente humano: nuestra dificultad para reconocer cuándo tenemos suficiente.
Porque también existe gula en pequeña escala. Está en quien sirve más comida de la que puede comer y después la tira; en quien compra por impulso aquello que sabe que no necesita; en quien consume horas de contenido que ni siquiera disfruta; en quien necesita tener siempre algo nuevo para sentir durante unos minutos que su vida también se renovó.
Quizás por eso la gula sea mucho más contemporánea de lo que parece. Antes la representábamos como un hombre frente a una mesa desbordada de comida. Hoy tendríamos que ampliar bastante la mesa: colocar encima teléfonos, automóviles, ropa, petróleo, entretenimiento, información, reconocimiento, recursos naturales, poder y atención.
Y probablemente todavía nos faltaría espacio.
Porque el verdadero problema de la gula no consiste simplemente en consumir demasiado. Es mucho más profundo: consiste en perder la capacidad de sentir que ya tenemos suficiente.
Tal vez esa sea una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: nunca habíamos tenido tanto para consumir y, sin embargo, nunca habíamos desarrollado tantas maneras de seguir teniendo hambre.
Por: Bienvenido Checo,-@BienvenidoR_D
@bienvenidocheco
bienvenidocheco@hotmail.com


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